Uno de los primeros trabajos de Terence Hill

Estimados lectores de este blog de mi amo, al teclado vuestro fidelísimo servidor para analizar un nuevo aspecto del comportamiento humano del que seguramente por desidia o, simplemente, por llevar varios meses bajo los efectos de alguna sustancia alucinógena (como “La noria”), no se habían percatado.

Antes de nada, les pongo en situación: por favor, los estimados lectoseguidores que midan más de dos metros y medio, pónganse un poquito para atrás, y así permitirán ver a todos los quinceañeros de piel granulosa que siguen entrando en el “Gromland” buscando “tetas carmen porter”. ¿Ya están? De acuerdo. ¿Tienen todos el monitor en frente suya? Se lo digo porque si lo tuvieran Vds. a su espalda, por regla general les resultará imposible leer el post. Muy bien. Es imprescindible, no obstante, que se cumplan dos nuevos requisitos: a) que el monitor esté encendido; y b) que tengan los ojos abiertos (este último requisito resulta superfluo para los lectoseguidores con ceguera permanente y/o/u transitoria, invidentemente). Doy por sentado que Vds. lo están (sentados, quiero decir) y, cuestión en parte baladí, que sepan leer. Suele ser un error habitual el pensar que los navegantes de la blogosfera gozan de capacidades lectoras o, cuando menos, de comprensión, a la vista de cómo/lo que escriben – vean como ejemplo los surrealistas comentarios que el estimado Escrito Por se ve obligado a soportar de vez en cuando -.

Una vez situados correctamente, les comento que desde hace un par de semanas terrícolas nuestra pequeña familia anda enganchada, como andaba Carmina Ordóñez a la cocaína, a la serie televisiva “The Big Bang Theory”. Esta delicia catódica es creación de Chuck Lorre y Bill Prady, creadores a su vez de “Dos hombres y medio” y “Las chicas Gilmore”. Cómo es posible que los productores de dos series que no levantan ningún tipo de pasión en esta casa (menos a Mistetas, que está completamente enamorado de Charlie Sheen) pueden haber ideado una sit-com que nos tiene pegados en el televisor con cada episodio no tiene respuesta posible – hemos descartado el que, por alguna extraña razón en la arquitectura del edificio, el índice de gravedad en el salón sea veintiocho veces superior al del resto de la casa; no nos parece un argumento de peso -. Si bien sus personajes son estereotipados, sus tramas de lo más corrientes, la dirección es la habitual de otras comedias de situación estadounidenses, los escasos veinte minutos que dura cada episodio resultan de lo más refrescantes – de igual modo, hemos descartado que sea porque lo veamos con el aire acondicionado puesto -.

La sinopsis podría resumirse de la siguiente manera: “The Big Bang Theory” narra las aventuras de una foca prehistórica que intenta ganar la Liga de Campeones con un equipo de ceniceros telépatas… pero, resumida de ese modo, no se ajustaría a la realidad; lo cierto es que la serie narra la convivencia entre dos físicos con un cociente intelectual más alto que el precio de un ático en el centro de Madrid, Sheldon Cooper (Jim Parsons) y Leonard Leakey Hofstadter (Johnny Galecki), y su nueva vecina al otro lado del pasillo, Penny (Kaley Cuoco), una camarera aspirante a actriz con menos luces que cualquier concursante de “El juego de tu vida”. Como comprenderán, el choque cultural no puede ser más desastrosamente divertido… Pero, y aquí es donde me gustaría hacer hincapié (dado que no me gusta nadar donde me cubre), muchos de los malos entendidos cómicos no se deben tanto a las conocimientos de unos y la falta de los mismos de la otra, sino de los gustos culturales de los que Sheldon y Leonard – junto con sus amigos, el ingeniero judío más salido que el pico de una mesa Howard Wolowitz (Simon Helberg) y el astrofísico hindú con pánico patológico a hablar con aquellos seres humanos que carezcan de pene por causas naturales Rajesh Koothrappali, (Kunal Nayyar) – hacen ridícula gala: tener como cita ineludible la noche de “Halo-3”, jugar al ajedrez agente secreto, resolver las discusiones con el “piedra, papel, tijera, lagarto, Spock”, teorizar sobre la imposibilidad de que Superman salvara a Lois Lane sin atravesarla de un lado a otro… Todo ello un bagaje cultural que deja a la inocente – y ligeramente lerda – Penny más descolocada que un estante de ropa interior en época de rebajas.

Y es que Sheldon y compañía son la (hilarante) representación de los llamados “Nerds”: según ese pozo de sabiduría que es la Wikipedia, los nerds son “personas que persigue apasionadamente actividades intelectuales, conocimientos variados, u otros intereses que están en edad inapropiada en lugar de participar en actividades populares o sociales”. Unos frikis, en castellano coloquial. De ahí que los protagonistas de “The Big Bang Theory” tengan problemas para interrelacionarse con sus semejantes – ya no digamos si tienen más curvas que el circuíto de Mónaco -, recibiendo como única respuesta por parte de la gente “normal” una mirada mezcla de desprecio, asombro e hilaridad, y legañas.

El personaje de Sheldon, junto con el de Moss (Ricard Ayoade), de la brillante y británica “The IT Crowd”, quizás sean los más representativos de esa categoría social – ¡qué manía tienen Vds. los humanos de categorizarlo todo!: la generación del “baby boom”, la generación del 27, la “otra” generación del 27, la generación X, la generación Y, la generación espontánea… -, que viven en su propio mundo y que, ojo al dato, cuentan con un intelecto superior al del resto de sus semejantes, lo que les convierte en pelígrosos candidatos para querer conquistar el mundo en sus ratos libres. Y es que los nerds no copularán mucho, pero como se pongan estupendos, puede que consigan que los demás sólo copulen para nutrir sus cadenas de montaje.

Hecha la recomendación, y habiendo comprobado que la blogosfera se nutre principalmente de nerds y geeks, resulta curiosa la duda que esta mañana planteó la ama (a.k.a. Bella Esposa de mi amo) durante el nutritivo y pantagruélico desayuno que su embarazo demanda: una de las características de estos espécimenes humanos es su desmedido gusto por el consumismo de productos relacionados con lo audiovisual: camisetas de comics, figuras de sus personajes preferidos, maquetas de series y películas de ciencia-ficción, utensilios domésticos con motivos cinematográficos (sí, sí, es un cascanueces con forma de Yoda!) y miles y millones y unos cuantos miles más de artículos que indican, de un lado, que debe ser muy difícil limpiar la habitación de un nerd si uno no es un C.S.I.; y, por otro, que no me extraña que no sociabilicen con el resto de seres humanos: se gastan todo el dinero en cosas como ésta antes de irse de cañas con los amigotes.

nerd-glasses

Por supuesto, y desde la máxima libertad que impera en este su blog, alentamos a todo el mundo a que dé rienda suelta a sus filias consumistas (es más, estamos preparando una línea de camisetas “Gromland” que hará las delicias de pequeños, grandes y XL, con cuya masiva venta esperamos amortizar los gastos mudanzeros en nuestro próximo éxodo a Terra Meiga). Lo que me llamó poderosamente la atención – a pesar de haber dejado bastante claro que no se me molestara mientras escribo el post – fue el comentario que la Bella Esposa del amo hizo tras haber hecho desaparecer el sexto yogurt: “todos los artículos que compran, que forman parte de su cultura son, sobre todo, yanquis, británicos o japoneses… ¿Cómo sería un nerd “español”?” Por si no se hubiera entendido la frase, la repito con mis propias palabras y por el mismo precio:

¿Qué productos culturales nacionales podrían enganchar a la juventud de Vds., como para invertir ingentes cantidades de dinero de curso legal en su merchandising?

¿Estaría dispuesto alguien con un cociente intelectual medio a pagar treinta y ocho euros por una réplica de la katana de “Águila roja”? ¿Se imaginan a su sobrino de diecisiete años adquiriendo una maqueta del bar de “Aida”? ¿Creen que es punible que una persona se compre una figurita de Antonio Resines en su papel de Diego Serrano? ¿Le retiraría Vd. el saludo a un vecino que tuviera una camiseta de “Sangre de Mayo”, la última de Garci?

He ahí un campo abonado para el enriquecimiento de productoras, cadenas de televisión, fábricas jugueteras y tiendas de artículos para pedófilos con los que atraer a potenciales víctimas: la creación de productos relacionados con la ficción nacional. Deben ver más allá de la publicación de DVDs; han de poner el ojo en ese mercado, hambriento de mercadería cultural que son los “nerdos”; qué mejor manera de acabar con la crisis económica del sector que llenando las menguadas arcas de las productoras (se habla de casos de guionistas que les han llegado a pagar en tonners) a base de vender figuritas, maquetas, camisetas e incluso cascanueces con motivos catódico-cinematográficos.

Aunque claro, toda esta avalancha de riqueza pasa porque los productores españoles se den cuenta de que lo que le quieren ofrecer al público no sea la misma mierda de siempre…

Afectadísimos saludos, estimados lectoseguidores del blog de mi amo.

 

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