Estimados lectores de este su blog: con el post de hoy comienzan las fastuosas celebraciones del Centenario de “Gromland”. Nunca pensé que una bitácora que estuvo más muerta que viva pudiera llegar a donde ha llegado. Dónde ha llegado es otro tema que yo incluso desconozco, pero lo realmente cierto es que nada de todo esto hubiera sido posible sin su inestimable colaboración.

Por ello, y porque considero que “es de bien nacidos ser agradecidos” y que Carlos Fabra sufre de elefantiasis, les presentó “Un spam en la oscuridad“, pequeño pastiche marlowiano que espero sea de su agrado y satisfacción y agrado (que les agrade mucho). El mismo finalizará dentro de cuatro posts exactamente, coincidiendo con el número 100 de este su blog (lo que retrasará momentaneamente la saga “Reyes y Centauros!!”). Disculpen si la altura del mismo está a la de una mesa camilla, pero intentaré compensarlo con alguna que otra sorpresa vecinal…

… Y ya estoy hablando de más.

Con Vds. el primer capítulo. Disfrútenlo y recuerden: los obispos también son personitas de Dios. 

detective1 

No hay nada peor que levantarse temprano un frío día de invierno y descubrir que le han cortado a uno el agua caliente. Bueno, sí: que camino del trabajo un dóberman rabioso le coja tanto cariño a tu pantalón como para comérselo a besos. Por eso cuando esa mañana llegué a mi oficina, con muy poca resolución, empapado de “eau de Johnny Walker” y con las pantorrillas al aire, supe que iba a ser un día “de esos”. La habitación estaba más oscura que la vagina de una watusi; por eso no me percaté de que, sentada en la desvencijada silla IKEA del rincón, estaba Ella:

–          ¿Señor Gromenaüer?

Su voz me sobresaltó: no lo suficiente como para gritar a lo Jamie Lee Curtis, pero sí lo bastante como para que mis instintivos reflejos felinos me arrojaran al otro lado del escritorio. Por suerte, aterricé sobre una caja de cartón llena de bisturíes que amortiguó el golpe.

–          Dígame quién es Vd. y qué demonios hace aquí – le pregunté, mientras intentaba disimuladamente descorcharme un escalpelo que se me había clavado en la nuca.

–          Mi nombre no importa ahora. Lo único que necesita saber es lo que quiero de Vd.

No me gusta que las mujeres intenten dominarme, es una de mis múltiples fobias. Años atrás envíe a mi madre al hospital de una paliza por obligarme a comer unas alcachofas. La mujer nunca me lo perdonó, pero mi padre me lo ha agradecido siempre. Sin embargo, aquella preciosa muñeca plantada con su caro abrigo de visón (lo sé porque todavía llevaba colgando la etiqueta con el precio) ejercía una extraña atracción magnética, algo extraño, algo atrayente y algo de chocolate, que me impedía concentrarme. Era el ser más perfecto que había visto en mi vida: ojos de gata, melena de leona, cintura de avispa, piernas de gacela… En tres palabras: un auténtico animal. Contraataqué:

–          No me gustaría ser grosero, pero creo que el accidente de coche le ha afectado de más.

–          ¿Accidente de coche? No he tenido ninguno… hoy.

–          Se lo digo porque se le han quedado pegados los airbag – Así es: mi cerebro y mi boca llevan años sin hablarse. Sin embargo, su reacción me sorprendió: mostrando su grácil cuello de cisne, echó la cabeza violentamente hacia atrás en una carcajada gutural y ronca que hizo que mis espermatozoides corrieran a esconderse en el hígado.

–          Jajaja, señor Gromenaüer – comentó mientras se levantaba del suelo -. Ya estaba al corriente sobre su “fino” sentido del humor.

–          Debería comprobar lo grueso que lo tengo todo.

–          Escuche: no he venido ni a ver un monólogo de pub de pueblo ni a ser seducida por un mamarracho que huele a hamburguesas de pescado. Necesito que me haga un trabajo. Y rápido.

Su lacerante mirada me advirtió que si volvía a soltar un chascarrillo de los míos podía acabar viéndome el intestino grueso con mis propios ojos. Puede que sea un gilipollas, pero también soy un cobarde, así que con un gesto le indiqué la “silla de los clientes” (la única diferencia con respecto a la otra es su ubicación).

–          ¿Conoce Vd. bien la Blogosfera? – Sacó de su bolsito de mano un enorme mechero de plata (cómo cabía semejante objeto dentro del bolsito es toda una incógnita) y se encendió elegantemente un Habano del tamaño de un plátano.

–           Como si fuera la palma de mi mano .

–          ¿Quiere eso decir que la conoce bien?

–          Querida, no hay rincón en la red de redes que se resista a mis encantos – respondí mientras miraba de soslayo mis peludas zarpas, situadas estratégicamente debajo de la mesa (y descubriendo, sorprendentemente, que mi pulgar izquierdo tenía tres falanges).

–          Sinceramente por su bien espero que sea cierto. Lo que pretendo que haga será difícil, peligroso, y extremadamente oneroso para su integridad física.

–          Señorita, si realmente supiera que significa “oneroso”, la respuesta sería la misma: no hay nadie en esta maldita ciudad que conozca mejor la Blogosfera que yo.

Si he de ser sincero, la verdad no es mi fuerte: de todos los ciudadanos de nuestra caótica y amada Webdospuntocero D.F., yo era el que menos idea tenía de los entresijos del barrio bitacoril. Mi experiencia se limitaba a unas cuantas visitas a “Pajillero, a sus pajillas” y al foro del “Marca”. Tan sólo en una ocasión me adentré en Blogosfera: debía encontrar a un humorista gráfico, especializado en hacer chistes de Zapatero con el Paint, que se había escapado de la Cárcel de Papel. Estuve seis horas dando vueltas alrededor del mismo blog, intentando descubrir alguna pista por los comentarios; para cuando lo localicé, ya había fichado por “Libertad Digital” y tenía inmunidad papal… Pero, qué demonios, necesitaba el dinero, estaba harto de hacer collages con fotos de ovejas y, con un poco de suerte, el trabajo se limitaría a encontrar a algún pardillo friky que hubiera montado un blog donde no debía. Nada que no se pudiera arreglar en un par de horas, preguntando a la gente adecuada.

–          Supongo, entonces, que no me he equivocado eligiéndole -. Sacó nuevamente del bolsito un portafolio tamaño DIN – A3 (¿?) y me lo entregó. – Aquí está recogida toda la información que necesita: direcciones, fotografías, un bono metro nuevo y, fundamental: la hoja con sus instrucciones. – Acto seguido se levantó y se dirigió contoneándose hacia la puerta.

–          Eh, espere un momento – le grité en voz baja mientras la seguía – No hemos hablado de mis honorarios, ni de con quien debo ponerme en contacto. No sé quién me contrata. No sabe ni siquiera si aceptaré.

–          Señor Gromenaüer: debe Vd. ocho meses a su casero; el propietario de esta oficina está harto de que le pague en Corticoles; han estado siete veces a punto de retirarle la licencia de infodetective por “inutilidad exhaustiva”; no le gustan las películas de animales, pero lloró viendo “Volando libre”…

–          Caray, es que cuando al patito se le rompe el ala…

–          Estuvo apuntado a “Alcóholicos anónimos” el año pasado y le echaron por beberse un bote de “Cristasol” que le robó a la señora de la limpieza. Es Vd. un descreído de la justicia; cree firmemente en la pena de muerte para los que les gusta el cine iraní, y eso que no ha visto ni una sola película de Kiarostami. Su nick preferido es “Nick Nolte”. A los cinco años se vistió de Conchita Piquer y les dijo a sus padres que unos mafiosos ninja le habían obligado…

–          ¡Y es cierto! Cuando llegaron mis padres, los ninja se habían escondido en un paragüero.

–          Como verá, lo sabemos todo sobre su vida: sus problemas económicos, su absurda afición por la pretecnología y sus ansias por tener un caso de verdad. Aceptará el caso, cobrará el triple de su tarifa habitual y seremos nosotros quien se ponga en contacto con Vd. en la cuenta “Twitter” que le hemos abierto. Buenos días.

Me dejó de piedra: nunca había visto a nadie decir más de tres frases seguidas sin perder el conocimiento. Además de ser una belleza, tenía el cerebro de… de… de algo con cerebro. Sin embargo, y pese a que no me encajaba el hecho de que el triple de nada es nada, todavía me quedaba una pregunta.

–          No me ha dicho su nombre.

Aunque eso no era realmente una pregunta (lo sé porque no lleva los bichitos doblados esos a cada lado), ella y sus cabellos dorados me entendieron perfectamente. Por respuesta sólo obtuve un balanceo de bolsito, su taconeo rumboso y el sonido del ascensor al cerrarse. Pensé: “Fiuutactacping”. No me pareció un nombre de mujer normal. A lo mejor en China…, pero ella tenía de asiática lo que yo de orégano.

A escasos minutos, llegó al despacho mi fiel ayudante orangután Sparky, que venía de misa de nueve.

–          Señor Gromenaüer, acabo de cruzarme en el hall con un verdadero bellezón. Y me ha mirado con una sonrisa radiante. Es de esas mujeres de las que se enamora uno a primera vista!

–          Pues tómate rápido un antídoto, mi simiesco compañero: esa fémina es el peligro personificado.

–          ¡¿Ya la ha conocido?!

–          Tanto como se conoce a las féminas que son el peligro personificado. Pero te comunico que es nuestra nueva cliente… o eso he entendido.

Mediante unas cuantas certeras palabras y uno simples gráficos que le hice en la pizarra, y una pequeña maqueta hecha con macarrones, le expliqué a Sparky la situación. Mi fiel ayudante asentía despreocupadamente mientras se despiojaba, y tomó del escritorio el portafolio.

–          No lo ha abierto. ¿No le interesa el caso?

–          En estos momentos me debato entre aceptarlo o rechazarlo. Una de las dos únicas opciones posibles, vamos.

–          Abrámoslo, a ver qué contiene.

Sabía que no debía fiarme de aquella mujer. Todo no eran más que patrañas dichas con lengua de serpiente (por suerte, conozco el idioma pársel). Dentro de aquel portafolio sólo había una pequeña nota que cayó revoloteando al suelo hasta quedarse pegado en un montón de pizza reseca. La nota únicamente decía:

¿Qué es Gromland?

(Continuará…)

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