00001806-constrain-300x450Estimados lectores de este su blog de mi amo: antes de nada, aclárense la voz con cualquier líquido no abrasivo que tengan cerca, levanten sus copas con alguna de sus manos (de las cuatro)  y entonen en voz alta un sentido “Cumpleaños Feliz” en honor a la Bella Esposa del Sr. Grom, quien ayer tuvo la original ocurrencia de cumplir treinta y un años como treinta y una estrellas del sistema planetario donde se encuentra la Tierra (léase “soles”, para los que no sepan nada de fútbol). Sólo puedo añadir que es un verdadero placer trabajar para una señora que es la humana hembra en estado de gestación más guapa que he visto en mi vida y que además me regaló las pasadas navideñas un rosario con despertador. Ole por ella!

Finiquitada la crónica social, les comentaré que mi amo sigue ligeramente liado con los venideros acontecimientos de esta familia: es factible que a mediados del mes próximo recojamos los bártulos (y a lo mejor la cocina) y volvamos a encaminar nuestros pasos hacia Terra Meiga – si bien lo más probable es que vayamos en tren -, dejando tras nosotros a las buenas gentes algecireñas, sus vientos huracanados y una bomba de hidrógeno que, por descuido, activamos en una bochornosa noche de borrachera… y de la que ni el Sr. Grom ni un servidor de Vds. recordamos dónde diablos metimos.

De ahí que el amo me haya pedido que sea yo quien les ilustre con un nuevo post gromiano – en mi simiesca y arrastrada vida he visto a alguien tardar tanto hacer una maleta; y eso que ya se la he dado abierta -, con el que iluminar sus mentes ansiosas de conocimientos. Mas, ah la prolijidad de temas es tal que uno no sabe por dónde empezar: la crisis económica, los debates éticos, la situación del Real Madrid, si comer rotuladores engorda… Ya me ven Vds. (es un decir) ayer noche tumbado cuan largo soy en el sofá del salón principal – el que está al lado de la parada de Metro – cavilando profundamente en el objeto del presente artículo; y nada, todo lo que se me venía a la cabeza era la imagen de Soraya Saenz de Santamaría, ataviada como Uma Thurman en “Kill Bill” y repitiéndome sin cesar: “la tortilla española sin cebolla no es tortilla ni nada”. Como comprenderán, semejante mantra culinario no me ayudaba en absoluto – imaginar a la portavoz popular batir unos huevos con una katana atenaza el magín de cualquiera -; de modo que decidí activar ese invento del demonio llamado televisión, a ver si alguno de sus contenidos me daban una pista de por dónde empezar.  Y cual fue mi sorpresa al descubrir que la cadena especializada en poner imágenes de cocodrilos comiéndose cebras (lo llaman “documentales”) o de señores desnudos comiéndose papeles (lo llaman “arte contemporáneo”) estaba emitiendo un clásico de mi infancia: “Johnny Ratón”.

Por si alguno de Vds. desconoce el dato – esto es, que no han leído la biografía que de mí escribió Pilar Urbano titulada “Sparky: dame un plátano y moveré el mundo (o, al menos, la mandíbula)” -, antes de entrar a trabajar para los señores me crié en una misión franciscana situada en Bintulu (Malasia). Allí, los padres franciscanos nos ponían los sábados por la tarde, después del partido de criquet, en un viejo proyector de Super-8 películas de corte clásico y sin cortes: “Sor Citröen”, “Marcelino Pan y Vino”, “Fray Escoba”, “Balarrasa”, “Muerte de un ciclista” (ésta se les coló pensando que era un biopic de Bahamontes) o la ya citada “Johnny Ratón”. Esta última fue dirigida en 1.969 por Vicente Escrivá (el innovador creador de series punteras, siempre críticas con el establishment político, como “Lleno, por favor” o “Manos a la obra”, y director de joyas del séptimo arte como “Cateto a babor” o “Vente a Alemania, Pepe”), narraba las cuitas de un hospital sevillano regido por una comunidad de frailes, vestidos todos como Obi Wan Kenobi, que se ven sorprendidos con la llegada de un nuevo miembro procedente de Chicago: el oscuro Hermano Jonnhy. Y cuando digo “oscuro” no me refiero a que guardara algún secreto relacionado con la mafia o el juego, no, sino a que el color de su piel era más negro el futuro de Falete en “Mira quien baila”. Como comprenderán, estimados lectores, la sorpresa inicial de los frailes es mayúscula (o sea, SORPRESA INICIAL) al ver que el nuevo miembro – y no piensen mal, por mucho que el hombre sea de raza negra – no se ajusta a las características cromáticas del resto del personal. A partir de ahí, se imaginan qué es lo que pasa: problemas surgidos entre las diferentes maneras de entender el día a día en el Hospital, problemas con los pacientes del mismo, problemas de comunicación (siempre me he preguntado cómo era posible que el Hermano Johnny hablara tan bien el castellano…) y final feliz. Ya no se hacen películas como aquéllas… gracias a Dios.

Rodeado de Kleenex por la llorera que me entró cuando acabó la película (al ir a apagar el televisor me deje la rodilla en una esquina de la mesita central), me pregunté cuantas personas habrían acudido al cine en su día, e incluso alguno por la noche, a ver cómo “un enorme negro” (la descripción no es mía sino de filmaffinity) se paseaba por los aledaños de la Giralda en esa España plural, abierta y tolerante de finales de los 60. Y, dado que no tenía nada mejor que hacer a las tres de la mañana (hace tiempo que abandoné mi anterior vida disoluta de alcohol y vicios, gracias al sabio consejo de un médico que me diagnosticó una cirrosis de caballo y muy señor mío), me dediqué a buscar en la Red de Redes cuánto había recaudado la – por llamarla de alguna manera – película.

Pues exactamente 113.406,00 € (18.869.170,71 pesetas, sin antiguas ni nada). Gracias a mi doctorado en Matemáticas Aplicadas a la Cata de Vinos, he calculado que en 1.969 el coste medio de una entrada de cine era de 49 pesetas; para ello, he tenido en cuenta los siguientes factores:

– el IPC (Índice de Precios al Consumo ha variado un 1.950,3% desde Febrero de 1.969 al mes de Febrero de 2.009);

– el coste medio de una entrada de cine en España en 2.008, según el estudio realizado por FACUA: 5,75 € – ó 956,72 pesetas -;

– la velocidad del viento, el tiempo que tarda un cubito de hielo en derretirse en el microhondas y el número de pie de Robert Packer (el actor que interpretaba al “enorme negro”).

Así que puedo afirmar sin temor a equivocarme que el número de personas que se acercaron a ver “Johnny Ratón” fue de 384.614,16, lo que lleva a concluir que:

– “Johnny Ratón” triplicó el número de espectadores que tuvo el fresco “Sangre de Mayo” de Garci (que se quedó también tan fresco), y superó igualmente en visionantes a “Todos estamos invitados”, “Rivales” o “Una palabra tuya” (sí, estas películas se han estrenado en cine);

– En 1.969, algún espectador se llevó al cine el 0,16% de otro (supongo que un brazo);

– Tengo que buscar algún hobbie.

Toda esta digresión absurda surge con motivo del siempre interesante post del estimado Escrito Por sobre el descenso de los espectadores en el último año, que viene a girar en torno al sexo de los ángeles de Charlie (¿era Farrah Fawcett virgen la primera temporada?): ¿qué fue antes: el huevo o la yema? ¿No va la gente al cine porque es caro, porque no le interesa o porque no saben dónde están? El más de un millón cuatrocientas mil personas que pagaron por ver “Los Crímenes de Oxford”, ¿sabían que era una película española? Si puedo exigir que me devuelvan el dinero cuando no me funciona un exprimidor de naranjas, ¿por qué no hacen lo mismo cuando salgo de ver “Los girasoles ciegos”? ¿Tiene realmente, tal y como se rumorea, Tita Cervera criogenizado a Walt Disney en un congelador no frost?    

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Alex Ubago o los problemas de no dormir

Este su blog, siempre dispuesto a dar soluciones ridículas, propone lo siguiente: aprovechar los problemas sociales actuales para rodar nuevos filmes que llevarán espectadores a las salas de este país como moscas a la mierda. Bueno, quizás la metáfora no sea la más adecuada; o sí… La cuestión es que con motivo de la agria polémica existente entre los matadores José Tomás y Francisco Rivera por la concesión de la Medalla de Bellas Artes al segundo [no se pierdan el acertado post del estimado Chico Santamano], he recordado que, antaño, futbolistas y toreros seducían desde la gran pantalla a todos los borreg… a todos sus seguidores quienes anegaban las plateas con cada estreno: “Tarde de toros” (con un título bastante explícito), “Chantaje a un torero”, con el simpar Cordobés, antes de que se le fuera definitivamente la pinza; “La vida sigue igual”, con el futbolista que luego probó suerte en la musica Julito Iglesias; “La saeta rubia”, o cómo conseguir que un argentino – Di Stefano – sólo diga lo que está en el guión; o el flim con el mejor título del mundo: “¡Kubala! Los ases buscan la paz!”.

No lo duden: si los yanquis tienen a los Jonas Brothers (a los que sinceramente les deseo que cuanto antes se metan en la ballena y no salgan) y sus “Camp Rock”, nosotros tenemos a Alex Ubago. Su cierto parecido a un Shia Lebouf anoréxico, sus ademanes sigilosos y su melancólica mirada lo convierten en el candidato perfecto para hacer un remake de “El mito de Bourne”. En estos momentos tengo varias servilletas garabateadas con la posible trama: Ubago, después de dar un multiturinario concierto en Aldanueva de la Serrezuela (Segovia), recibe una desesperada llamada de un primo suyo en la que le avisa que una banda de pérfidos maleantes le van a quitar el ultramarinos en los que la familia Ubago ha trabajado toda la vida para construir un Toys R’ Us o un Sex Shop (lo que dé más dinero). Nuestro héroe se dirige a Gasteiz para acabar con tal felonía, abandonando momentaneamente su carrera musical – con este hecho, tenemos a la mayor parte de la audiencia masculina contenta – para enzarzarse en una lucha sin cuartel por defender a los suyos. Entre explosiva escena de acción y tiroteo a cámara lenta – con lo que la audiencia masculina ya está aullando en su asiento -, el joven Alex se reencuentra con Izaskun, una antigua compañera de colegio a la que una vez le escribió una canción en la espalda con un rottring. Surge el amor, y la violenta ensalada de tiros se adereza con tiernas baladas a los pies de la Catedral de Santa María – de este modo, las espectadoras que sean mujeres (por regla general, todas) verán satisfechas su gusto por lo almibarado,… si lo tuvieren -. Ya lo estoy viendo: justo antes del enfrentamiento final, Alex (mientras se pertrecha con un par de pistolas automáticas y unos nunchakos) entona “Sigo aquí”… Éxito, señores, éxito.

Eso sí: al final, muere.

Buenas tardes, estimados lectores de este su blog de mi amo. Hasta la próxima y recuerden: no lloren porque el sol se ocultó… Seguramente, es que es de noche.

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