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V.- EL FINAL ES EL PRINCIPIO.

Sabía que Insustancial, cuando necesitaba conocer algún dato de lo que ocurría en los bajos fondos, o iba a un proctólogo o acudía a hablar con Matt CioN, conocido también como “El Spoiler”. Un tipo muy bien conectado. Gracias a mi capacidad de persuasión (y al cheque por 25.000 ameuros que le tuve que firmar), conseguí la dirección de la veterinaria cuyo folleto mi malogrado amigo Sparky llevaba encima. No sería hasta cuando me dirigí a la misma que descubrí que la dirección del establecimiento venía en el propio folleto; supuse que por eso CioN “el Spoiler” casi no podía hablar conmigo de las convulsas carcajadas que soltaba. Entiéndanme: estaba conmocionado por la muerte de mi fiel compañero y mi mente no podía pensar con claridad, para variar.

Llegué a la veterinaria “625 Ranas” poco antes de que amaneciera. El Spoiler me había comentado, con lágrimas en los ojos por la risa, que el propietario, un tal Anthony Ricco, era un antiguo profesor de universidad croata que había escapado de su país cuando se produjo la famosa “invasión de nalgas” en las playas de la Costa de Dalmacia. Yo siempre había pensado que en realidad había sido una “invasión de algas”, pero por lo visto a finales de los 70, ingentes cantidades de jubiladas en tanga se dirigieron a Dubrovnik, empujadas por el buen clima, la deliciosa comida y un remolcador del IMSERSO.

La puerta estaba cerrada. Estaba furioso, harto, cansado y con algo de astigmatismo, así que dejé el comportamiento educado para las recepciones de Ferrero Roché y decidí derribar la puerta de una patada. A los veinte minutos de estar soltando coces sin éxito, y antes de que la tibia se me saliera por la boca, llamé al timbre. Ricco me abrió al instante:

– Ah, Sseñor Gromenaüer, passe, passe, le esstaba essperando – dijo mientras me invitaba a entrar.

Lo que el Spoiler no me había dicho es que Anthony Ricco era un “multiforme”: me sacan de quicio las personas que cambian de aspecto físico cada dos por tres (por eso, odio a Belén Esteban). Y Ricco era de los más peculiares: en el tiempo que transcurrió desde que entré en la veterinaria hasta que llegamos a una pequeña salita llena de televisores, se transformó sucesivamente en el poeta José Manuel Caballero Bonald (pero sin la barba), el barítono Juan Jesús Rodríguez (pero sin la barba) y el Arzobispo Basilio Tomás Sancho Hernando de Santa Justas y Rufina (pero sin ser arzobispo).  

Si Ricco pretendía distraerme con aquellas transformaciones físicas, no lo consiguió: yo estaba demasiado pendiente del especial “Halloween” de “Los Simpson” que emitían todas las pantallitas. Repentinamente, salí de mi embobamiento: la imagen del cuerpo inerte de Sparky, la idea desesperada de reencontrarme con mi Santa Esposa y el que me apagara todas las teles hicieron que me enfrentara cara a tres caras con él.

– Bien, Ricco, se acabaron los juegos. Esta noche ha sido una de las más extrañas que he tenido en la vida; y se lo dice alguien que compartió piso durante dos años con Andrés Pajares. Me han traicionado, golpeado, disparado, perseguido, insultado y confundido con una mujer. También me ha aplastado el pie una furgoneta; sin querer, de acuerdo, pero tengo los dedos del pie izquierdo como morcillas de Burgos. Mi Santa Esposa, la Luz de mi Vida, desaparece completamente de mis recuerdos para luego enterarme que me ha tendido una trampa que no entiendo. Los que creía mis amigos me han dado la espalda, y los que sé que son mis enemigos han asesinado a mi simiesco compañero a balazos (bueno, la verdad es que me estaban disparando a mí y el muy animal se metió en medio, que siempre ha sido un entrometido). Debo ser la única persona en toda la Blogosfera que desconoce qué es “Gromland”. No importa que esté cambiando constantemente de forma, Ricco (aunque le agradecería que parara de una puñetera vez). Debería olvidarme de este asunto de una vez por todas; pero si bien tengo un físico perfecto, sufro de macrocefalia mental: soy un cabezón, vamos. Así que, o me dice exactamente qué diablos está pasando o… o yo… Perdone, ¿qué le estaba diciendo?

Mi maldito déficit de atención me había vuelto a jugar una mala pasada. Allí estaba yo, de pie, con las pantorrillas al aire, empapado en la dulzona sangre de Sparky, mientras un sonriente Ricco vestido con sotana dorada me miraba risueño sentado en un sillón situado delante de la única ventana de la consulta.

– ¿Por qué no sse ssienta, esstimado amigo? – me señaló un diván de cuero que estaba al lado de unas cajas de cartón. – No, no; en el diván, por favor.

Tenía la cabeza a punto de estallar. Mi anfitrión, que ahora había adoptado las formas del poeta jerezano, cruzó sus manos sobre la barriga y me preguntó con voz suave:

– ¿Ha esstado Vd. alguna vez en Florencia?

He de reconocer que la pregunta me dejó consternado; no tanto como cuándo en la prueba final de la Academia de Infodetectives me interrogaron sobre si iba al baño con regularidad y si las heces eran de color rosa. Pero la sensación era la misma: incómoda.  

– La jardinería no me atrae mucho – contesté.

– Aah, vaya. Un hombre de ssuss caracteríssticass temperamentaless debería tener algún hobbie tranquilo y ssossegado. Me temo, no obsstante, que Florencia no tiene nada que ver con la horticultura.

Seguía sin entender porqué Ricco, vestido en ese momento como el personaje principal de “Rigoletto”, quería derivar la conversación hacia las expresiones artísticas de los seguidores de “El canto del loco”. Pero en mi trabajo he aprendido que, si no tienes ni idea de lo que te hablan, hay que callarse y arquear una ceja.

– Florencia, cuna del Renacimiento y bella capital de la Tosscana italiana! Passear por ssuss calless ess la delicia del extraño, perdersse por ssuss laberínticoss passilloss, disfrutar del arte a cada passo es el culmen de la felicidad.

Estaba empezando a pensar que Ricco no tenía una veterinaria, sino una agencia de viajes. Entre su suave voz y el cansancio acumulado, me tumbé en el diván, con la esperanza de no quedarme frito. Volvió a hablar con la forma del arzobispo:

– Permítame contarle una hisstoria: en 1.817, el autor francéss Henri-Marie Beyle, máss conocido como Sstendhal, vissitó essa bella ciudad. Extassiado por la majesstuossidad de ssuss hermossoss edificioss y, concretamente, al ssalir de la Bassílica de Ssanta Croce, tal acumulación de preciossissmo hizo que ssufriera taquicardiass y mareoss a conssecuencia de la imponente vissión. Esso dio lugar al ssíndrome de ssu missmo nombre.

– Ya, ¿y se puede saber qué tiene que ver el “Síndrome de la Santa Croqueta” conmigo? – dije interrumpiendo su perorata.

– Jajaja, no, mi querido amigo: el Ssíndrome de Sstendhal. Puess bien: con dicho nombre sse conoce a la enfermedad pssicossomática, conssisstente en vértigoss, confussión e inclusso alucinacioness, que ssufren los individuoss expuestoss a una, permítame la expresión, “ssobredossiss de belleza”.

Me incorporé realmente molesto: Ricco, con los rasgos de Caballero Bonald, me miraba complacientemente. Si no fuera porque tenía la cabeza más desordenada que la casa de “Gran Hermano”, le hubiera respondido que la única belleza a la que me había sobredosificado era una mujer que aparentaba ser mi cliente, que sin embargo era mi mujer, y que me había traicionado.

– Creo que Vd. – continúo – ha esstado dando tumboss de un lado para otro essta noche,… basstante confusso.

– Mire, loquero mutante, lo único que sé es que no sé nada. Es normal que esté confuso: por si no lo sabe, los que creía mis amigos me han dado la espalda, y los que sé que son mis enemigos han asesinado a mi simiesco compañero a balazos (bueno, la verdad es que me estaban disparando a mí y el muy animal se metió en medio, que…

– Ssí, ssí, era muy entrometido, me lo dijo hace un momento. Pero, ¿no pienssa que algo no encaja, que falta alguna pieza en el rompecabezass?

No sabía si lo de rompecabezas lo decía por cuando pulvericé la mesa de mármol de los “GH” con la frente. Ante la duda, me tomé unos cuantos segundos intentando recordar algún detalle, alguna pista que se me hubiera pasado por alto.

– ¿Piezas que no encajan? Caray, amigo: todas!! “Sobreimpresión de belleza!” Bffff… Yo era un feliz infodetective que vivía tranquilamente con sus pequeñas chapuzas y si mi Bella Alocasia no hubiera aparecido con su encargo sobre Gromland… – me detuve, nervioso.

¡Alocasia! Ése era el nombre de mi Preciosa Esposa. Se me apareció de repronto, con letras doradas como sus finos cabellos y música celestial como la que no se escucha en “Radio Olé”. Miré a Ricco, ligeramente angustiado.

– ¿Recuerda ya a Alocassia? – me preguntó.

Asentí en silencio. Y no sólo era su recuerdo total lo que había vuelto: consigo traía toda la solución, todos los detalles, todas las pistas que se me habían pasado por alto. Mi mente empezó a clarear con el primer rayo de sol que entró por la ventana. Ricco, adoptando de nuevo las formas del barítono onubense, se acercó a mí y posó su mano izquierdo sobre mi hombro derecho sin ningún tipo de esfuerzo.

– Mi querido Sseñor Gromenaüer: ¿entiende ahora qué relación tiene Vd. con el “Ssíndrome de Sstendhal”?

Así era: todo ese tiempo, yo había sabido qué era “Gromland”, lo que implicaba y, lo más importante, qué quería decir. Con los ojos ligeramente empañados, eché en falta un limpia-retinas. Me levanté de un salto (golpeándole sin querer con toda la cabeza en la barbilla) y le pregunté:

– ¿Entonces…?

Aquel Ricco era bastante más inteligente de lo que aparentaba ataviado con sotana: entendió perfectamente la pregunta de una sola palabra y me dijo:

– Vaya, no se preocupe. Hay alguien que le está esperando.

Con los nervios a flor de piel, y convencido de que el golpe que le di le había curado el seseo, estaba a punto de salir por la puerta cuando me surgió una última duda. Mostrando mis brazos cubiertos de rojo sangre, le pregunté al veterinario, que parecía saber hasta la talla de mis calzoncillos:

– ¿Y Sparky? ¿Ha muerto para esto?

– Gromenaüer: me temo que no sólo es Vd. corto de entendederas; también tiene el olfato de un ladrillo. Eso – me dijo señalando mis manos – es kétchup.

Los sobres de la azotea de «El rechoncho londinense» con los que había resbalado. Así que cuando Frusna y Meyer dispararon, Sparky saltó ágilmente, agarró en el aire las balas troyanas, se las metió en el bolsillo; como debía de venir de alguna hamburguesería, al sacar con la otra mano el folleto de la veterinaria de Ricco, se le caerían al suelo todos los sobres de kétchup que suele robar (por regla general, en cantidades industriales). Y cuando yo me arrodillé a su lado, debí haberlos aplastado, poniéndole perdido de líquido rojo, provocándole a mi pobre compañero una estrangulación inguinal que hizo que se desmayara, y no que falleciera como yo erróneamente había pensado.

Bueno, eso… o que entre los tres habían fingido su muerte. Pero entonces, ¿Frusna y Meyer…?

– Estimado amigo, reaccione; y cierre la boca, que se le van a salir los empastes. ¿Le llamo a un taxi?

Para entonces yo ya estaba corriendo como un descosido (para hacer juego con mis pantalones) calle arriba. Estaba tan feliz como un niño con los zapatos nuevos que le había robado a otro niño. Momentos más tarde, me encontraba delante de “Gromland”.

Estaba como siempre: con sus cartelones absurdos en la fachada, la placa del “Pentálogo gromiano” al lado de la puerta, el poster de Fráguestein – aterrorizando a los pánfilos -, los más simpáticos estrábicos ojos bajo el cartel de la entrada… Gromland. Mi blog.

Todavía tenía muchísimas dudas: no entendía porqué Sar le había bandejazeado a Insustancial, porqué mi Santa Esposa no me había explicado todo cuando apareció por mi modesta oficina… ni siquiera sabía qué coño hacía yo trabajando de infodetective. Pero no iba a tener problema para averiguar las respuestas: al entrar en mi local, en medio del mismo con una pancarta que rezaba (aunque yo sea ateo por parte de mente) “¡¡Bienvenido, Grom el Único!!”, estaban todos.

Mi Hermosa Alocasia (más Hermosa que nunca); Insustancial y Sar, ambos sonriendo; Lord Absence (que entones estaba bien presente); Cerilla; Guionista Hastiado, Tío Vania, Escrito Por, Chico Santamano y Pianista en un Burdel, vestidos todos ellos con trajes de camuflaje (lo que casi me impide verlos); el DrZito; Ruth y Josmachine; Félix Díaz y Díez (vestido de pastelero); La Navaja en el Ojo acompañada de Carlos Clavijo; una risueña Sonoio, el estimado CioN. Y, por una esquina, apareció mi fiel Sparky llevando en brazos al chiquillo que repartía el Menéame, vendado de arriba abajo como Marujita Díaz tras una operación de cirugía estética. Al verlos allí reunidos, mi primera reacción fue de sorpresa. La segunda de incredulidad. La tercera de tranquilidad. Todas ellas en cadena.

Mi Santa Esposa vino corriendo hacia mí y nos fundimos cual queso cheddar en un apasionante y largo (a tenor de los murmullos del resto) beso. Cuando casi sin respiración nos separamos le dije:

– Ahora me vais a explicar todo.

La cosa había sido más o menos como intuí en la consulta de Anthony Ricco: a consecuencia de una “sobreexposición de belleza”, mi ya de por sí menguado cerebro no fue capaz de soportar tal maravilloso impacto visual y, se puede decir, que se frió como un huevo (frito, claro). Deambulaba todo el día de arriba abajo con una perenne sonrisa en la cara, canturreando canciones de las “Baccara” sin ton ni son, y entregándome a la voraz lectura de los clásicos (Hammet, Chandler, McDonald, Thompson) mientras hacía los baños… hasta que un día me largué de mi casa, dejándole a mi Bella Alocasia una nota manuscrita a máquina en la que le decía “que me iba a la oficina a resolver el caso de La banda del Churrasco”.

– Imagínate cómo me quedé – me decía mi Preciosa Mujer -. Pensando que te habías vuelto loco. El bueno de Insustancial consiguió encontrarte en una destartalada oficina en el centro y habías adoptado la personalidad de un infodetective…

– … con el nombre más ridículo del mundo, chaval! – exclamó Insustancial.

– Alertados por Alo, decidimos hablar con el Señor Ricco – continuó la dulce Sar – que una vez había tratado a mi hámster de agorafobia. Nos comentó que lo mejor sería que intentáramos conseguir que, poco a poco, volvieras a recodar cómo eras antes. De ahí que Escrito Por y los demás guionistas se inventaran una trama en torno a la búsqueda de “Gromland” para ver si tú solito eras capaz de “encontrarte”.

– Por desgracia, no habíamos contado con que eras lo suficientemente estúpido como para hacerlo por tu cuenta – dijo Frusna, que junto a Meyer habían aparecido de entre las sombras.

– O sea que vosotros… ¿también… también estabais en el ajo? – pregunté sorprendido.

– Como si fuéramos unas patatas ali-oli del Museo del Jamón – respondió Meyer.

Ahora entendía que en realidad no me hubieran liquidado en la azotea; entonces, la muerte de Sparky…

– Estimado jefe, ruego me disculpe por la pantomima de mi repentino fallecimiento a manos de los Sres. Frusna y Meyer, pero viendo lo que estaba Vd. tardando…

– … y desviándose de la escaleta, con el trabajo que dió – susurró molesto Escrito Por.

– … decidimos “forzar un poquito la máquina”, no sé si me entiende, con la intención de que un acontecimiento brutal le impactara lo suficiente como para retomar su anterior personalidad.

Más o menos les había funcionado. Por último, tanto Sar como Ruth explicaron el porqué de sus extraños comportamientos: la segunda desapareció con Josmachine repentinamente ante el comentario de éste sobre mi Santa Esposa; y la primera interrumpió de la única manera que se le ocurrió a Insustancial antes de que mi amigo hablara más de la cuenta. “Ponme a los pies del orangután Sparky y de su señora esposa” era su despedida habitual.

Así que allí estaba yo, con los amigos que tanta compañía me habían hecho en tantos buenos momentos, sintiéndome como Michael Douglas en “The Game”. Dispuesto para la acción. Grom el Único, el guerrero Dhalfrraw procedente de la dimensión Gamma-3, había vuelto (*). Yo había vuelto. Y ahora podía decir que la conquista de la raza humana (y de la estadounidense) había comenzado de verdad.

Sólo me quedaba una cosa por hacer.

– Querida, ¿lo tienes ahí?

Ante el miedo de que nuevamente la visión de lo sobrecogedoramente bello, me hiciera perder de nuevo la cabeza, mi Santa Esposa dudó unos segundos. Pero yo la tranquilicé con la mirada.

Y volví a quedarme embelesado.

¿Quieren saber qué es lo sobrecogedoramente bello que me hizo perder la cabeza? Muy bien: pasen y vean.

FIN

(*) Ver “Científicos chinos descubren signos de actividad cerebral en Belén Esteban”

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