Gromland

Reyes y Centauros!! (LXVI.- “Intención devota”).

Octubre 12, 2009 · 3 comentarios

Aumente sus posibilidades de visionado, pinchando la imagen. ¡Respetando en todo momento los principios democráticos, e incluso algunos finales!

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“Mi viaje a Madrid” Segunda parte (o “¿Por qué dicen que Kuwait es Oriente Próximo si está en el quinto coño?”).

Octubre 7, 2009 · 7 comentarios

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Ana y su Rosa Quintana

[En el capítulo anterior: Grom el Único y su inseparable ayudante Sparky viajan a Ciudad Gato para concretar una serie de proyectos; nada más llegar, una plaga de langostas mutantes intentan convencerles para que se hagan socios del Sevilla C. de F. Por suerte, un intento de golpe de Estado por parte de Tony Genil y el fantasma de Joaquín Prats les permite escapar en una oveja voladora...]

Capítulo segundo: Treinta metros bajo tierra. Uniendo lazos ardientes. Fast Food, Kill! Kill!.  “Oh, Díos mío, entonces McKennan no pudo ser el asesino!” 

En el capítulo anterior, habíamos dejado a los estimados Señor Insustancial y Miss Kiddo en la cervecería “Santa Ana”, dando buena cuenta de los productos de la casa en forma de jarra fresquita. Y aunque la compañía era extremadamente agradable (no como Telefónica), Sparky yo aún sufríamos el cansacio después del concierto “Opus XI para cama estrecha y puerta batiente”. Como pudimos, nos levantamos del suelo y nos despedimos de estos buenos amigos, con la esperanza y promesa de que en poco tiempo nos volveríamos a ver para seguir debatiendo acompañados de néctar de cebada (espero que no me hayan entendido mal y nos sigan esperando allí…).

Dado el tamaño de una ciudad como Madrid – que es mucho más grande que Madrigal de Villaconejos, por ejemplo -, es conveniente utilizar el medio de transporte conocido como “metro”; desconozco porqué se llama así si cada vagón es un porrón de largo; pero bueno, como soy de periferia (incluso dimensionalmente hablando), pues me callo.

Lo he pensado mejor, y creo que si me callara, el post iba a ser extremadamente corto, así que casi mejor sigo: el metro, como su nombre indica, circula por debajo de la superficie terrestre (no creo que sea necesario que les haga un croquis), y permite al viajero captar la esencia de ese gran crisol que es la capital hispana. Por cierto, he tenido que buscar en el diccionario qué significa la palabra “crisol” – es una manía que tengo, el utilizar términos de los que desconozco su significado, como “ecléctico”, “deconstructivo” o “empanadilla de carne” -. “Crisol”, en realidad, es un apócope de “Cristasol”, un efectivo líquido limpiacristales cuya ingesta oral no se recomienda sin haber cenado. Por tanto, cuando se habla de “crisol” social, se quiere decir que Ciudad Gato es como una impoluta ventana que permite vislumbrar otras formas de vida (no sólo cultural y moralmente hablando, sino también físicamente: juraría que en la estación de Plaza Castilla nos cruzamos con un muchacho Klingon). Españoles, ingleses, sudamericanos, orientales,… todos se hallan hermanados bajo el manto metálico del metro con un objetivo común: empujar al resto de usuarios para conseguir un asiento libre. Tanto Sparky como yo tuvimos la impresión de estar participando en un gigantesco juego de “Quien fue a Sevilla, perdió su silla“; incluso mi orangutanesco ayudante sufrió en sus carnes tal avidez sentadil cuando, al incorporarse ligeramente para recoger del suelo un ojo de cristal que había allí tirado, un pantagruélico señor vestido con una camiseta de ”Grúas Kierkegaard” interpretó que Sparky iba a abandonar el vagón y se lanzó cual orca de secano sobre el asiento. Tras doce minutos de intensas negociaciones – que incluyeron el utilizar a una jovencita gótica anoréxica como palanca para moverlo -, la foca se levantó, permitiendo a mi sufrido sirviente, que había adoptado el grosor de una bayeta, respirar algo del limpio y fresco aire subterráneo. Obviamente, el mastodóntico sujeto no hizo ni el menor amago de pedir disculpas… lo que nos justificó para lanzarle un dardo de curaré paralizante. Dos días más tarde, seguía en el andén de Cuatro Caminos, y la gente lo confundía con una estatua de Botero…

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“La Mona ¿Lisa?”

Llegados a casa del estimado Doctor Frusna,  y tras una opípara cena preparada por su encantadora esposa, nos dispusimos a recogernos – nunca mejor dicho, teniendo en cuenta el hueco que nos había reservado para dormir -, no sin antes echar el último pitillo del día. Por alguna extraña razón, tanto el Doctor como su mujercita son de la absurda creencia de que el tabaco es perjudicial para la salud y, lo que es más ridículo, que huele mal. No obstante, tanto por su generoso comportamiento a la hora de darnos alojamiento como por el hecho de que, si fumábamos en casa, nos hubiera amenazado con graparnos los ojos mientras dormíamos, decidimos salir a su coqueta terraza para dar rienda suelta a nuestras ansias pulmonares. La noche era plácida y silenciosa, la temperatura era estupenda y la quietud nocturna sólo se rompía por unas figuras que parecían zombies (luego me explicarían que en realidad eran barrenderos; porqué el Ayuntamiento contrata para labores de limpieza a muertos vivientes es algo que se me escapa con todo éxito). Finiquitado el cigarrillo, Sparky cometió la estupidez de arrojarlo por la ventana, cuando yo le he dicho en infinidad de ocasiones que lo que hay que hacer es tragárselo para no ensuciar; para nuestra desgracia, se dieron dos factores que, por separado no son preocupantes, pero que unidos son de una combinación letal: a) que justo debajo de la terraza de nuestros anfitriones había un coche cuyo capó estaba cubierto de hojas caídas a consecuencia del incipiente otoño; y b) que el coche pertenecía a unos narcotrafiantes mexicanos que vivían en el edificio de enfrente. El problema fue que, o las hojas de sauce en Madrid tienen un alto componente de queroseno, o Sparky fuma pitillos de napalm; a los pocos segundos de que el cigarrillo, describiendo una extraña parábola en línea recta, cayera sobre el capó del vehículo citado, éste comenzó a arder como si lo hubieramos rociado con el vodka que sirven en los cotillones de Fin de Año. Ni siquiera había desaparecido la inmesa bola de fuego cuando por la ventana de enfrente empezaron a aparecer una multitud de seres parecidos a los oompa-loompas que gritaban cosas como “Chinga tu madre”, “Putos pendejos” o “Ah, Dioses, cuanto infortunio en esas intempestivas horas de la crisálida alba”. Antes de que nos diera tiempo a decir “buenas noches”, los cabreadísimos propietarios habían tirado la puerta abajo de la acogedora vivienda del Doctor Frusna, empeñados en enseñarnos nosequé ”corbata colombiana”. Yo, como soy muy clásico en el vestir (siempre llevo la misma camiseta), les expliqué que, si bien les agradecía el detalle, no estaba interesado en adquirir prenda alguna, y menos aún si la tenían que hacer en el momento – uno de los narcos había sacado una navaja que parecía Excalibur -. Tras unos pequeños forcejeos, y más preguntas inquisitorias sobre a qué cártel pertenecíamos – “No, no, – les dije – somos seres en tres dimensiones” -, temía que acabáramos formando parte de algún tipo de fajita gigante, cuando el estimado Frusna, gracias a su extensa cultura (cimentada en películas de Stallone y Chuck Norris), los echó de allí con cajas destempladas. Nunca supuse que una caja destemplada pudiera ser un arma tan efectiva, y eso que estaban vacías…

Después de un reparador sueño (finalmente, Sparky yo dormimos dentro de una caja de herramientas), fuimos a comer con el estimado August Herold Meyer y su encantadora esposa (también es encantadora, pero diferente de la del estimado Frusna). Dado que Meyer se conoce todos los establecimientos de restauración de Madrid, incluído “Corporación Dermoestética”, propuso ir a un sitio nuevo que, si bien no conocía personalmente, había escuchado que estaba muy bien en relación calidad/precio: el “Museo del Jamón”. Dado que nosotros no teníamos intención de pagar – es lo que tiene viajar sin dinero -, para nosotros el precio ya era fantástico; y respecto a la calidad, siendo Meyer buen comedor (en mi vida lo he visto mancharse comiendo espaguetis boloñesa y no toma la sopa con pajita, como un servidor de Vds.), estábamos seguros de que nuestros estómagos quedarían satisfechos. Lo que no sabíamos es que iban a quedar también como la iglesia donde se casó Lolita, la hija de la Faraona: completamente desbordados.  

[Esta metáfora ha sido patrocinada por la revista "AR".

"AR", la revista para la mujer de hoy que piensa como las mujeres de hace doscientos años]

Ni Casillas, ni Valdés, ni nada: no hay portero en el mundo que tenga el saque que tenemos Sparky y yo. Tales son mis ansias deglutinadoras que en Gamma-3 me llamaban “El agujero negro” (ésa es la verdadera razón, y no aquel estúpido incidente con el tacto rectal). Sin embargo, les puedo asegurar que las cantidades con las que el varipinto personal del “Museo del Jamón” (aquello parecía las Naciones Unidas de la Hostelería) llena los platos podrían ser consideradas como “tentativa de asesinato por empacho”. Y ya no les digo nada de la velocidad con que traían los platos; sinceramente, pensé que nos habíamos metido en algún tipo de competición por batir el record Guiness de comer más en el menor tiempo posible. Desafortunadamente, tal celeridad en el servir acarreó algún que otro problema entre los comensales (una turista japonesa falleció ahogada al caerse dentro de un plato de sopa castellana; ahora comprendo porque los camareros visten chaleco: es el salvavidas). Buena compañía, buen yantar y buenas tardes, que seguiremos en el próximo post.

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Un Oompa-Loompa

(Y en el próximo y definitivo capítulo de “Mi viaje a Madrid”: Una velada encantadora. El misterio se resuelve. “In the ghaytto”. Una desagradable sorpresa. La Sra. Matilde y “Malditos Bastardos”. “Te juro por lo que más quieras que yo no soy un tiranosaurio rex”)

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Reyes y Centauros!! (LXV.- Especial “Jota Jota O O”).

Octubre 3, 2009 · 7 comentarios

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Este blog se actualizará en 5, 4, 3, 2, 1….

Septiembre 30, 2009 · 9 comentarios

 WizardofOzWitch

María Patiño

Estimados lectoseguidores de este su blog, les habla su anfitrión Grom el Único; se está convirtiendo en una rutinaria costumbre el pedirles disculpas por el retraso en la publicación postal (de post) de esta bitácora: cuando no se debe al mantenimiento del Niño Estrella, se debe a que las colaboraciones de nuestra plantilla se pierden por algún problema postal (el otro día el mensajero que tenía que traer la crónica sentimentaloemotiva de la Sra. Matilde entró a formar parte de un poste de telégrafos al decidir afeitarse mientras conducía la moto). Sin embargo, en esta ocasión, la demora en las actualizaciones viene provocada por el viaje relámpago que mi fiel ayudante orangutanesco Sparky y un servidor de Vds. hicimos a Ciudad Gato – léase Madrid, aunque pone “Ciudad Gato”, ya, ya… - con motivo de visitar a viejos amigos y conocer a nuevos, además de concretar las directrices de una serie de proyectos que, si todo va según lo esperado, no quedarán en nada.  En teoría, debería ser Sparky quien en estos momentos transcribiera la crónica de dicho periplo, pero dado que aún no se ha recuperado de las quemaduras (recuerden que fue un viaje relámpago), le es imposible escribir; yo, por mi parte, pondría la excusa de que no me apetece hacerlo, pero mi Bella Esposa me ha aconsejado con buen criterio que, ya que estuve los últimos cinco días “tocándome los huevos por ahí en vez de ocuparme del crío” (sic), me dedicara a contarles mis cuitas itinerantes si no quiero acabar viviendo en la caseta de nuestro becario chihuahua Mistetas (cosa que no me importaría en absoluto, si no fuera porque por la noche le da por tocar en su clavicémbalo “La barbacoa” y otras insufribles melodías de Georgie Dann).

Así que, sin más dilatación (no vaya a ser que se rompa), les dejo con el primer capítulo de lo que he decidido llamar “Mi viaje a la capital”. Estaba entre éste y “¿Por qué narices Benicio del Toro parece que va dormido todo el rato?”:

Capítulo I: El chucuchú del tren. Los estimados Insustancial y Carlos Clavijo. Un café oriental. Rumores y Proyectos. “Ah, sí, y el escroto de Michael Jackson…”. 

Tras haber dejado a mi Bella Esposa a cargo de todo lo relativo a la casa (vamos, como siempre), mi fiel ayudante Sparky y yo nos dirigimos a la estación de tren de Ciudad Olívica, donde cogeríamos el expreso nocturno, en un medio de transporte conocido como “taxi”. Dicho vehículo – compuesto de coche, conductor con palillo en la boca y la Cope – responde al ingenioso procedimiento de transportar personas, objetos o una mezcla de ambas (ancianos, por ejemplo) de un sitio a otro por un importe monetario que vendrá reflejado en un aparato denominado “taxímetro” y cuya visión suele estar oculta tras algún ambientador de pino King Size. En nuestro caso, debo confesar que el trayecto fue de lo más satisfactorio, sin más vueltas de las necesarias – sólo me preocupé un momento cuando vi un cartel que rezaba “A Burgos, 8 kilómetros” – y sin que nuestros cuerpos sufrieran más magulladuras de las habituales provocadas por los múltiples baches de nuestra urbe (el Ayuntamiento ha levantado calles y más calles, pues una leyenda afirma que bajo el suelo alquitranado de Ciudad Olívica se encuentra un aparcamiento). Arrivamos a la estación con el tiempo suficiente para comprar algunas viandas con las que hacer más llevadero el camino; y para comérnoslas también.

Por si alguien no lo sabe, los establecimientos hosteleros existentes en las estaciones de tren compran los huevos que pone la última águila imperial que anida en lo alto del Templo Jockhang (en Lasa, región del Tíbet), y adquiere las patatas que recogen desde tiempos inmemoriales los famosos lebreles cazatubérculos Whilhem, propiedad de Sir Archibald Whilhem, primo tercero de Isabel II de Inglaterra… Ésa es la explicación más lógica a la vista de que un bocadillo de tortilla de patatas que perfectamente podría venir de regalo con el coleccionable “Mi primera cocina de plástico” cueste 3,90 euros. Más útil para hacer globos que para comérselo, Sparky y yo estuvimos masticando los bocadillos un par de horas hasta que los bocados se convirtieron en una pelota del tamaño de una sandía, y jugamos un partidito por el pasillo del tren (si bien resultaba molesto descolgarse por la ventanilla para tirar los córner).

El viaje en el tren fue de lo más satisfactorio: dado que sufro el denominado “Síndrome de que no quiero que la gente me toque”, reservé una cabina doble; con lo de “doble”, me refiero a que tiene dos camas, pues el tamaño de la misma recuerda vagamente a una cabina telefónica ligeramente volcada hacia algún lado. A duras penas cabíamos Sparky, yo y las cuatro maletas (a maleta por día de estancia en Madrid), y ya temíamos que la incomodidad fuera a impedirnos pegar ojo en toda la noche. Sin embargo, no habíamos contado con la sabiduría práctica de RENFE: a ambos extremos del pasillo colocan una puertas de plástico macizo cuyo cierre provoca un ruído similar al del descarrilamiento de una montaña rusa. De ese modo, uno no duerme en todo el trayecto gracias a los sorpresivos golpes que provoca el vaivén de las puertas y se olvida de que tiene un pie del compañero metido en un ojo.

Una vez llegados a la estación de Chamartín, destino final de nuestro periplo, nos desplazamos hasta la casa del estimado Doctor Frusna quien tuvo a bien buscarnos un pequeño hueco entre el reproductor de DVD y una pila de películas de VHS de Terence Hill y Bud Spencer; acordeonados como estábamos tras el viaje en tren, nos hubiera servido hasta la rejilla del horno (pero a Sparky los hornos le dan claustrofobia…). Después de habernos aseado convenientemente, nos dirigimos al encuentro de nuestro viejo amigo Señor Insustancial, a quien acompañaba el no menos estimado Carlos Clavijo (escritor, monologuista, productor y padre). La idea era comer por el centro, a poder ser en un restaurante o similar, y que el precio no fuera excesivo; según la guía Dhlafrraw “Conoce Madrid en hora y pico”, la mejor manera de comer en relación calidad/precio es hacerse pasar por el marido de Doña Felisa Padesa y degustar baidefeis sus celebérrimas croquetas de queso y sesos de mono. Por degracia, Doña Felisa tenía lo que los médicos denominan “una resaca de tres de pares de cojones”, y no estaba ni para abrir una lata de berberechos sónicos; así que los cuatro decidimos encaminarnos a un buffet libre japonés que conocía el amigo Insustancial (por cierto, dado mi pasado laboral como picapleitos, mi fidelísimo Sparky comenzó a hacer una serie de juegos de palabras con “buffet” y “bufete” que detuve en un momento dado atizándole con un tapacubos…).

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Una hamburgrossa

Para quien no tenga el hipergustazo de conocer al Señor Insustancial en (gran) persona, les diré que, además de manejar ironía e inteligencia a partes iguales y abundantes, es un grande connoisseur – que es lo mismo que “gran conocedor”, pero en pedante – de rumores, dimes y diretes, y secretos del bullicioso mundo audiovisual. De ese modo, y para nuestro regocijo, estuvo casi toda la comida dándonos informaciones que harían ruborizar al Marqués de Sade sobre los profesionales de dicho sector. El estimado Carlos Clavijo no le fue a la zaga – signifique lo que signifique eso -, y se unió al destripe humorístico con gracia y salero gaditano. Por nuestra parte, yo estaba demasiado ocupado intentando entender el funcionamiento del restaurante como para añadir comentario alguno, y Sparky acabó de rematarlo contando una anécdota de María Dolores de Cospedal, un traje de cuero y un burro semental que casi finiquita la comida antes de tiempo.

Como supongo que estarán, estimados lectores seguidores, deseosos de que les haga partícipes de alguno de los suculentos chismes que en aquella comida se hicieron, les contaré lo siguiente: desconozco qué cantidad de mundo tienen Vds. (la mayoría de la gente que conozco tiene una provincia como Logroño y gracias), pero no todos saben cómo es el funcionamiento de un buffet libre. Vamos, yo, por lo menos, no; y en función a la ya conocida labor didáctica de este blog, les explicaré el modo correcto de comportarse para evitar posibles malentendidos. Una vez que uno entra en un establecimiento de los denominados “buffet” deberá saber dos cosas: puede comer lo que le dé la gana; y por todo ello pagará una cantidad fija. Estos dos conceptos, a priori simples, carecen, no obstante, de un mínima puntualización: que la comida deberá ser escogida de unos recipientes habilitados para ello, y que no se puede pagar en cortycoles. Imagínense la sorpresa cuando, al escoger un plato de arroz frito tres delicias, pollo al curry y patatas ali-oli que un apolillado gafapasta tenía sobre su mesa, éste comenzó a pegar unos alaridos a lo Jamie Lee Curtis en “La noche de Halloween”, afirmando que estaba intentando robarle la comida. Al instante aparecieron dos camareros – que juraría haber visto en otro restaurante chino en Ciudad Olívica – exigiendo que le devolviera al andrógino estúpido aquel el plato. Obviamente, yo me defendí alegando que, siendo como era un buffet libre, podía comer lo que me diera la gana, y que quería precisamente aquel plato porque estaba demasiado cansado para prepararme uno por el “jet lag” (para mí, todo lo que sea viajar de noche produce “jet lag”). Debió ser por el trozo de pollo que tenía metido en la boca, pero los camareros me debieron entender que “estaba casado con Jet-Li”, porque acto seguido se giraron hacía la loca de los gritos y, pegándole una patada voladora (que le mandó las gafas a Segovia), no sólo me dieron su plato sino también su I-Pod y su inscripción a “Cahiers du Cinema”.   

Tras la opípara comida, deambulamos por los alrededores de la Plaza de Ópera – cuyo verdadero nombre es “de Isabel II” o “Plaza de quedar a la puerta del Metro” -, hasta llegar al “Café de Oriente” (como habíamos comido en un japonés, pues por seguir la línea…). Si alguno de Vds. no conoce dicho local, les diré que está situado en la Plaza de Oriente – en la que se reunían los seguidores de Franco a airearse el sobaco -y que su clientela está principlamente formada por chinos con cámaras de fotos y españolas de mediana edad cuyas ventosidades huelen a “Channel nº 5″. Con decirles que, en vez de carta, a los clientes les traen un epistolario encuadernado en rústica, se harán una idea del nivel de lujo y glamour que tiene el sitio. De todos modos, nuestro cuarteto suplía su falta de abundancia económica con un halo de misteriosa inteligencia (en especial, el estimado Carlos, que iba completamente vestido de negro). Arreglamos el mundo unas cuantas veces, desgranamos la política nacional e internacional otras tantas y ahumamos cual salmón a una japonesa que teníamos sentada al lado – nunca he fumado con menos ganas, pero es que era tan gracioso verla ahogarse…! -. Y Sparky le robó el camarero a una chaqueta.

De todos los proyectos que tratamos, y que pueden llegar a revolucionar el mundo de las artes tal y como lo conocemos, les daré buena cuenta en su día (eso sí, les ruego que, con la cuenta, me dejen una generosa propina, por si los mecenas nos fallan). Sólo les puedo adelantar que uno de ellos verá la luz en un par de semanas a lo sumo (enorme y en calzoncillos); vista la luz, o seguirá adelante cual coche eléctrico con paneles solares… o se derretira a grito pelado como un gremlin. El tiempo lo dirá. Para empezar ya hemos tenido que olvidarnos de nuestra idea de hacer un telediario presentado por perros con caretas de Pedro Piqueras. ¡Maldita sociedad protectora de Pedro Piqueras!

Rematadas las consumiciones y acordados los términos de las futuras colaboraciones, el estimado Carlos, quien debía atender a sus obligaciones familiares, arrojó algo al suelo que provocó un estampido y una fuerte humareda. Disipada la misma, el estimado Carlos ya no estaba… Ahora entiendo porqué vestía todo de negro. Por tanto, el cuarteto se convirtió en trío – suele ser habitual cuando, estando cuatro personas, se suele marchar una -, y encaminamos nuestros pasos hacia la Puerta del Sol; por alguna extraña razón, acabamos dirigiéndonos en dirección contraria hacia la Plaza de Santa Ana, lugar de esparcimiento de veraneantes, malabaristas y yonkis. Ya que nos encontrábamos allí, apostamos por entrar en la Cervecería de mismo nombre y en una mesa nos apostamos. Y ganamos unos buenos dobles de cerveza [inciso: nunca, bajo ningún concepto, se les ocurra seguir alguna tradición alcohólica e introduzcan una aceituna dentro del vaso: no sólo pondrán la mesa perdida a consecuencia de alguna absurda ley física, sino que el personal le mirará con mala cara si insinúa que sólo deben cobrarle la mitad de la consumición...].

La cuestión es que, tras la llegada de la simpática Miss Kiddo, se acabó el post.

(Continuará…).

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Reyes y Centauros!! (LXIV: “ZiPo y ZaPa”)

Septiembre 27, 2009 · 2 comentarios

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