private_investigation

Cuando desperté, me encontré tumbado sobre una camilla. La cabeza me dolía horrores, era incapaz de levantarme sin sentir nauseas y juraría que me había crecido el vello de las piernas lo suficiente como para hacerme unas trenzas. Tras unos momentos completamente desubicado, reconocí los diplomas de las paredes, el instrumental médico y un poster gigantesco del “Doctor Who” vestido de fallera. Instantes después, el Dr. Zito, sonriendo y con su peculiar bata negra con ribetes blancos, entró en la habitación:

– Malos tiempos para la blogosfera, querido Gromenaüer. Qué lejos quedan los días en que uno podía pasear tranquilamente por sus calles, sin riesgo a ser asaltado en medio de la noche por un panda de descerebrados. Vd. es todavía muy joven, pero le aseguro que hubo una época en que uno podía acercarse al Centro Comercial “Emperor’s Icecream” y comprar desde una canoa con la forma de Darth Vader hasta el último cd de “Las Grecas”… Ahora, el local es un solar baldío, cubierto de escombros donde se reúne “la juventud” a filosofar sobre “Mujeres y Hombres y Viceversa”… Aaah, si no fuera por mi carácter pacífico y sereno, le juro que les arrancaría la cabeza a todos a mordiscos.

Escuché la reflexión del Dr. Zito en silencio: en primer lugar, porque el hombre sabía de lo que hablaba (se comentaba que él ya estaba allí antes de que la Blogosfera naciera y que le habían  construido el gabinete médico encima); y en segundo lugar, porque si abría la boca tenía la certeza de que le iba a poner perdida la habitación con los restos de un perrito caliente que me había comido cinco años atrás. Le dirigí una mirada como preguntándole “qué hago aquí”, “quién me ha traído” y “cuál es la raíz cuadrada de un jamón de pata negra”.

– Ha tenido Vd. suerte: recibió un disparo por la espalda; unos amigos suyos le acompañaron esta noche. Y, lo siento, las matemáticas no son lo mío desde que las vendí para poder comprarme un taladro.

Aguanté como pude las arcadas, y esperando que mi estómago fuera lo suficientemente elegante como para no dejarme en ridículo – y goteando jugos gástricos -, me enderecé sobre mi brazo izquierdo (uno de los dos que tengo):

– ¿Sobreviviré, Doctor?

– Oh, sí, no se preocupe – me tranquilizó Zito mientras le sacaba brillo a una figurita de Ana Botella con la que parecía haber estado practicando vudú -. He de reconocer que he visto muy pocas veces en mi profesión a alguien tiroteado con balas troyanas que viva para contar ovejas; pero el balazo no pudo atravesar el chaleco anti-virus que llevaba Vd. puesto.

¡El chaleco negro que había cogido prestado sin ningún tipo de consentimiento de la sede de “GH”! Suerte que sufra de cleptomanía aguda. Dudo que mi chaqueta de tergal hubiera podido detener el disparo (por mucho que el color gris franquista que tan pimpollamente luzca sea de los que repelen hasta los malos olores).

– Pero entonces, ¿qué hago aquí?

– Bueno – me explicó el buen Doctor, que ahora estaba haciendo flexiones colgado por los tobillos -, a consecuencia del fuerte impacto lumbar salió Vd. disparado hacia delante y se rozó el nudillo con una pared. Le he puesto una tirita con la cara del ratón Mickey, ¿ve?

Emocionado por el detalle, me hubiera echado a llorar si no fuera porque tengo treinta y seis años, soy infodetective profesional desde hace cinco y porque se me correría el rimmel. Aunque claro…

– Si no me pasó realmente nada, ¿por qué no recuerdo nada?

– Por lo visto, se puso Vd. a gritar como un loco. Sus amigos le encontraron soplándose en la herida, y ante el riesgo de que se le infectara y hubiera que extirparle los testículos, le trajeron inmediatamente a mi consulta. De otro lado, la pérdida de memoria se debe a que, al llegar, confundió Vd. esa botella de cloroformo con una de vodka y le pegó tal lingotazo que temía que no volviera Vd. a recobrar la consciencia.

– No tema, doctor, yo no tengo de eso. – Me levanté de la camilla – ¿Siguen aquí las personas que me trajeron?

– Sí, están ahí fuera. Les he puesto unos vídeos de Pocoyó mientras esperaban que Vd. despertara.

Al entrar en la sala de espera, me llevé una verdadera sorpresa: pensaba encontrarme con Insustancial, Sar y la Fantástica Mujer que no me podía quitar de la cabeza. Sin embargo, allí estaban, gritándole al televisor “a la derecha, a la derecha!” a Ruth Walters Grant, reportera de televisión, y a su cámara John “Josmachine” Norrintong. Al verme, recobraron la compostura y se me acercaron.

– Menudo susto nos has dado, ché. Pensé que no ibas a parar nunca de gimotear – comentó sonriendo Ruth.

Si se tratara de otra mujer, hubiera respondido a su comentario con una suave caricia en su barbilla con el puño de hierro que me tocó una vez en un “Huevo Kinder Sorpresa”.  Pero Ruth era una de las personas más legales que había conocido en mi vida: integrante durante un par de años del equipo del programa “Callejones”, siempre estuvo denunciando las miserias de los desfavorecidos, las condiciones infrahumanas en las que vivían y los pésimos recursos con los que contaban para poder preparar un plato de “raviolis de hongos sobre lecho de langostinos y Nocilla” como Dios manda. Sin embargo, los dueños de la cadena que emitía “Callejones” instaron su cancelación en base a una supuesta baja audiencia (burda mentira para ocultar el verdadero motivo: las rimas que las cadenas competidoras hacían con el título del programa). Ahora trabajaba con Josmachine, su habitual colaborador, como free-lance. El porqué la profesional Ruth se había metido en un proyecto que pretendía liberar a Lance Armstrong (*) era otro de esos misterios que rodean al mundo catódico.

– Querida, yo no gimoteo: respiro con ritmo, que es diferente. ¿Sabríais decirme quién me disparó? – les pregunté mientras salíamos del gabinete del Dr. Zito, quien estaba demasiado ocupado comiéndose copias del álbum “Third” de Portishead una tras otra con mostaza como para despedirse.

– Cuando escuchamos el disparo, salimos corriendo hacia donde te encontrabas sentadito en el suelo. Como estábamos ocupados intentando que no te chuparas los nudillos, no nos pudimos fijar bien. Sólo distinguí a dos hombres alejándose: uno con sombrero y gabardina negros, y gafas de sol, que curiosamente…

– No llevaba camiseta, ya. Y otro que es una réplica de Lou Ferrigno pero en tamaño normal. Los conozco.

Otra vez Frusna y Meyer. Estaba ligeramente harto de la presencia de esos dos en torno a mi investigación (bueno, a lo que fuera). Me maldije a mí mismo (en voz alta, a la vista del respingo que metieron mis acompañantes) por no haberme dado cuenta que el Doctor Frusna suele utilizar balas troyanas – ese tipo de proyectiles, una vez que entran en el cuerpo, son casi imposibles de localizar y hacen que empieces a hablar como Arturo Fernández -, el mismo tipo que el buen Dr. Zito me había sacado del chaleco antivirus. Si las cosas seguían así, iba a tener que ponerme a pensar, y rápido. Ruth y Josmachine se ofrecieron a llevarme a algún lado en  su camioneta, pero les dije que prefería ir dando un paseo; los efectos del cloroformo aún no se me habían pasado del todo (veía gallinas jugando al póquer por todos lados) y esperaba que un poco de aire fresco me despejaría. Antes de que se fueran, les pregunté a través de la windownilla abierta:

– Por cierto, ¿no había nadie más por allí cuando llegasteis?

– Ah, sí – contestó Josmachine – ¿te refieres a ese policía, Insustancial? Al vernos se alejó rápidamente. Con las prisas por marcharse, casi les arranca un brazo a las pobres de Sar y de tu mujer!

¿Pero… qué… coño…?!

Antes de que pudiera decirle a Josmachine que repitiera que había dicho, Ruth cambió de cara como quien prueba un flan hecho de tornillos y arrancó la furgoneta. Salieron disparados a toda velocidad, dejando en el asfalto las huellas de los neumáticos… y pasándome una de las ruedas por encima del pie. Cojeando, me acerque hasta la verja del consultorio y me apoyé sobre el cartel de la entrada. El que pone “Dr. Zito – Ginecólogo”.

Con razón me sonaba la cara de “mi cliente”. La cabeza me empezó a dar vueltas (no como en “El exorcista”, sino en plan de “Hala, qué mareo!”) y tuve que sentarme en el suelo para no caerme. Y en un instante, mi mente se vió inundada de recuerdos: mi Santa Esposa y yo el día de nuestra boda, la compra de nuestra casa, el viaje que hicimos de Santurce a Bilbao por toda la orilla, con la falda remangada luciendo la pantorrilla (cosa que se estaba convirtiendo en una fea costumbre…). Sí, era cierto: la Mujer con Mayúsculas era mi consorte, mi media naranja, mi cuchicuchi zangolotinoso. Por un lado, este descubrimiento me llenó de orgullo y satisfacción, como si fuera un Borbón: un bombón por esposa anima hasta al más decaído… y más si tenía esos pechos.

Pero por otro, y pese a estar completamente seguro de la realidad de mi feliz matrimonio, no entendía porqué mi Santa Esposa – con la que recordaba vivir momentos de intensa felicidad – parecía haberme dado la espalda (yo, que soy más de delanteras), no explicándome quien era en realidad cuando apareció por mi despacho, ni a qué se refería con la búsqueda de “Gromland”. Ni siquiera aconsejándome que no se me ocurriera salir a la calle con semejantes pintas.

La sola idea de que la mujer de la que estaba profundamente enamorado me traicionara me ponía los pelos de gallina. ¿Quería mi muerte, acaso? Y si fuera así, ¿por qué no me lo había pedido directamente, en vez de aliarse con estos psicotrónicos Frusna y Meyer? ¿Qué pintaban Insustancial y Sar en toda esa trama? ¿Y los “GH”? ¿Estaban también Ruth y Josmachine metidos en la trama (su espantada a lo Fernando Alonso así lo indicaba)? ¿Cómo era posible que en el transcurso de seis horas no hubiera averiguado absolutamente nada? ¿Iba a tener todo esto algún sentido?

Mientras cavilaba entre confuso y molesto (conflesto), apareció de la nada un niño vestido en pantalón corto, con gorra de repartidor y una muleta hecha de kleenex:

– Extra, extra!! – gritaba el zagal paticojo – Encuentran un extraño cadáver en la azotea del pub «El rechoncho londinense»!!. Extra, extra!! Compren el “Menéame Times”!! ¿Quiere uno, señora?

Con mi alterado estado de ánimo, la confusión por parte del repartidor hacia mi más que evidente sexo, hizo que le lanzara un zapato. Mi recién adquirida buena puntería (no encontraba otra explicación a renovarles el mobiliario a los de “GH” a cabezazos) hizo que le acertara al muchacho en toda la boca. El golpe y la denominada gravedad hicieron el resto, sobre todo la segunda: el chico retrocedió unos pasos hasta acabar perfectamente encajonado en el capó de una ambulancia que pasaba justo en ese momento a toda velocidad. Relativamente tranquilo – ya que el muchacho iría al hospital del modo más rápido posible -, me agaché a recoger el zapato cuando vi la portada de uno de los “Menéame” que se le habían caído cuando decidió marcharse tan repentinamente. “La azotea del pub «El rechoncho londinense»”… Claro, allí era donde según la escaleta de los guionistas debía encontrarme con Frusna y Meyer!

Decidí finalizar mi turno de vaivenes y ser yo quien tomara el toro por los cuernos. Si los “Laurel y Hard” del mal querían algo de mí, lo iban a tener en forma de plomo. Paré un taxi y le pedí que me llevara al pub. El taxista, un muchacho hindú llamado “Fidel Díaz y Díez” a tenor de la licencia exhibida en la guantera – que tenía de indio lo que yo de cortina de ducha – se pasó todo el trayecto recitándome  como una letanía “Camina por el camino.Y como es sabido está bien caminar por el camino.Ya sabe aquello, lo del poeta, “caminante no hay camino…camino, camino, camino de flores…”.

No tengo absolutamente nada en contra de la filosofía oriental, pero teniendo en cuenta que tenía la cabeza más confusa que si hubiera visto una entrega de “La Jungla de Cristal” dirigida por Victor Erice y que no tenía un mísero ameuro en el bolsillo, me lancé (ahora que le había pillado el tranquillo) del taxi en marcha, con tan buena suerte que una boca de incendio me detuvo justo en la puerta del pub.

«El rechoncho londinense» era un antro sórdido y lleno de vicisitudes dirigido por férrea mano por Agatha “Lanavajaenelojo” O’Bregón; su buñuélico apodo venía de su peculiar manera de resolver los problemas del pub cuando la cosa se ponía fea: agarraba al alborotador de turno y le obligaba a ver “El perro andaluz” una y otra vez. Cuando entré, tuve que atravesar un espesa cortina de paño rojo, una espesa cortina humo y una espesa cortina de baño (cuya existencia en medio del local hacía ver qué tipo de lugar era). La barra estaba ocupada por los peores especímenes de la blogosfera: críticos de cine, seguidores de Fernando Sánchez Dragó y jugadores del Real Madrid. Entre codazos, me abrí paso y pedí un wisky solo. El camarero (un tipo que me recordaba ligeramente a Fidel Díaz y Díez, mi taxista sofista) me dijo que le iba a resultar imposible ponerme el licor sólo, a la vista de lo abarrotada que estaba el local. He de reconocer que semejante respuesta me dejó fuera de juego. Salí del estupor al escuchar que detrás de mí alguien me llamaba:

– Eh, el de la barra, aquí – La interlocutora era una mujer de unos sesenta años, bien arreglada pero con ropa moderna para su edad. Iba en chándal.

Me acerqué a su mesa. Estaba bebiendo un combinado de frutas, y sobre la mesa había unos paquetes de “LM Lights” y el libro “Puentes volados” de Carlos Clavijo.

– ¿Está bien? – le pregunté mientras señalaba el libro.

– Mucho… y no le vendría mal leerlo – me contestó mientras me ofrecía asiento.

– No, gracias, mis lecturas preferidas son las guías de teléfonos. Me encantan las novelas de muchos personajes.

Acto seguido, la mujer deportista bebió un trago de su combinado, apuró lo que le quedaba de cigarrillo y me pegó la bofetada más fuerte que me habían dado en la vida.

– Tranquilo – me dijo – sólo comprobaba si me sonaba su cara. Ahora, escúcheme, palurdo – Sinceramente, si una sexagenaria es capaz de ponerme la mejilla como el culo de un babuino con la mano desnuda, como si me pide que me tatue la lista de los Reyes Godos en las axilas – Me llamo Margaret Sonoio Chuskleïjm y me permito decirle que está Vd. haciendo el imbécil más de lo habitual… que ya es mucho. Parece que todos los golpes que se está llevando esta noche le están impidiendo pensar con claridad…

“Pensar… buff, como si fuera tan fácil”, me dije.

– Pues que sepa que se acaba el tiempo – continuó la sosías de Mike Tysson. – Vd. tiene todas las claves en su dura sesera. Sólo debe ponerlas en orden. Yo que Vd. no tardaría mucho en hacerlo: hay más de una vida en juego…

Entre los hematomas internos que debía estar coleccionando y el críptico lenguaje de la señora, estaba entendiendo menos que en una conversación telefónica con Stephen Hawkin. ¿Qué yo tenía todas las claves? ¿Sabría esta boxeadora amateur qué era “Gromland”? ¿Podría bañarme con la tirita de Mickey puesta?

Cuando levanté la vista, la mujer había desaparecido, así como los cigarrillos, el libro y la mesa (quedó el combinado de frutas flotando fantasmagóricamente). La busqué por el local, pero no fui capaz de verla. A quién sí vi fue a Frusna y Meyer que entraban por una puerta situada al lado de la barra. Había llegado la hora de las respuestas.

La puerta lateral daba a unas escaleras que a su vez daban a la azotea que a su vez daba a la calle. Subí los escalones de dos en dos, lo que hizo que cuando llegara arriba viera doble (o dejaba de fumar o dejaba de subir escaleras). Allí estaban Frusna y Meyer esperándome:

– Vaya, vaya, vaya. Mira a quién tenemos aquí, querido August Herold. Si es nuestro estimado Philip Bocazas Rosemary Gromenaüer. ¿Cómo se encuentra uno de los más inútiles infodetectives de toda la ciudad? ¿Sigue siendo Vd. tan imbécil como antes?

– Ahórrese los elogios, Frusna, no van a funcionar conmigo. – Juraría que los dos se miraron extrañados – Tengo todo un cargador repleto de preguntas y voy a comenzar a disparar.

– Oh, vamos, tómese su tiempo. Olvídese del frenesí y de la psicosis… ¿o acaso le sienta mal sentirse constantemente con la muerte en los talones? – Frusna me estaba retando a un duelo cinéfilo. Meyer, como era habitual, guardaba silencio mientras mascaba una llave inglesa.

– Yo confieso que arrastraba la sombra de una duda. No tenía idea de que me encontraría aquí al subir los 39 escalones, pero ahora tengo la certeza de saber de qué se compone la trama – Sí, de acuerdo, no tenía mucho sentido lo que estaba diciendo… pero nunca se me han dado muy bien los duelos cinéfilos.

– Jajaja, vaya, ¿ha visto, querido August Herold? Y nosotros pensando que Gromenaüer era el hombre que sabía demasiado. – Había que reconocer que me estaba dando por todos lados.

– Bueno… er… – tuve una idea arriesgada – Es que estar aquí en la azotea no me permite exponer mis ideas con claridad.

– Oh, vaya, es de los que considera que la altura es para los pájaros, ¿verdad? ¿Qué le ocurre? ¿Tiene Vd. vértigo?

Frusna había caído en mi trampa.

– No, porque me parece una mierda. Es más: la tenía en VHS y la borre´, grabando por encima un especial sobre la vida de Jordi Hurtado!!

Las caras de los dos se quedaron blancas (incluso la del Doctor Frusna, que era del color de las monjas): sabía que ambos eran fanáticos de Hitchcock y sobre todo de “Vértigo – de entre los muertos” que consideraban una obra maestra. Con mi jugada maestra los tenía donde quería: junto en el mismo sitio pero más hacia la izquierda. Cuando me disponía a contraatacar con una sucesión de Mariano Ozores, Meyer arrancó con rabia un trozo de la llave inglesa y lo escupió al suelo:

– Mire, pedazo de estúpido, estamos bastante hartos de su inutilidad innata. Sepa Vd. que si sigue vivo es porque aquí el estimado Doctor tuvo a bien apuntar al chaleco antivirus y no al melón que tiene encima de los hombros – Otra vez vuelta a las mentiras: yo no tenía sobre los hombros un melón, como decía Meyer, sino la cabeza -. Puntería que hubiera variado ligeramente de saber entonces lo que nos acaba de decir. Es más: creo que si no obtenemos rápidamente una respuesta sobre lo que es “Gromland”, le vamos a rellenar el hueco que tiene Vd. en vez de cerebro con un injerto de bala troyana.

Y me apuntaron con sus armas. Así que ellos tampoco parecían saber que era “Gromland”. Al paso que iba, estaba firmemente convencido que yo tampoco.

– Contaremos hasta tres: Uno… dos…

Justo en el momento en que el “tres” salió de los labios de Meyer, acompañado de un par de detonaciones, una sombra gigantesca se interpuso entre los matones y yo, recibiendo el impacto de los disparos. Frusna y Meyer, sorprendidos por la interrupción corpórea, salieron huyendo por la puerta que daba a las escaleras que daban al local. Intenté perseguirlos pero me dio cierta cosa sabiendo que iban armados y que yo sólo les podía atacar con un llavero de Michel Salgado. Cuando me giré para saber quien había tan generosamente recibido los balazos por mí, se me cayó el alma a los pies junto al llavero:

– ¡Sparky, Díos mío! – allí tendido en medio de un charco de sangre estaba mi fiel ayudante orangután, que se había sacrificado para salvarme la vida. Noté como su cuerpo empezaba a enfriarse lentamente – Vamos, viejo simio, no me hagas esta putada. Venga, campeón, arriba esos ánimos.

Noté que mi compañero de mil y una batallas en la playstation estaba haciendo ímprobos esfuerzos para decirme algo. Me arrodillé a su lado, casi con lágrimas en los ojos. No olvidaré sus últimas palabras:

– Je… jefe… me está aplastando un huevo.

Y expiró.

Como si de un macabro mecanismo se tratara, en el justo instante en que sus ojos se cerraron, su peluda mano se abrió, dejando caer algo al suelo. Lo recogí tembloroso: era un folleto de publicidad de una veterinaria; el nombre estaba marcado con un círculo rojo.

Me puse en pie, furioso. Aquello era demasiado. Había llegado el momento de descubrir la verdad. Había llegado el momento de sacar la verdad a la luz. Había llegado el momento de llegar de verdad al fondo de todo, ¿verdad?

Para empezar, iba en buen camino: acabé en el fondo del callejón tras caerme de la azotea al resbalar con unos molestos sobres de kétchup.

(Concluirá en el siguiente capítulo)

(*) Juego de palabras intraducible entre “free lance” y “free willy” (“Liberad a Willy”, película sobre la relación entre un niño y una sardina gordísima).

Anuncios