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Estimados lectores de este su blog, permitanme interrumpir momentaneamente la paz de sus hogares (dudo mucho que algunos de Vds. estén leyendo el “Gromland” en un cyber-café, y ya no digamos en una mercería) para felicitarles como es debido el Año Nueve.

Durante varios días he estado empapándome en libros sobre protocolo y costumbres humanas para averiguar el modo en que se debe felicitar el cambio anual, y la respuesta se resume en nada. Quizás el hecho de verme rodeado de botellas de cava vacias a mi alrededor – en cantidad que harían palidecer a Ernesto de Hannover – haya dificultado la tarea de encontrar la solución protocolaria, si bien explica mi sensación de haber acabado empapado. He sacado dos conclusiones de esta experiencia: primero, que Vds. los humanos felicitan a sus congéneres el iniciar un nuevo período trescientossesentaycincodiario con un somero “Feliz Año Nuevo”; y, segundo, que la resaca de cava es bastante más cabezona que la de colirio con naranja.

ist2_4839078-christmas-circuit-boardEspero de tricorazón que hayan disfrutado Vds. de las fiestas navideñas como se merecen (dado que soy republicano por parte de bazo, las Christmas no incluyen el día de Reyes); que hayan obtenido Vds. todos los regalos que se merecen (por ejemplo, Santa Claus le ha traído a Sparky  una Nimbus 2000 para que nos deje la casa como los chorros del oro, y la cuarta temporada de la serie “Bandurrias del Mundo Libre”); y que hayan respetado lo suficiente su hígado y estómago como para no acabar dentro de un par de años en la lista de trasplantes. Me resulta peculiarmente curioso cómo Vds. los humanos se lanzan como posesos a todo tipo de excesos gastronómicos en estas fechas [aprendan de los norteamericanos, que comen sin rubor basura todo el año]. Mi teoría es que durante esas eternas cenas navideñas sentados al lado de un primo al que hace eones que no ven (y no precisamente por su falta de volumen o porque su cara llena de pelos no les llame la atención) o a la diestra de Mengánez, el de Contabilidad, que tiene una alitosis mental digna del mejor Sánchez Dragó, es mejor tener la mandíbula trabajando en ingerir alimentos ricos en colesterol que mordiéndole el cuello al vecino de mesa. Continúo mi tesis diciendo que el meterse entre pecho y espalda – e incluso, dependiendo de lo avanzado de la noche, entre pecho y mantel – la producción mensual de “Bodegas Osborne” responde a una desesperada búsqueda de distorsión mental, visual y estomacal que les permita llegar a los postres sin clavarle en la nuca a la Tita Angustias un cedé de “Ricchi e poveri” la quinta vez que les pregunte “Y tú, ¿cuándo te nos casas?”   

Les comentaba el año pasado (cómo pasa el tiempo, ¿verdad?!) que en Gamma-3 no tenemos celebraciones navideñas por meros problemas fonéticos. De ahí que uno, como atento observador y futuro aniquilador de su civilización, vea estas fechas como algo simplemente anecdótico, irónico y hasta citrínico – mezcla de “cínico”, “cítrico” y “vodka” -. Como recordarán además – y si no lo hacen, háganselo ver -, en mi condición de proyecto de padre, estas Navidades se iban a presentar como un punto y aparte en mi campaña invasora, regalos aparte por la buena nueva, parte de los cuales serían para mi Santa Esposa, aparte de los que me darían a mí. Y punto.

Sin embargo, he de reconocer que cuando comencé esta nueva etapa de mi campaña de conquista, no medí correctamente a qué me enfrentaba. Uno de mis objetivos prioritarios es conseguir que se junten de nuevo las “Baccara”; el otro, crear en Vds. los humanos una serie de sentimientos y aflicciones tales que caigan derrotados al suelo a una simple orden de “sit!”. Las personas, en situaciones de desórdenes emocionales, son extremadamente fáciles de manejar: vean el “Diario de Patricia”, por ejemplo.

Ahora bien, mi digno sucesor, el que deberá continuar mis planes de erradicación, el heredero de mi legado, el llamado “Niño Estrella”, tiene más peligro que hacerse las ingles brasileñas con una cortacéspedes, una botella de alcohol puro y una cerilla. Conocedor del modo en que son debilitados los humanos (información que le transmití geneticamente por blue-tooth), decidió por su cuenta y riesgo que no había mejor manera de alterar los ya de por sí conmovidos corazones de nuestros familiares, amigos, conocidos y hasta de la encargada de una tienda de Movistar a la que le llegó la siguiente información a través de la lectura de los posos del café, que hacernos pasar a mí y a mi Santa Esposa – ergo, a los tres, por aquello de estar en el útero de mi Bella Mujer – una dickensiana Nochebuena en una clínica hospitalaria.

Antes de que se me pongan a gritar aterrorizados, les tranquilizo: tranquilos. En estos momentos, mi Santa Esposa se halla perfectamente tumbada en el sofá, viendo sabediosqué programa de televisión (cuestión de antojos por el embarazo), y el Niño Estrella se halla perfectamente haciendo lo que suela hacer un feto de cuatro meses (poca cosa, la verdad). La cuestión es que a mi Bella Mujer se le practicó el día 22 de Diciembre una prueba llamada “amniocentesis”, consistente en clavarle a la madre en la barriga una aguja que acojonaría a un heroinómano. No entraré en detalles, pero si les digo que uno de los posibles riesgos tras la prueba es la perdida de líquido amniótico, el líquido en el que los fetos imitan a Gema Mengual, ¿adivinan por qué mi Bella Esposa acabó en el hospital?

Por suerte, todo quedó en un terrible susto; sin embargo, y por lógicas medidas de prevención, a mi Santa Esposa se le recomendó que guardara reposo durante una semana (estar completamente inmovilizada en posición horizontal, sin hacer nada de nada… afortunadamente, lo sobrellevó bastante bien: es funcionaria). De ahí que nuestros planes se fueran a hacer gárgaras: tuve que abandonar precipitadamente Ciudad Gato – lo que no impedirá que en nuestra próxima visita el estimado Insustancial me invite a un chocolate con puerros – y me desplacé a Terra Meiga en un medio de locomoción que se parecía bastante a un tren pero sin sus comodidades – Talgo, lo llaman -. Como les dije, todo quedó en un terrible susto, estando ahora madre y bebé en perfectas condiciones. Pero, evidentemente, nuestra pequeña familia consiguió tres de los tres puntos para conseguir ablandar el corazón del más insensible:

Punto 1.- Pasar la Nochebuena lejos de la familia.

Punto 2.-  Pasar la Nochebuena lejos de la familia y solo.

Punto 3.- Pasar la Nochebuena lejos de la familia, solo y en un hospital.

Mi familia política, no obstante, tuvo el detallazo de acercarse a cenar con nosotros tres en la habitación, autorizados por el personal de la clínica (no saben Vds. lo persuasiva que es mi suegra con un bate de beisbol). Se comieron langostinos, se bebió algo de sidra, se saboreó un poco de turrón, y a mi Bella Mujer le enchufaron Clamoxyl en vena.

A mi Santa Esposa se le dio el alta hospitalaria a tiempo para tomar las uvas en casa. Lo bonito fue que aprovechó a tomarlas mientras sonaban doce campanadas en el reloj de la Puerta del Sol el día 31 de Diciembre. Se fue un año, se brindó con cava y tuve un ataque de ciática que me mandó a la cama a las 00:45.

Estoy seguro que hay algún mensaje oculto en todo esto que no logro descifrar…

FELIZ AÑO NUEVE, ESTIMADOS LECTORES

Por cierto, Sparky les manda saludos.

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