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II.- Té con pistitas.

Quedé con el Señor Insustancial en el “Blogspoting Caffê”.

Roger Ramones Wolfe Sánchez-Padilla es uno de los policías más íntegros de esta cochina ciudad. Su palabra es ley, su ley es justa y se ajusta a su palabra, que es ley… o algo así. Pertenece a la “Res Saturae Securitatis” (“La cosa esa de seguridad satírica“, también conocida como “RSS“); es sagaz, ingenioso, conciso, hiperbólico, astuto, inteligente, certero, directo y tiene gafas. De ninguna otra persona de Webdospuntocero D.F. se podría decir con más razón que valía su peso en oro, fuera el que fuera; y yo confiaba ciegamente en él desde que me sacó, de manera completamente gratuíta, de un pequeño contratiempo en el que me vi envuelto con una menor (una niña de doce años me estaba pegando una paliza para robarme la cartera, mientras gritaba “necesito el último de los Jonas Brothers, necesito el último de los Jonas Brothers!!”). El porqué lo llaman “Señor Insustancial” siempre me ha parecido un misterio.

Siempre que tenía alguna duda quedaba con él en el “Blogspoting”; situado entre la Quince y la Dos mil veintitrés, el “Spoting”, como lo llamábamos los asiduos y los que eran de Gijón, era un restaurante que vivió tiempos mejores. Antes pasaba por allí la crème de la crème (pintores, cineastas, ebanistas,…), pero la crisis económica y el aumento de granjas de avestruces acabaron convirtiendo el lugar en un embarcadero de almas desencantadas. También servían bocadillos.

Entrar en el local me reconfortó: no había tenido tiempo de pasar por mi casa para cambiarme y seguía llevando los pantalones destrozados, lo que provocaba que el gélido viento de Diciembre se me colara piernas arriba (por mucho que me hubiera subido los calcetines ejecutivos hasta las ingles), transformándome la orina en hidrógeno líquido. Además, como había empeñado mi sombrero Borsalino para comprar una cebolla mágica – que resultó ser un fraude -, tuve que ponerme el estúpido gorro negro de lana de Sparky, que se había quedado en la oficina jugando al escondite consigo mismo, para calentar las pocas ideas que me quedaban; la cuestión es que tenía pinta de algo que no sabía definir…

– “Agracecidaaa y emocionadaaaaa…!” – canturreó el Señor Insustancial al verme.

Eso era: Lina Morgan en “Vaya par de gemelas”.

Insustancial estaba sentado en su mesa habitual, fumando uno tras otro sus Marlboro Lights. Cómo la ajustada camiseta de “Los Piratas” que llevaba era capaz de aguantar los embites de su pecho al respirar hubiera sido el tema de discusión del día… si no fuera porque estaba mojando en un humeante té una ración de patatas bravas. Me senté enfrente de él.

– Insustancial, ¿sabes que eres una tentación para cualquier endocrino?

– Y tú, Gromiano, ¿sabes que podría arrestarte por la peripatética pinta que llevas?

Siguiendo la broma, ejecuté ese molinete piernil tan simpático que hacía la Morgan en su joya dramatúrgica; por desgracia, calculé mal y una de mis férreas patas golpeó a la ocupante de la mesa de al lado, dejándola inconsciente en el acto. Por suerte, no llegó a tocar el sucio suelo al caer, al clavarse una de las patas de la mesa en la córnea.

– Tranquilo – comentó Insustancial – es una reportera de “Está pasando”. Bueno, ¿en qué lío te has metido esta vez?

Le expliqué detalladamente por encima de la mesa toda la extraña conversación con la “Mujer Desconocida”: su misteriosa entrada, el que lo supiera todo de mí (por razones obvias, me guardé lo de mi travestismo infantil), el portafolio engañoso, la críptica nota, el tamaño de sus pechos, la curiosa sensación que me quedó tras su visita, el tamaño de sus pechos…

– ¿Gromland, eh? Mmmmm… no me suena de nada. A ver, vuelve a repetirlo.

– Gromland.

– No sé; otra vez.

– Gromland.

– Alarga un poco más la “a”. Y pon los ojos en blanco satén.

– Gromlaaaaaand.

– Ahora hazlo con acento de ensaladilla rusa.

Estaba empezando a impacientarme: Señor Insustancial era un tipo de palabra, y su palabra era… bueno, ya saben; y si me había prometido ayudarme, sé que lo haría. Pero no entendía cómo unas clases de dicción a lo “My Fair Lady” podrían ayudarme a resolver el caso. Me dije que si me hacía repetir “La lluvia en Sevilla es una maravilla“, lo mandaba a contar liendres.

– Perfecta pronunciación de Leningrado; un poco falto de guisantes, pero bastante correcta, sí… Er, no, no sé nada. Pero no te preocupes, preguntaré a los chicos de la Central; aunque no te aseguro nada: en estos momentos estamos hasta el cuello con el problema de “GH”.

“GH” eran las siglas de “Guionistas Hartosdeltó”: durante cientos de años, los plumillas encargados de escribir todas y absolutamente cada una de las frases dichas en televisión habían aceptado cobrar por sus trabajos en mendrugos de pan y una jarra de agua; sin embargo, desde los últimos meses, un grupo de escritores catódicos les había plantado cara a los productores, llevando a cabo una de las huelgas más importantes de los últimos años: sólo escribirían frases de “Escenas de Matrimonio”… fuera cual fuera el programa. Obviamente, el partido gobernante, la oposición y un florero que decía ser concejal de Izquierda Unida, se unieron rápidamente ante la posibilidad de que no se pudiera manipular más a los espectadores a través de la caja tonta. Realmente, la ciudad parecía ser un polvorín y los guionistas rebeldes iban corriendo de un lado para otro con una antorcha en la mano.    

– ¿Se esperan nuevos altercados? – pregunté, de manera vaga pero tiritando (y no precisamente por el frío que se me colaba por la entrepierna), mientras me encendía una cerilla en la mejilla de la reportera inconsciente y paulatinamente muerta.

– Con estos tipos nunca se sabe, pero las cosas llevan haciendo “chup, chup” demasiado tiempo; y ya se sabe: “si el cenutrio rangolinea…”

– “… la fardílapa se sugrunta”, te entiendo. Por cierto, ¿crees que Paolo Mottos está detrás de todo esto?

El empresario Paolo “Cigarra” Mottos era el personal “Moby Dick” de Insustancial: exitoso hombre de negocios y presentador de televisión abdominalado, corría el rumor de que se dedicaba a comerciar con mercancía robada (principalmente, chistes). Sin embargo, nadie jamás había testificado en su contra, ni en su de, ni siquiera en ninguna de las preposiciones siguientes. Insustancial llevaba años intentando encontrar una pista que lo incriminara, pero cada día contaba con menos adeptos en el Departamento para encerrarlo. La sola mención de Mottos hizo que perdiera momentáneamente los nervios, dando un fuerte pisotón que creo que acabó por romper la tráquea de la reportera. Así que decidí hacer mutis y cambiar de tema.

– Bueno, ¿te apetece algo más? ¿Unas cocochas de búfalo?

Con un gesto llamé a la pizpireta Sar, la nueva propietaria de nuestro refugio para seres descarriados. Con su buen humor, su sempiterno optimismo sonrisa y su café peligrosamente parecido al petróleo, la muchacha alimentaba nuestros alicaídos ánimos… y aumentaba nuestro riesgo de contraer algo incurable.

– Caray, Sr. Gromenaüer – me dijo exhibiendo su sonrisa de 24 kilates -, le veo muy fresquito para el día que hace.

– Estimada Sar, mi cuerpo es un invernal horno de pasión ante el riesgo.

– Gromiano, – me interrumpió Insustancial – déjate de oximorones baratos y escúchame: acabo de recordar que el otro día un amigo de un amigo de una sobrina que tiene en Cuenca el conserje del edificio donde vive Carlos Sainz me dijo que un par de tipos habían preguntado por ti.

– ¿Dos tipos? ¿De qué tipo?

– Unos tal Doctor Frusna y August Herold Meyer: el primero lleva sombrero y gabardina negros, gafas de sol redondas y los nervios de un filete de epiléptico. El otro es de tez morena, un poco más bajo y parecido a un armario de dos puertas. ¿Los conoces?

Frusna y Herold Meyer. Por supuesto que los conocía: los dos sujetos más peligrosos de la ciudad. Años atrás, me estuvieron persiguiendo durante siete semanas para cobrar unas deudas de juego (maldito Monopoly!); cuando me encontraron, tenía más telarañas en los bolsillos que la Duquesa de Alba en la entrepierna y sólo me perdonaron la deuda cuando me comí una caja entera de galletas para perro; desde entonces, me rasco la oreja con el pie. Insustancial me explicó que alguien (el primo del hermano de sabe cojones; me perdí en el tercer dato) los había visto merodear cerca del complejo de cines “Emúlex”, preguntándole insistentemente a todo el mundo por mi persona. Mi sistema nervioso no es muy amigo de las sorpresas (menos si éstas incluyen a un tarado siniestro y a un hierático coloso de metro setenta), pero fui capaz de reponerme y pedirle a Sar que me trajera el “algo” más fuerte que tuviera.

– ¿Y dices que querían matarme? – pregunté a mi amigo con un ligero tono de pánico histérico en mi voz.

– Síp, obligándote a ver cien veces seguidas “Los Hermanos Calatrava contra el Imperio del Kárate” ¡Si yo no he dicho nada de eso! Sólo te he comentado que andan preguntando por ti y que no te descuides, que estás echando barriga.

Cuando la estimada Sar llegó con la bebida, se la arrebaté de la bandeja y me la soplé de un trago (disminuyendo de golpe mi esperanza de vida en un 20%). Que me encarguen algo que no sé qué es, pase; pero ser el objetivo de dos matones esquizoides me hizo replantearme seriamente el haber abandonado el seminario. Las cosas se estaban embrollando más de la cuenta.

– Le recomiendo, Señor Gromenaüer, que se calme. No querrá Vd. acabar en Urgencias… Ay, “Urgencias”, me encantaba esa serie.

Así es la vida. La dulce Sar pensando en sus gustos televisivos, y yo a punto de recibir más plomo que el de un bidón de gasolina.

Decidí acercarme a la farmacia más cercana a comprarme un lote de ansiolíticos capaz de tumbar a un comando de marines. Antes de irme, Insustancial me recomendó que intentará ponerme en contacto con Lord Edward Absence, un empleado de los Archivos Municipales Hemerotecales que podría decirme hasta cuál había sido la cartelera teatral de 1.875.

– Si algún periódico ha mencionado “Gromland” alguna vez, él lo sabrá. Otra cosa es que te lo diga. Bueno, misteriosos saludos; y ponme a los pies del orangután Sparky y…

Ya estaba saliendo del local cuando juraría que, por descuido, la vivaracha y jovial Sar le pegó a Insustancial un bandejazo en la cabeza con todas sus fuerzas.

“Bien”, pensé para mis adentros, como de costumbre, “ha llegado la hora de empezar a pensar en huir”. Antes me acerqué a una Twitter-box para intentar localizar a Absence. Insustancial me había apuntado su número en la parte de atrás de un cromo del “Ruy, el pequeño Cid”: “En estos momentos, no me encuentro en casa; si quiere saber en qué cine se estrenó “Holocausto caníbal”, marque uno; si es fan de “Barbarella”, marque…”. Nada: ausente. No tenía la menor idea de por dónde empezar; quizás volver a casa y cambiarme sería un buen principio. En ese instante, pasó una mujer a mi lado con un carrito de bebé; me quedé mirando embobado a la preciosa criaturita, con una amplia sonrisa de idiota estampada en mi cara. Me tiré unos cinco minutos haciéndole monerías al crío (¿qué coño pensarán los bebés de los adultos?), lo cual fue un terrible error:  si me hubiera marchado inmediatamente, me habría ahorrado el girarme y encontrármelos de frente. Tal y como los recordaba: Frusna, sonriendo desquiciadamente y moviendo la cabeza de un lado a otro como si estuviera sufriendo un ataque de estornudos… sin estornudos. Herold Meyer, con un rictus que rompería el diamante y unos brazos que eran como tres de mis piernas si las tuviera musculadas. Y ambos mirándome fijamente.

Mi primera reacción fue encararme con ellos y preguntarles qué demonios querían de mí, si tenían alguna relación con “Gromland” y porqué Frusna nunca llevaba camiseta debajo de la gabardina. La reacción duró exactamente siete nanosegundos: el tiempo que tardé en darme la vuelta y salir corriendo como un loco en dirección contraria por el primer callejón que encontré.

Ochocientos metros más tarde, y con los pulmones más abiertos que una furcia en una fiesta del Congreso, me detuve a comprobar si los había despistado. Y descubrí dos cosas:

Que no sólo los había despistado a ellos sino también a mí mismo: me había adentrado sin querer en la Blogosfera, y estaba más perdido que un pulpo en el garaje de los Macromachines.

Y que tenía a siete tipos delante de mí apuntándome con sus armas, mientras el que parecía el líder me decía “EH, TÚ, “LINA MORGAM”, Q TIENES PRISA O KÉ?… JAJAJAJAJAJAJA”.

La noche prometía.

(Continuará)

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