jordi20Estimados lectores de este su blog: finiquitada la labor homenajeadora de este su humilde cronista para con todos Vds. (que conste que no están todos los que son, pero los que son, están; y todos los que constan, aparecen como son), he de reconocer que he quedado exhausto y en bata. El esfuerzo provocado por la redacción de “Un spam en la oscuridad” me ha impedido levantarme de la cama durante tres días (el que Sparky me hubiera atado al cabecero de la misma por una apuesta también ha ayudado y es que ¿quién demonios iba a saber que Julia Roberts nunca presentó “No te rías que es peor”?).

No obstante, ya he encontrado las fuerzas suficientes (estaban en un armario de la cocina, al lado de las lentejas) como para poner al día este su humilde blog. En primer lugar, agradecer en el alma los preciosistas comentarios que me han dedicado con motivo de “Un spam…”. Vds., estimados lectoseguidores, me han demostrado de nuevo que pertenecer a otra dimensión y querer acabar con su civilización de la manera más sanguinaria posible no es óbice para sentirse querido. Gracias de tricorazón.

En segundo lugar, señalar que aquellas personas que no fueron citadas en el pastiche marlowiano no es que no cuenten con mi sempiterna adicción: mis capacidades literarias estan un poco mermadas (“little mermaid“, en inglés) tras tantos años sin escribir pastiches marlowianos – recuerdo cuando, hace doce o trece años, escribía pastiches marlowianos a la misma velocidad que Usain Bolt corría hacia un baño en pleno ataque de diarrea… con idéntico resultado: una mierda -. Y no sólo es que haya perdido la costumbre: es que, una vez encontrada, no sabía qué hacer con ella. Mi minúsculo estudio de trabajo está completamente abarrotado de papeles garabateados, plannings que no llegaron a plasmarse, tazas y tazas de café sin recoger, incluso hay una cebra muerta… No obstante, comprendo que el pobre Sparky no haya tenido tiempo a recoger toda la habitación (ochocientos metros cuadrados son muchos metros cuadrados): las numerosísimas cartas de lamento sobre su – finalmente – falsa muerte acabaron sepultándolo y tuvimos que contratar a Jesús Calleja para que, con un par de sherpas, lo encontrara. Aún llegaron al campamento base el pasado Sábado; desgraciadamente, en una repentina avalancha, un paquete de yemas de Santa Teresa que enviaron como regalo de condolencias desde Ávila, golpeó al pobre Calleja en la cabeza y ahora piensa que es María Teresa Fernández de la Vega. Una lástima.

En tercer lugar, y una vez visto el sorpresivo final de “Un spam…”, sabrán que la conquista de su raza (y la estadounidense) está cada vez más cerca con la próxima llegada del “Niño Estrella” – como cariñosamente le ha bautizado el estimado Doctor Frusna, a quien desde aquí expreso mi inmensa gratitud por el fantástico stanleykubrickiano fotomontaje que preside este su blog -. No entraré en detalles sobre cómo tuvo lugar la concepción de “El Que Ha de Ser” (tan solo les diré que todo resultó mucho más fácil cuando mi Santa Esposa me explicó que la eyaculación debía tener lugar dentro de ella), pero les puedo asegurar que el proceso en general, además de altamente satisfactorio – la revista “National Geographic” lo calificó como la mejor concepción humana del siglo, después de la de Bud Spencer” -, resultó algo completamente nuevo para mí: tengan Vds. en cuenta que, en mi condición de guerrero dhlafrraw procedente de la dimensión Gamma-3, los rituales humanos de reproducción me eran desconocidos, asemejándoseme a bailar el hula-hop… sin hula-hop. En cuestiones de perpetuación de especie, mi raza es bastante más prosaica: los ocho miembros de la pareja juegan una partida de “Cluedo” para saber cuál de ellos irá al Laboratorio Genético donde le fabricarán el bebé. En fin, como dicen Vds., “nunca te acostarás sin saber una cosa más”… aunque se pueden aprender cosas en la cama.

Por último, decirles que mi nuevo status de futuro progenitor me ha dado un nuevo poder más a los que ya contaba (la hipervista, la superfuerza y el escuchar la discografía entera de “Camela” sin perder el conocimiento). Otra arma más con las que ir minando su ánimo mientras mi futuro sucesor no llegue para echarme una mano. Y ese poder es… la invisibilidad.

 invisibleman

Aquí, Claude Rains escuchando en su I-Pod el nuevo disco de Raphael

Tardé un par de semanas en darme cuenta, pero una vez que comunicamos a los seres queridos y allegados la noticia, noté como mi estructura corpórea iba poco a poco desapareciendo, como si de un terror de azúcar en un bidón de ácido sulfúrico se tratara. Al principio eran pequeños detalles: después de las lógicas felicitaciones, mi Santa Esposa era el objeto de todos los comentarios y consultas, limitándome un servidor de Vds. a sonreír como aquellos sufridores del “Un, dos, tres” a los que la tarjetita (y la pésima intuición de los concursantes) les obsequiaba con un millón de latas de fabada. Transcurridos unos minutos, descubrí que ni siquiera era necesaria mi presencia física (la mental hacía tiempo que se había ido de cañas), por lo que comencé a experimentar: una vez que nos encontrábamos con alguien conocido y tras los saludos de rigor – las mujeres, más que darte dos besos, te los lanzaban a ver si te daban por alguna parte de la mejilla; los acompañantes, con un “oombrrrepasssachavaaal” -, desaparecía por completo de su campo visual. Yo aprovechaba ese momento para comenzar a hacer extrañas muecas, mover los brazos en remolino y a cantar “Tengo un tractor amarillo” a voz en grito y en cantonés (que es como más molesta). ¿Resultado? Nada, ni una mísera atención… Bueno, estoy faltando ligeramente a la verdad: mi Santa Esposa, bendita ella, intentaba mantener como podía la conversación mientras con el rabillo de sus desorbitados ojos a lo Marty Feldman me veía bajarme los pantalones y bailar la conga yo solo. Lo que me ha hecho descubrir dos cosas: que el convertirme en futuro padre me ha borrado del mapa humano para nuestros allegados; y que, pase lo que pase, mi Bella Mujer siempre está pendiente de mí.

Mucho se ha hablado de que el origen de la novela “Frankestein” se halla en el extraño desafío lanzado por Lord Byron (un hombre de ideas revolucionarias y pésimo gusto en el vestir) durante la estancia que Mary Shelley, el doctor John W. Polidori y su marido – el de Mary – pasaron juntos en la suiza “Villa Diodati”: Byron escribiría el inacabado relato “El entierro”; Polidori esbozaría los rasgos del vampiro moderno con su cuento de mismo nombre (“El vampiro”, no “Polidori”), la dulce Mary sentaría las bases de su archifamosa novela citada y Percy Shelley escribiría el manual de instrucciones de una máquina de vapor en gaélico. Pues bien: tras tantos años de investigación filológica, puedo afirmar sin temor a equivocarme (no suelo asustarme con facilidad) que Herbert George Wells decidió escribir su célebre “El hombre invisible” (1.897) cuando su segunda esposa, Amy Catherine Rollins, se quedó embarazada.  Sparky y yo estamos trabajando en otra teoría por la que el amigo Herbert publicó “La Guerra de los Mundos” después de que su familia política tuviera que escapar repentinamente del hogar del escritor cuando éste contrajo una gripe.

Así que recuerden: si algún día se encuentran con mi Santa Esposa por la calle y se detienen a hablar con ella, no se angustien si notan que alguien les escupe en la nuca y, al girarse, no ven a nadie: soy yo, Grom el Único, comenzando mi labor aterradora de aniquilación…

Bueno, o eso o es que les han lanzado un gapazo desde un coche.

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