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El director portugués Manoel de Oliveira

Hola, amigas y amigos del blop “Groñaland”, os habla Matilde Pereira Sánchez-Padilla. Aunque mis antiguos vecinos se hayan marchado tan lejos de nuestra pequeña y coqueta Algeciras, siguen teniendo un hueco en lo más profundo de nuestros corazones (menos en el de Cipriano, que tiene dos marcapasos y un “by-pass” y ya no le queda sitio); por eso, y como sé que estos días andan un poco liadillos ahora que la Mujer Rubia ha parido al Niño Estrecho, me he dicho: “Matilde, échale una mano a estos muchachos y encárgate tú de hacer los plosts sobre películas”; y es que en el Hogar del Jubilado las cuidadoras (que son muy buenas personas, y eso que son sudamericanas) ya me habían dicho que yo era una “cinéfila de cuidado”. En un principio yo me enfadé mucho – sobre todo porque cada vez que voy al centro de salud el médico me revisa el bajo vientre y me dice que lo tengo como una niña de quince años (lleno de granos e idiota perdido) -, pero luego busqué en el diccionario qué significaba y resulta que es “persona amante del séptimo arte”, y no alguien que tiene una enfermedad venérea capaz de matar a un rebaño de ovejas. Jijiji, soy un poquito burra. Y politoxicómana.

Hoy os voy a hablar de una película que me trajo hace unas semanas mi sobrino Jaimito (el chico ya anda mucho más recuperado de lo suyo y casi no suelta sangre al respirar). Os diré que me ilusioné mucho al leer el título: “Ángeles la Moños”; y es que iba siendo hora de que los tirtitiriretos – o como cojona se diga – del cine español rodarán una película sobre la vida de esa gran artista de la copla, casi tan grande como la Piquer, la Jurado o la Betty Missiego (no se me olvidará en la vida un concierto que fuimos a verle en nosédonde). Pero mi sobrino me explicó que la película no era española sino americana, y que se titulaba “Ángeles y Demonios”, y que era como la secuoya de “El Código Da Vinci-Catalana”. Ahí sí que le puse cara rara, pues la del código no me había gustado nada porque se metía con la religión y yo, que soy católica-apostólica-romana y del Betis, no podía tolerar que se dijera que nuestro Señor Jesusito había estado liado con la guarrindonga de María Magdalena: primero, porque de haber conocido hembra nunca hubiera escogido una con apellido de desayuno, y segundo porque todo el mundo sabe que Jesús de Nazaret era homosensual (y si no, de qué iba a ir rodeado siempre de doce pescadores medio desnudos!). A mí me la van a dar, que soy perra vieja.

El caso es que Jaimito me convenció para que la viéramos; yo le dije que si soltaba la navaja le prepararía los mantecados que tanto le gustan (en vez de azúcar glas, les pongo peyote y así duerme como un bendito una vez que deja de ver dragones). Pero en realidad era una excusa para ir hasta mi habitación y coger unas fotos de mi cajita de recuerdos – todas las mujeres mayores tenemos una lata de galletas con fotos antiguas, un poster de “Raza” dedicado y un rifle de asalto para ir a la compra -. Como mi sobrino me comentó que la película se desenrollaba en Roma, recordé un maravilloso viaje que habíamos hecho con la gente de la parroquia con motivo de la beatificación de Sor María del Optimus Prime, una monjita de un pueblecito de aquí cerca a la que se le apareció la Virgen y le robó el móvil.

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Tom Hanks, a punto de lanzarse a cantar “Por la calle de Alcalá”, mientras se pregunta donde coño aparcó el coche.

¡Aah, Roma, la Ciudad Interna! Con sus plazoletas, sus fuentes, sus romanos,… Hicimos el viaje en autocar desde Malaga hasta Sigtes y luego cruzamos a nado el Mediterráneo hasta el Puerto de Civitavecchia, a muy poquitos kilómetros de la capital italiana. Nos reímos muchísimo y exageradamente y con grandes aspavientos (para que se notaran que eramos jubiladas españolas), y nos hicimos muchas fotos tontas, y a Felisa la mató una scooter en un paso cebra. Lo que más me gustó fue el Vaticano, con su Plaza de Sampedro – que para luego digan que la Iglesia cristiana le quería amargar la vida, que hasta le dedicaron la plaza al pobre Ramón, el que se había quedado cojito de cuello para abajo -, con los soldados tan guapetones de la Guardia Sucia esa, que van vestidos como si fueran del Príncipe de Bequelar. Para reírnos un poquito a voz en grito, le dijimos a Casilda, que era la más tímida del grupo desde que tuvo el derrame cerebral, que se acercara a la puerta y le pidiera a los soldados una galleta de chocolate para el grupo entero. Qué carcajadas cuando la vimos acercarse a la verja de entrada! Y casi me meo encima cuando se la llevaron para adentro a golpes! Somos tan asín…

El caso es que la película muestra muchos sitios de Roma (el Panteón, el Vaticano, la Piazza dil Popolo…), y yo se los iba explicando a Jaimito. ¿Que salía la Piazza Navona? Pues yo le decía: “mira, eso es la Gran Vía” – para joderle, más que nada -. Y eso me gustó mucho de la película: que parece a veces que están en Roma, con su tráfico todo loco y con los lugareños gritando y moviendo así las manos “eh, tú, pepperonni, calamari”. Lo más curioso es que, por lo que me comentó mi sobrino, la Santa Madre Iglesia no les dejó rodar al equipo en los sitios reales – que, a lo que se ve, lo del “Código DaChinche” les hizo menos gracia que que te explote un petardo en el culo, pero dentro -, y lo tuvieron que hacer todo por ordenador: dentro del Vaticano, el Panteón, el Papa muerto… Es verdad, que no lo dije: que la película empieza con que se muere el Santo Padre, y entonces los Obispos se reúnen para elegir al nuevo Papa – yo escogería siempre a Arturo Fernández, que es guapísimo -; pero unos malos malísimos que se llaman los “Illuminatrix” o algo así secuestran a los cuatro candidatos preferidos. Entonces es cuando llaman al Tom Hanks, que es un experto en cosas ocultas y que tiene un pelo más normal que en la anterior película. Y como investigador que es, pues el hombre investiga que te investiga, que otra cosa no sé, pero cabezón es un rato y se pega (es un decir) con la policia italiana, con la del Vaticano, con el Camarlargo – que debe ser como el portero del Vaticano, que cuando falta el Papa pues él se hace cargo de todo, hasta de sacar la basura a los cubos -, con el malo malísimo… Un pesao, vamos.

Ah, y otra cosa: resulta que los malos malísimos han robado “antimateria” de un laboratorio, para pegarle un zurriagazo al mundo que para qué te voy a contar (yo de física, justita, justita, pero por lo visto, si la antimateria se toca con la materia, pues es como cuando nos encontramos mi hermana y yo: que arde Roma con Santiago Segura). Yo de esto no me enteré muy bien porque me estaba echando una cabezadita; que la película no es que sea mala, pero un poco ni chicha ni limoná sí es. Los actores están muy bien, que cuando hablan se les entiende todo y no sale ninguno desnudo; y el misterio está muy bien repartido para que te puedas dormir entre escena y escena. Para acabar os diré que no entiendo esta puñetera manía del cine de Jolivús de meter conspilaciones enormes en todos los fregados: que si hay que conseguir que todo el mundo esté unido y no pegarse los unos a los otros ni colarse en el metro ni sentarse encima de la gente y soltar un cuescazo de alubias rojas. A mí esto de crear enemigos fixticios para que las personas se arrejunten (sobre todo, acojonaditos perdidos), pues como que no va conmigo, que a mí desde que dejó de bajarme la regla estoy de un repugnante que asusto.

Hala, mi opinión:

RodilloMadera_altaRodilloMaderaRodilloMaderaRodilloMaderaRodilloMadera… Y gracias (porque es en color, que si no…).

Bueno, amigas y amigos de “Greberland”, seguiría tan a gustito contándoos cosas de mi vida, pero me ha dicho la celadora que le tengo que ir dejando la Internés al resto de las reclusas. Un abrazo muy fuerte para todos; y recordad: matar a alguien no compensa, pero tampoco engorda.

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