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Estimados lectores de este su blog, resueltos determinados problemas de intendencia – como ya les comentó mi fidelísimo Sparky, nuestro éxodo a tierras norteñas está cerca de producirse, y además la lavadora comenzó a expulsar sangre -, me acerco de nuevo a este su blog para, arriesgando la vida, denunciar publicamente una nueva conspiración urdida a nivel mundial.

Como ya deberían saber, mi Bella Esposa tiene como arrendatario uterino a nuestro amado Niño Estrella, del que hasta ahora sólo tenemos parabienes (aunque no es menos cierto que de vez en cuando le suelta unas coces/cabezazos a su preciosa madre que nos hace pensar que hemos engendrado a) un futbolista o b) un cantante de ska). Como también deberían saber, éste es mi estreno en la paternidad – lejos queda el montaje de la artista antes conocida como Tamara que pretendía encalomarme un 50% de la concepción de lo que luego resultó ser un cojín de plumas y una gastreonteritis -, por lo que he abandonado la alta literatura para concentrar mis esfuerzos lectores en obras como “Mi bebé y yo”, “Ser padres hoy” y “Crecer bien” (la misma editorial tiene otra revista para las personas de la tercera edad llamada “Menguar jodido”). He de reconocer que nunca se me pasó por la cabeza que el mundo de los neonatos fuera tan complicado: yo, que en Gamma-3 era capaz de construir un puente de campaña con unos maderos y un boli Bic de punta fina, tiemblo al pensar cómo ponerle un pañal a mi heredero (los dhlafrraw no expulsamos nuestros residuos gastronómicos por el ano, sino que los transformamos en helio; de ahí mis repentinos cambios de voz cuando como alubias a la riojana). Por suerte, las revistas citadas, así como otras que se venden en los quioscos – obvio, por otro lado; entren en un sex-shop preguntando por “El mundo de los niños” y verán cuanto tardan en acabar compartiendo celda con un asesino en serie – facilitan toda la información necesaria para que unos nuevos padres como somos mi Bella Esposa y yo pierdan el control de sus nervios imaginando lo que se nos avecina. No me malinterpreten: el embarazo de mi idolatrada mujercita es la experiencia más increíble que he tenido en mi vida, más aún que cuando descubrí que puedo girar los ojos para verme por dentro (¿es normal que haya tanta sangre?); pero la sucesión de dudas que hasta ahora no había tenido – como qué es un sacamocos, las diferencias arquitectónicas entre una cuna y un “moisés” o que los humanos nacen sin dientes (¡!) – me provocan un mareo existencial que, sinceramente, hace que esté todo el día hablando como si fuera un pitufo (para aquéllos que sean de ciencias, me refiero, y perdonen la expresión, a que me cago encima).

Obviamente, no es éste el foro en que abrir el debate sobre si es bueno o tener hijos para aquellas personas – mayormente, mujeres – que estén en edad de concebir. Es más: el hecho de que la gente tenga hijos o no me parecerá estupendamente siempre que sea porque lo desean y no sean del Opus. Lo que pretendía el anterior párrafo es servir como introducción al problema donde reside la madre del cordero (caray, qué bien traido… ): el diabólico plan de la industria infantilotextil para volvernos locos a los que van a ser padres:

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Primera amenaza (de carácter unisex): si abren por casualidad una de estas revistas comprobarán, por ejemplo, que el número de modelos de carrito de bebé es directamente proporcional al número de niños que nacen en el mundo; no me explico de otra manera como es posible que “Mi bebé y yo” (la revista, no el Niño Estrella y un servidor de Vds.) recoja en un monográfico especial hasta ¡18 tipos diferentes! El 3 TEC, el Sppedy, el IP-OP, el Prime, el Streety,… Siempre me he considerado un ser de una alta capacidad intelectual, pero intentar encontrar las diferencias entre uno y otro modelo me resulta más difícil que saber qué alveolo pulmonar tiene irritado Sparky cuando le pica el pecho (el veterinario dice que también pueden ser ladillas): ¿qué calidad es mejor para el vehículo de desplazamiento de mi futuro y único primogénito – el Niño Estrella SIEMPRE será mi primogénito, vamos -: el aluminio, el aluminio reforzado, el 100% aluminio o el aluminio de alto rendimiento? Ya me estoy imaginándome llegando a la tienda prenatal y a Carlos Sobera, preguntándome qué opción escojo, al tiempo que agarro uno de los modelos a elegir y le bajo la ceja de una ostia… Uno podría guiarse por el precio, suponiendo que a mayor desembolso económico, menos probabilidades hay que se me escurra el niño mientras voy paseando, que se pliegue repentinamente el carrito convirtiendo a mi sucesor en una trikitixa o que sea alcanzado por un rayo debido a la calidad de los materiales. Y aquí es donde surge la primera perfidia por parte de la industria infantilotextil: partiendo de la base de que los futuros progenitores puedan permitírselo, por supuesto, los productos a la venta parecen decir: “compra el más caro… ¿¡o es que no quieres a tu hijo!?“. Eso es: a mi modo de ver, todos los puñeteros carritos me parecen iguales, por lo que ¿para qué voy a adquirir mediante moneda de curso legal un Stokke Xplory, por mucho sistema de plegado telescópico que tenga, si vale 840,00 € (lo que consume un adolescente en speed al mes), y el Maxi-Taxi Citi CX, además de tener un nombre mucho más futurista, vale 178,00 €? “Pues para que tu hijo vaya sentado haciendo pedorretas en el Masserati de los carritos de bebé, mal padre”, exclama con la mirada el maléfico dependiente (tengo otra teoría sobre que los dependientes de tiendas de bebé son muertos resucitados sin alma, pero no quiero extenderme mucho). Y es que los mass media apuntan a dar con el tema de la descendencia: por supuesto que voy a darle a mi bebé todo lo que tenga su madre, pero creo que no es necesario que tenga la colección Bugaboo Camaleon de cuatro sacos (¿?) de silla teniendo en cuenta que las va a poner perdidas de papilla, mocos y resto de fluídos que – no entiendo el porqué – un humano de dieciocho meses es incapaz de retener dentro de sí.    

Las directrices son más claras cuando se trata de papillas o alimentación: como recordarán (again), pese a mi naturaleza interdimensional, me crié en un cuerpo humano y les puedo asegurar que mi manutención no se compuso de una “dilución ideal entre fruta 100 por cien natural y agua del manantial de Kilkeny (Irlanda)”, como se promociona la Frutapura de la compañía Milupa. No he tomado en mi puñetera vida agua del manantial del Kilkeny y, quitando un minúsculo problema que me impide flexionar el cuerpo más de 12º, estoy fresco como una rosa recién cortada. Además, con los problemas que tienen en Irlanda con el IRA, ¿cómo sé yo que al agua del manantial ese no le han echado nada (como Guinnes, por ejemplo)?

Segunda amenaza (de carácter mujerino): Siempre me ha llamado la atención cómo hacen Vds., los miembros de la raza humana (y la estadounidense) para engendrar a sus hijos. Si bien la primera parte es bastante placentera – de “placer”, no de “placenta” -, los nueve meses restantes someten a las hembras de su raza a una jynkana de mareos, vómitos, dolores, cambios hormonales, trastornos del sueño, repentinos malestares anímicos y lamentos acompañados de llantos (desde aquí animo a todas mis lectoseguidoras a que tengan un hijo cuanto antes) que no se lo desearía ni a mi peor enemigo… Bueno, qué coño, sí se lo desearía pero sin estar embarazado.

Por suerte, la Naturaleza es sabia y compensa toda la retahila de desastres sociales mencionados con la sensación más apabullante que un ser de su raza puede tener: el albergar una vida dentro de sí. Mas, por sabia, la Naturaleza no deja de ser un poco rácana, limitándose a que el cuerpo femenino suelte endorfinas como si fueran flyers en Ibiza para sobrellevar la situación. Afirman los médicos (no todos en general; los dentistas no se han pronunciado, por ejemplo) que las endorfinas u opiáceos naturales generados por el cerebro – la que lo tenga – aumentan con el ejercicio. Sinceramente, esperar que mi Bella y Amada Esposa pueda realizar algún tipo de ejercicio tal y como se encuentra me parece una broma de mal gusto por parte de la Madre Tierra: me costaría distinguirla por la espalda si caminara al lado de un Manuel Fraga con peluca rubia (tal es el bamboleo danzarín que se marca) y va a llegar un punto en que me va a costar menos saltarla que rodearla. Eso no es óbice para que yo la considere la Mujer Más Hermosa Del Mundo… pero, las cosas como son, lo que se dice atlético cuerpo de gimnasta, pues no tiene.

De ahí que una de los recursos que tengan las mujeres en estado de buena preñez sea el acicalarse como las preciosas flores que son (muchos de sus maridos se quedan en capullos). Pero, ah machista cultura de la moda, ah hipócrita sociedad del culto al cuerpo, los únicos modelos que los diseñadores piensan para las féminas embarazadas tanto les sirven a ellas como para envolver un sofá de dos piezas. No estoy hablando de las medidas – que, obviamente, deberán ajustarse al fecundo cuerpo con doble vida externa/interna -, sino a los modelos en sí. La sociedad humana debe considerar que una mujer embarazada debe estar tan radiante de por sí que, aunque se ponga un saco de patatas “La intransigente”, lucirá más que una supernova.

Permítanme decirlo con delicadeza… ¡Y una polla como una olla! Más allá de la camiseta de tiras, el chandal Carrefoureño o la blusa King-Size que tiene más puntillas que toda la Guardia del Palacio Real, la hembra humana gestante deberá vestirse con prendas que se ajusten a su figura por encima de lo recomendable. Parece existir un soterrado mensaje que susurra “eres una hembra fuera del mercado, NO HACE FALTA que te arregles”. Pues eso no es cierto, sino todo lo contrario: me gustaria ver a Vittorio y Luchino inflados como una peonza y reteniendo líquidos hasta en el carnet de identidad para luego soltarles “nada, hombre, no os preocupeis, si estáis ya fuera del mercado!!” (al menos, sin pagar).

Así que, estimados lectoseguidores humanos de este su blog, rebélense contra la terrible maquinaria propagandística que les alienta a convertir a su retoño en un fashion-victim. Impidan que las hembras de su raza que disfrutan de la experiencia de cocer a un niño dentro de ellas puedan vestir de manera cómoda a la par que elegante (pero sin parecer que hayan hecho un viaje al futuro y se vean como sus propias abuelas). Piensen calmadamente si desean poner de patas arriba su vida antes de encargar un bebé. Y lo más importante: 

NADIE se queda embarazada por tragarse el semen. 

Afectadísimos y insomnáceos saludos.

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