WizardofOzWitch

María Patiño

Estimados lectoseguidores de este su blog, les habla su anfitrión Grom el Único; se está convirtiendo en una rutinaria costumbre el pedirles disculpas por el retraso en la publicación postal (de post) de esta bitácora: cuando no se debe al mantenimiento del Niño Estrella, se debe a que las colaboraciones de nuestra plantilla se pierden por algún problema postal (el otro día el mensajero que tenía que traer la crónica sentimentaloemotiva de la Sra. Matilde entró a formar parte de un poste de telégrafos al decidir afeitarse mientras conducía la moto). Sin embargo, en esta ocasión, la demora en las actualizaciones viene provocada por el viaje relámpago que mi fiel ayudante orangutanesco Sparky y un servidor de Vds. hicimos a Ciudad Gato – léase Madrid, aunque pone “Ciudad Gato”, ya, ya… – con motivo de visitar a viejos amigos y conocer a nuevos, además de concretar las directrices de una serie de proyectos que, si todo va según lo esperado, no quedarán en nada.  En teoría, debería ser Sparky quien en estos momentos transcribiera la crónica de dicho periplo, pero dado que aún no se ha recuperado de las quemaduras (recuerden que fue un viaje relámpago), le es imposible escribir; yo, por mi parte, pondría la excusa de que no me apetece hacerlo, pero mi Bella Esposa me ha aconsejado con buen criterio que, ya que estuve los últimos cinco días “tocándome los huevos por ahí en vez de ocuparme del crío” (sic), me dedicara a contarles mis cuitas itinerantes si no quiero acabar viviendo en la caseta de nuestro becario chihuahua Mistetas (cosa que no me importaría en absoluto, si no fuera porque por la noche le da por tocar en su clavicémbalo “La barbacoa” y otras insufribles melodías de Georgie Dann).

Así que, sin más dilatación (no vaya a ser que se rompa), les dejo con el primer capítulo de lo que he decidido llamar “Mi viaje a la capital”. Estaba entre éste y “¿Por qué narices Benicio del Toro parece que va dormido todo el rato?”:

Capítulo I: El chucuchú del tren. Los estimados Insustancial y Carlos Clavijo. Un café oriental. Rumores y Proyectos. “Ah, sí, y el escroto de Michael Jackson…”. 

Tras haber dejado a mi Bella Esposa a cargo de todo lo relativo a la casa (vamos, como siempre), mi fiel ayudante Sparky y yo nos dirigimos a la estación de tren de Ciudad Olívica, donde cogeríamos el expreso nocturno, en un medio de transporte conocido como “taxi”. Dicho vehículo – compuesto de coche, conductor con palillo en la boca y la Cope – responde al ingenioso procedimiento de transportar personas, objetos o una mezcla de ambas (ancianos, por ejemplo) de un sitio a otro por un importe monetario que vendrá reflejado en un aparato denominado “taxímetro” y cuya visión suele estar oculta tras algún ambientador de pino King Size. En nuestro caso, debo confesar que el trayecto fue de lo más satisfactorio, sin más vueltas de las necesarias – sólo me preocupé un momento cuando vi un cartel que rezaba “A Burgos, 8 kilómetros” – y sin que nuestros cuerpos sufrieran más magulladuras de las habituales provocadas por los múltiples baches de nuestra urbe (el Ayuntamiento ha levantado calles y más calles, pues una leyenda afirma que bajo el suelo alquitranado de Ciudad Olívica se encuentra un aparcamiento). Arrivamos a la estación con el tiempo suficiente para comprar algunas viandas con las que hacer más llevadero el camino; y para comérnoslas también.

Por si alguien no lo sabe, los establecimientos hosteleros existentes en las estaciones de tren compran los huevos que pone la última águila imperial que anida en lo alto del Templo Jockhang (en Lasa, región del Tíbet), y adquiere las patatas que recogen desde tiempos inmemoriales los famosos lebreles cazatubérculos Whilhem, propiedad de Sir Archibald Whilhem, primo tercero de Isabel II de Inglaterra… Ésa es la explicación más lógica a la vista de que un bocadillo de tortilla de patatas que perfectamente podría venir de regalo con el coleccionable “Mi primera cocina de plástico” cueste 3,90 euros. Más útil para hacer globos que para comérselo, Sparky y yo estuvimos masticando los bocadillos un par de horas hasta que los bocados se convirtieron en una pelota del tamaño de una sandía, y jugamos un partidito por el pasillo del tren (si bien resultaba molesto descolgarse por la ventanilla para tirar los córner).

El viaje en el tren fue de lo más satisfactorio: dado que sufro el denominado “Síndrome de que no quiero que la gente me toque”, reservé una cabina doble; con lo de “doble”, me refiero a que tiene dos camas, pues el tamaño de la misma recuerda vagamente a una cabina telefónica ligeramente volcada hacia algún lado. A duras penas cabíamos Sparky, yo y las cuatro maletas (a maleta por día de estancia en Madrid), y ya temíamos que la incomodidad fuera a impedirnos pegar ojo en toda la noche. Sin embargo, no habíamos contado con la sabiduría práctica de RENFE: a ambos extremos del pasillo colocan una puertas de plástico macizo cuyo cierre provoca un ruído similar al del descarrilamiento de una montaña rusa. De ese modo, uno no duerme en todo el trayecto gracias a los sorpresivos golpes que provoca el vaivén de las puertas y se olvida de que tiene un pie del compañero metido en un ojo.

Una vez llegados a la estación de Chamartín, destino final de nuestro periplo, nos desplazamos hasta la casa del estimado Doctor Frusna quien tuvo a bien buscarnos un pequeño hueco entre el reproductor de DVD y una pila de películas de VHS de Terence Hill y Bud Spencer; acordeonados como estábamos tras el viaje en tren, nos hubiera servido hasta la rejilla del horno (pero a Sparky los hornos le dan claustrofobia…). Después de habernos aseado convenientemente, nos dirigimos al encuentro de nuestro viejo amigo Señor Insustancial, a quien acompañaba el no menos estimado Carlos Clavijo (escritor, monologuista, productor y padre). La idea era comer por el centro, a poder ser en un restaurante o similar, y que el precio no fuera excesivo; según la guía Dhlafrraw “Conoce Madrid en hora y pico”, la mejor manera de comer en relación calidad/precio es hacerse pasar por el marido de Doña Felisa Padesa y degustar baidefeis sus celebérrimas croquetas de queso y sesos de mono. Por degracia, Doña Felisa tenía lo que los médicos denominan “una resaca de tres de pares de cojones”, y no estaba ni para abrir una lata de berberechos sónicos; así que los cuatro decidimos encaminarnos a un buffet libre japonés que conocía el amigo Insustancial (por cierto, dado mi pasado laboral como picapleitos, mi fidelísimo Sparky comenzó a hacer una serie de juegos de palabras con “buffet” y “bufete” que detuve en un momento dado atizándole con un tapacubos…).

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Una hamburgrossa

Para quien no tenga el hipergustazo de conocer al Señor Insustancial en (gran) persona, les diré que, además de manejar ironía e inteligencia a partes iguales y abundantes, es un grande connoisseur – que es lo mismo que “gran conocedor”, pero en pedante – de rumores, dimes y diretes, y secretos del bullicioso mundo audiovisual. De ese modo, y para nuestro regocijo, estuvo casi toda la comida dándonos informaciones que harían ruborizar al Marqués de Sade sobre los profesionales de dicho sector. El estimado Carlos Clavijo no le fue a la zaga – signifique lo que signifique eso -, y se unió al destripe humorístico con gracia y salero gaditano. Por nuestra parte, yo estaba demasiado ocupado intentando entender el funcionamiento del restaurante como para añadir comentario alguno, y Sparky acabó de rematarlo contando una anécdota de María Dolores de Cospedal, un traje de cuero y un burro semental que casi finiquita la comida antes de tiempo.

Como supongo que estarán, estimados lectores seguidores, deseosos de que les haga partícipes de alguno de los suculentos chismes que en aquella comida se hicieron, les contaré lo siguiente: desconozco qué cantidad de mundo tienen Vds. (la mayoría de la gente que conozco tiene una provincia como Logroño y gracias), pero no todos saben cómo es el funcionamiento de un buffet libre. Vamos, yo, por lo menos, no; y en función a la ya conocida labor didáctica de este blog, les explicaré el modo correcto de comportarse para evitar posibles malentendidos. Una vez que uno entra en un establecimiento de los denominados “buffet” deberá saber dos cosas: puede comer lo que le dé la gana; y por todo ello pagará una cantidad fija. Estos dos conceptos, a priori simples, carecen, no obstante, de un mínima puntualización: que la comida deberá ser escogida de unos recipientes habilitados para ello, y que no se puede pagar en cortycoles. Imagínense la sorpresa cuando, al escoger un plato de arroz frito tres delicias, pollo al curry y patatas ali-oli que un apolillado gafapasta tenía sobre su mesa, éste comenzó a pegar unos alaridos a lo Jamie Lee Curtis en “La noche de Halloween”, afirmando que estaba intentando robarle la comida. Al instante aparecieron dos camareros – que juraría haber visto en otro restaurante chino en Ciudad Olívica – exigiendo que le devolviera al andrógino estúpido aquel el plato. Obviamente, yo me defendí alegando que, siendo como era un buffet libre, podía comer lo que me diera la gana, y que quería precisamente aquel plato porque estaba demasiado cansado para prepararme uno por el “jet lag” (para mí, todo lo que sea viajar de noche produce “jet lag”). Debió ser por el trozo de pollo que tenía metido en la boca, pero los camareros me debieron entender que “estaba casado con Jet-Li”, porque acto seguido se giraron hacía la loca de los gritos y, pegándole una patada voladora (que le mandó las gafas a Segovia), no sólo me dieron su plato sino también su I-Pod y su inscripción a “Cahiers du Cinema”.   

Tras la opípara comida, deambulamos por los alrededores de la Plaza de Ópera – cuyo verdadero nombre es “de Isabel II” o “Plaza de quedar a la puerta del Metro” -, hasta llegar al “Café de Oriente” (como habíamos comido en un japonés, pues por seguir la línea…). Si alguno de Vds. no conoce dicho local, les diré que está situado en la Plaza de Oriente – en la que se reunían los seguidores de Franco a airearse el sobaco -y que su clientela está principlamente formada por chinos con cámaras de fotos y españolas de mediana edad cuyas ventosidades huelen a “Channel nº 5”. Con decirles que, en vez de carta, a los clientes les traen un epistolario encuadernado en rústica, se harán una idea del nivel de lujo y glamour que tiene el sitio. De todos modos, nuestro cuarteto suplía su falta de abundancia económica con un halo de misteriosa inteligencia (en especial, el estimado Carlos, que iba completamente vestido de negro). Arreglamos el mundo unas cuantas veces, desgranamos la política nacional e internacional otras tantas y ahumamos cual salmón a una japonesa que teníamos sentada al lado – nunca he fumado con menos ganas, pero es que era tan gracioso verla ahogarse…! -. Y Sparky le robó el camarero a una chaqueta.

De todos los proyectos que tratamos, y que pueden llegar a revolucionar el mundo de las artes tal y como lo conocemos, les daré buena cuenta en su día (eso sí, les ruego que, con la cuenta, me dejen una generosa propina, por si los mecenas nos fallan). Sólo les puedo adelantar que uno de ellos verá la luz en un par de semanas a lo sumo (enorme y en calzoncillos); vista la luz, o seguirá adelante cual coche eléctrico con paneles solares… o se derretira a grito pelado como un gremlin. El tiempo lo dirá. Para empezar ya hemos tenido que olvidarnos de nuestra idea de hacer un telediario presentado por perros con caretas de Pedro Piqueras. ¡Maldita sociedad protectora de Pedro Piqueras!

Rematadas las consumiciones y acordados los términos de las futuras colaboraciones, el estimado Carlos, quien debía atender a sus obligaciones familiares, arrojó algo al suelo que provocó un estampido y una fuerte humareda. Disipada la misma, el estimado Carlos ya no estaba… Ahora entiendo porqué vestía todo de negro. Por tanto, el cuarteto se convirtió en trío – suele ser habitual cuando, estando cuatro personas, se suele marchar una -, y encaminamos nuestros pasos hacia la Puerta del Sol; por alguna extraña razón, acabamos dirigiéndonos en dirección contraria hacia la Plaza de Santa Ana, lugar de esparcimiento de veraneantes, malabaristas y yonkis. Ya que nos encontrábamos allí, apostamos por entrar en la Cervecería de mismo nombre y en una mesa nos apostamos. Y ganamos unos buenos dobles de cerveza [inciso: nunca, bajo ningún concepto, se les ocurra seguir alguna tradición alcohólica e introduzcan una aceituna dentro del vaso: no sólo pondrán la mesa perdida a consecuencia de alguna absurda ley física, sino que el personal le mirará con mala cara si insinúa que sólo deben cobrarle la mitad de la consumición…].

La cuestión es que, tras la llegada de la simpática Miss Kiddo, se acabó el post.

(Continuará…).

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