ladrillo

Estimados lectores de este su blog, desde mi condición de ser la persona que más sabe de cine en España y parte de Gamma-3 (y un diploma del curso de CCC “Sepa de cine hasta el punto de sentirse mal” así lo atestigua), me encantaría poder iluminarles con mis vastos – con “b” – conocimientos sobre las películas nominadas a los Oscars de este año; es más, estoy redactando – mentalmente y en times new roman – el post definitivo para conseguir no acertar ninguna de las categorías en las típicas quinielas que se hacen en la oficina (siempre y cuando tenga Vd. un trabajo de oficina … o simplemente tenga Vd. un trabajo) sobre los premios de la Academia. Mas, por desgracia, cada vez que intento enfocar el tema a través de mi florido lenguaje y fértil pensamiento – lo que me convierte en un jardinero cerebral -, su raza humana me sorprende con nuevos motivos para desviarme del tema.

Supongo que, a menos que Vd. sea un cefalópodo con capacidad para leer blogs y pagar un ADSL, conocerá el caso de la Srta. Marta del Castillo y de los terribles acontecimientos sufridos. Como no es mi intención volver a decir lo que ya está dicho, les linkeo este blog donde el estimado propietario del mismo realiza un pormenorizado historial de lo ocurrido hasta ahora; de otro lado, tampoco se me pasa por la cabeza casi nada y menos aún intentar explicar las razones que han llevado a un muchacho de 20 años a asesinar a su ex-pareja a golpe de cenicero – si fuera un hijodeputa insensible, diría “¿ven como el tabaco mata?”, pero no lo soy – por cuestiones de celos (y de falta de riego cerebral por parte del muchacho, apunto). Respecto al “porqué”, el estimado Insustancial ya ha señalado a varios de los sospechosos habituales en el último, hasta ahora, de sus brillantes posts. Desde la perspectiva pragmática que me caracteriza – y cuyo único error fue apostar por el sistema 2.000 en vez de por el VHS -, me interesa más el “y ahora, ¿qué?”.

Como sabrán Vds., mis fieles lectoseguidores, durante una etapa de mi corta pero intensa vida terrícola, ejercí como picapleitos y/o/u leguleyo (las personas amorales también los llaman “abogados”). Reconozco que no me siento especialmente orgulloso de esa etapa profesional – tampoco de haber sido doble de cuerpo de Espinete, pero por lo menos me pagaban bien: un kilo de manzanas podridas por programa -; pero al menos el haber vestido la toga, además de hacerme un tipito de lo más cuco, me permitió conocer los más variados y extraños comportamientos humanos: desde la mujer cuasijurásica que exigía a una aseguradora que “le pagara el daño” (frase que repetía de manera mántrica a todo aquel que tuviera orejas) tras haber sido atropellada en un paso de cebra – hecho que, una vez cobrado el cuantioso cheque, descubrí había sido provocado por la sibilina anciana, quien se lanzaba a lo kamikaze sobre cualquier vehículo que circulara por la ciudad – hasta el de un pacífico y calmoso hombre quien resolvía las múltiples discusiones en las que se veía envuelto utilizando un cuchillo de montaña que guardaba en su coche y que acojonaría al mismísimo Cocodrilo Dundee. A lo largo de trece largos y tediosos años me percaté de que, en todos los diferentes casos que representé – y en los que obtuve una solución victoriosa en un 80% aproximadamente, la mayoría de ellos sin utilizar sanguinarias amenazas -, mis clientes, por llamarlos de alguna manera, exigían siempre lo mismo: JUSTICIA (bueno, uno también quería que incapacitaran a su padre para quedarse con la herencia… cosas de críos).

La palabrita de marras era manoseada, sobada e incluso sodomizada por la mayoría de los diferentes especímenes que pasaban por mi coqueto mas sucio despacho. “¡Quiero justicia!”, exclamaban. “¡Es que no es justo!”, gritaban. “¿El baño, por favor?”, preguntaban. Obviamente, no todos esos energúmenos pretendían que me convirtiera en la virgen de Lourdes – en caso de que ésta hubiera existido – para lograr por la vía legal lo que jurídicamente no les correspondía; de manera curiosa, cuando menor eran los aspavientos y las alharacas, más convencido estaba de que: a) mi cliente era una buena persona; b) tenía razón. Comprenderán, estimados lectores, que el abandonar mi vida profesional a cambio de tirarme los días jugando al tute cabrón con Sparky mientras mi Santa Esposa, embarazada ella, se gana el jornal, por un lado, ha salvado mi maltrecho funcionamiento anímico y, por otro, no dice mucho a mi favor.

Les he hecho partícipes de este extracto de mi vida – otro día les cuento cómo descubrí el motor hidráulico a base de Mirindas – para ponerles en situación; sólo quiero añadir una última cosa: nunca ejercí en la vía penal. Con esto no quiero decir que trabajara como prostituta para RENFE, sino que, salvo contadas excepciones (a mí me salen seis), los asuntos de los que me encargaba, con mi desparpajo verbal y un aspecto de seguridad que hacía creer a quien me contrataba que sabía de qué hablaba, se limitaban al orden civil – esto es, herencias, separaciones, desahucios y demás asuntos donde la única privación de libertad que había en juego era la que iba a tener que sufrir yo en un hospital por culpa de algún iracundo cliente al que no le hubiera agradado mi manera de llevar el pleito (digamos que yo era al Derecho lo que “Patch Addams” a los matasanos).

Pues bien: con los terribles acontecimientos que han ocurrido en torno a la persona de la Srta. Marta del Castillo, la maquinaria humana se ha puesto imparablemente en marcha. Programas como “Espejo Público” o “El programa de ARRRRRGGLH” se han lanzado a arengar a sus tropas de marujas en pos de respuestas contundentes; si Vds. han visto los mensajes de SMS que corretean por la parte inferior de sus pantallas sabrán de lo que hablo – uno solicitando la pena capital, otro culpando al tuenti y al facebook de tal absurdo comportamiento homicida (me juego el píloro a que nueve de cada diez televidentes de dichos espacios catódicos piensan que el facebook es a) un juego de rol; b) una crema antienvejecimiento), y la mayoría exigiendo al Gobierno que aplique de una santa vez la cadena perpetua -.

horcaMe llama poderosamente la atención el hecho de que uno de los balidos de texto que más se han repetido es (lo reproduciré en castellano, y no en el lenguaje esemese ese, que parecen imitar los estertores de HAL-9000) que “si eso le pasara a una hija de Zapatero, ya veríamos como cambian las leyes”. Se lo digo sinceramente: una sociedad como la suya que desea que uno de los vástagos presidenciales sufra una violenta muerte a manos de un ex-novio para instaurar un cambio legislativo es una sociedad de tarados (no me calienten que algún día hago borrón y cuenta nueva, y me pongo otra vez a intentar conquistar su civilización). Comprendo que los medios de comunicación, siempre prestos a informar y no a hacer morbo gratuito, den voz a los familiares de la Srta. Marta del Castillo y que éstos suelten por esa boca que la evolución genética les ha dado todo tipo de comentarios incendiarios y soflamas vengativas: es simplemente humano; es más, por una cuestión de salud mental, es casi obligatorio que lo hagan. Yo me planteo la posibilidad de que le ocurriera algo a mi Bella Mujer, a mi amado Niño Estrella o a alguno de mis seres queridos (que los tengo, con la vana esperanza de que sea recíproco), y les aseguro que el Armageddon iba a ser una noche de farra comparado con mi reacción. En las personas REALMENTE afectadas, la visceralidad prima sobre el raciocinio, por lo que lo único que debe hacer la sociedad que les rodea es procurar que alcancen, más tarde o más temprano, la tranquilidad anímica a la que toda persona tiene derecho; y para ello, debe escuchar… pero no encabezar una turba linchadora que intente colgar a los culpables por la zona corporal donde la cabeza se une al torso. Cada vez que hay cualquier acto sanguinario cometido contra alguien, sus allegados demandan el hammurábico “ojo por ojo”; lógico. Pero deben ser el resto de sus convecinos quienes se plantéen si tomar los ademanes de un dios antiguotestamentario resolverá el problema o no; quienes se plantéen, en definitiva, si golpear a un muchacho hasta la muerte a cenicerazos volverá a traer a la vida a la malograda Srta. Marta del Castillo.

Decía una líneas más arriba “En las personas REALMENTE afectadas…”, pues el sábado pasado el espacio “Andalucía directo” entrevistaba a un piercingado muchacho quien se reconocía amigo de la víctima, añadiendo “bueno, yo nunca la vi en persona, pero teníamos los dos cuenta en el tuenti”. Puestos a utilizar esa lógica, yo conozco a muchas féminas con nombre “Marta” y una vez visité un castillo – concretamente, en Ponferrada -, por lo que me puedo considerar también amigo de la pobre muchacha asesinada. ¿Me da ello pábulo para reivindicar las mayores torturas a los – despreciables – culpables? Me temo que va a ser que no.

Tres millones de años de desarrollo humano no pueden justificar preguntas como “ya, ya… ¿y si te pasara a ti?”. Conozco a un sujeto – que, por desgracia, no está todo lo inmovilizado que debería – que en este tipo de debates es capaz de arrojarte planteamientos como “ya, ya, y si un comando de la Jihad Islámica amenaza con volarle las piernas a tu madre de un misilazo a menos que tú cojas y votes a Fuerza Nueva, ¿qué harías?”. Con total sinceridad, dudo mucho que algún día un grupo paramilitar árabe decida utilizar algún miembro de algún miembro de mi familia como lugar de prueba para detonaciones si no voto a los de “Fanta Naranja”; sin embargo, para este personaje, la adrenalina moralínea lo justifica todo… olvidando, de paso, que la diferencia principal entre una piedra y un ser humano es la actividad cerebral.

Ah, y a las personas como Antonio Burgos (al menos, en lo que a forma se refiere) que consideran el sistema procesal español “absurdamente garantista”, les recomiendo el visionado del documental “The Thin Blue Line”, estupendo trabajo de Errol Morris, que tan acertadamente me recomendó el estimado August Herold Meyer – mi proveedor habitual de tales piezas -. Empiecen Vds. a ejecutar penas antes de que se haya celebrado el juicio y luego me cuentan…

Reflexionen, deténganse a pensar las razones para averiguar cuanto antes los remedios, toménse un tiempo de calma antes de lanzar palabras explosivas… Es evidente que su planeta terráqueo no pasa por su mejor momento, pero tampoco es plan de arreglarlo a base ostia limpia.

Si Vd. es uno de los afortunados afectados por el sistema educativo de Esperanza Aguirre (y por su dominio del inglés le llaman “Jeims LLois” en su comunidad de vecinos), disfruten del Maestro George Carlin. De no ser el caso, les aseguro que es una verdadera lástima:

      

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