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¿Vd. permitiría que este hombre contratara a sus hijos?

Ay, amigas y amigos del blosh “Gramolandia”, os habla vuestra amiga Matilde Pereira Sánchez-Padilla, más triste que nunca y con el corazón en un paño (me han dicho los médicos que de vez en cuando me lo saque para que le dé el aire). Sus estaréis preguntando el porqué yo, que soy la alegría de la huerta y la alegría de todas las fiestas (pero una alegría diferente, cuidao), tengo tan mustia el alma como la entrepierna. Pues por dos razones, a saberes: la primera, porque me han vuelto a subir la luz; y una que ya tiene una edad que vale por dos le cuesta cada vez más subirse a una escalera para darle al interruptor (dicen que es por la artistris, pero para mí que no tienen razón, porque yo de artistra más bien poco; sólo una vez me subí a un escenario, en Madrid en el año 67, y fue porque lo confundí con el baño de señoras).

Y la otra razón me la dijo el otro día mi amiga Angustias. La buena mujer apareció por casa para pedirme un poco de azúcar, y unos huevos, y un par de limones, y un poco de leche, y un poco de mantequilla, y un horno; por lo visto, el pequeño les salió por fin de la cárcel y ella, que es una madraza, quería hacerle una paella antes de que descubrieran que se había escapado. Como entre vecinas hay que echarse una mano – menos a la del 7º ζ, que es una puerca que no se deja pegar por el marido -, fui metiendo las cosas en una bolsa, mientras Angustias, sentada en la cocina, se quedaba callada mirando al vacío (que es un hueco que tengo entre la lavadora y la máquina abrillantadora de patatas). “Tás muy callada, Angustitas”, le dije, “¿por qué no te me bajas de la vidriocerámica y me cuentas qué te pasa?”. La pobre me miró con ojos de cordero degollado y, tras colocarlos en la olla otra vez, me dijo estas terribles palabras: “Que el Patricio se ha muerto”.

Fue escucharla y caérseme todo al suelo (la leche, la mantequilla, la dentadura postiza,…). Me giré rapidamente para encararla; el problema es que lo hice tan rápido que me di la vuelta completa y estaba otra vez mirando para la pared. Así que lo hice más lentamente y le solté: “Estás mintiendo”. Y ella: “Te juro que no, Matil”. Y yo: “Mientes, te digo!”. Y ella iba a decir algo más, pero de la rabia que tenía metida dentro – que a lo mejor eran gases, también puede ser – le lancé lo que tenía más a mano. La olla exprés le dió asín como de refilón pero lo suficiente como para dejarla ligeramente desmayada…

Horas más tarde, cuando despertó del ollazo, me explicó qué tenía mucho miedo de contármelo, porque sabía que Patricio y yo habíamos sido más que amigos; estábamos hechos el uno para el otro, y nunca ningún hombre me ha sentir lo que me hizo sentir él con una picana eléctrica. Estaba cosmocionada por la noticia, asín que le pedí a Angustias que me dejara a solas con mi dolor; ella, que es buena amiga, lo entendió y se marchó. Bueno, y también porque se iba al ambulantorio, a ver si le detenían la hemorragia… Me senté en el sofacito del salón y saqué todos los recortes de prensa donde salía; los había ido guardando en una carpetita, junto con otros recuerdos (la foto de mi boda con Venancio, mi cartilla escolar, la documentación que implicaba a la CIA, el Vaticano y Manolo Escobar en el asesinato de Kennedy…). Hay muy poca gente que lo sepa, pero mi Patricio no nació en Houston (los del problema ese) – Texas el 18 de Agosto de 1.952, sino en Cortijo de la Picota (Cádiz) el 17 de Marzo de 1.930. Supongo que se cambió la fecha de nacimiento y todos los datos para que la gente no supiera que era un poquito más mayor de lo que creían, que uno se toma unos “botex” de algo y se le ponía la piel como el culito de un bebé planchado. Patricio era hijo de mi tío Archigimiro Sánchez, que se había casado con mi tía Lisbeth Salander, a la que mi tío conoció cuando fue a Irlanda a comprar pelirrojos para el circo en el que trabajaba. Mi primo Patricio mamó desde muy pequeño el mundo de la fandalarandula; se ponía entre los bestiadores y veía tonto perdido como mi tía Lisbeth hacía piruetas en lo alto del trapecio. Tenía un número muy conocido que se llamaba “Los puñales” en el que, a más de mil metros de altura (a lo mejor estoy exagerando y eran siete), la madre de Patricio cogía un puñal afiladísimo y se lo tiraba a alguien del público: si no le daba, el espectador ganaba una pata de jamón; y si le daba, un chorizo.

Pero luego llegó la guerra, y el circo puso pies en polvorosa, poniéndolo todo perdido. No tuve más noticias de mi primo hasta doce años más tarde; apareció por la puerta, todo guapo él, con su melena cobriza que era más bonito que un sanluís… Cuando lo ví, a mis diecisiete años recién cumplidos, sentí como algo se me reventaba por dentro, y me puse las bragas perdidas. Mi padre se dió cuenta enseguida que entre nosotros saltaban chispas y nos dijo que nos apartáramos enseguida del cubo de gasolina que había en la cocina para que mi madre hiciera vahos. Padre no veía con buenos ojos nuestra relación (durante el Glorioso Alzamiento, peleó con los nacionales en la Batalla del Ebro y un compañero le confundió con un buitre leonado, pegándole un zurriagazo con la culata del mauser, pues todo el mundo sabe que los buitres leonados son animales masones y el símbolo de la república. Mi padre se recuperó días más tarde del golpe, pero desde entonces veía por el ojo derecho lo que debería ver por el izquierdo y viceversia); y como era hombre poderoso en el pueblo – era el médico, y también hacía labores de notario y de borrico en el belén viviente -, hizo todo lo posible para que el pobre Patricio se largara del pueblo. Pero Patricio estaba muy enamorado de mí, y yo de él, y nuestro amor luchó contra todo el pueblo. Y perdió.

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(Del archivo privado de Matilde Pereira Sanchez – Padilla)

Aún recuerdo cuando ibamos a la Feria de la Línea de la Concepción y bailábamos sevillanas los dos, con la envidia y la tiña en los ojos de las demás muchachas; él me agarraba por el talle, me daba una vuelta y me lanzaba al aire, y luego me cogía con sus fuertes brazos, y yo me estiraba todo lo larga que era, apretando el culo (porque con tanto movimiento se me soltaba el estómago)… Y cuando estaba muy cansada, él me decía “Baila, guarra!” – que me llamaba “guarra” en plan cariñoso, en recuerdo de una rata almizclera que había tenido de mascota -. O cuando nos escapábamos a casa de nuestra otra prima, Lourditas Gigatrón, y pasábamos días enteros sin salir de la habitación porque no encontrábamos la puerta… Cuando nos quedábamos sólos en casa de Lourditas, Patricio y yo cocinábamos salmorejo para veinte: yo me sentaba en un taburete al lado del fuego y él me venía por la espalda y me iba pasando tomate, pan duro, ajo, cebolla, y luego se embadurnaba las manos en aceite y me ponía como una rebanada de pan tumaca; y luego me daba el pepino.

Nos tumbábamos a mirar las estrellas en el cielo (porque en el sótano se veían de pena) y me susurraba al oído: “Si yo me muriera antes que tú, me convertiría en un fantasma y te cuidaría siempre; y hablaría con una negra con dientes como teclas de piano para que hiciera de intérprete”. Y yo, sonriendo como una niña, le decía que sí, que de acuerdo, pero que me la metiera ya, que hacía frío y tenía todo el pescado al aire…

Ah, pero no todo es el oro que reluce bajo el sol de justicia: un día que volvía del mercado, me encontré a Patricio en la habitación probándose mi ropa. Y me enfadé muchísimo porque a él le quedaba mejor que yo, y le lancé el kilo doscientos de boquerones que traía en la cesta (que la de tirar cosas es una manía que a ver si se me quita algún día, oyes). Él me miró muy triste y me dijo con la mirada “lo siento”; el caso es que yo el lenguaje miradil no lo entiendo muy bien y pensé que me estaba diciendo “estás más gorda que una vaca preñada”, y salí corriendo de la habitación, pegando un portazo que hizo retumbar la casa y parte del vecindario. Por la tarde, mi prima me enseñó una nota de despedida que decía “A Lourditas Gigatrón, gracias por todo. Patricio Sánchez”. Ni una sola palabra para mí; ni siquiera una como “ciruelo”…

Desde entonces, le perdí la pista; sé que trabajó como portero de boite en la capital (como el muchacho estaba bien dotado para las palizas, le pegaron unas cuantas que casi lo avían), como guardia civil y como soldado sudista. Lo último que supe de él antes de que que se marchara a las Américas fue que volvió a Tarifa a hacer winsulf y atracar bancos… Pero su mayor crimen había sido robarme el corazón.

Luego tuvo el detalle de devolvérmelo, pero a portes debidos, el muy mariconazo.

Lamento que el plost de hoy haya sido tan triste, pero es que la vida es muy triste; pero hay que pensar todo tiene solución. Menos cuando se te pegan las lentejas, que ni poniendo un paño por debajo ni nada. Os dejo, amigas y amigos de “Grantland”, que hoy comí en un chino unas gambas tres delicias y me estoy yendo por la pata abajo.

[Matilde Pereira Sánchez-Padilla fue al baño por última vez el día 15 de Septiembre de 2.009.

 Desde entonces sufre de estreñimiento crónico…

Ésta es la música que sonaba en el restaurante chino mientras Matilde comió las gambas en mal estado]

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