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Priviusli on “Gromland”:

“El haber ejercido de picapleitos a lo largo de unos intensos e insoportables doce años, si bien no me hizo mejor persona, casi acaba con mi salud mental”

“Permítanme que comparta con Vds. una anécdota jurídico – emocional que le sucedió a un compañero de juzgado.”

“Muy Hijo de Puta: Ah, no, ella no; si la tuve que tirar al suelo para que se dejara… Pero eso sí: me puse un condón antes de follármela; bueno, disculpando; montarla, vamos.”

Ministerio Fiscal: ¿Dis… cul… pe?

“MHdP: SI HAY CONDÓN, NO HAY VIOLACIÓN.”

“PUES BIEN:…”

(repentino fundido en negro mientras se oye el sonido que hace la cabeza de una cheerleader al calcular mal la distancia de un triple salto mortal).

Estimados lectores de este su blog, disculpen por haberme demorado en publicar la conclusión del post, pero antes de ayer por la noche se nos coló, misteriosamente, un molesto insecto en casa, y Sparky y yo tardamos un poco más de lo previsto en acabar con él (y es que en mi vida he visto una mosca que manejara tan bien una escopeta de cañones recortados; además, se hizo fuerte en la cocina parapetándose tras un paquete de pan Bimbo caducado desde 1.987). Por cierto, me comenta mi fidelísimo orangután mascota que quizás el anterior capítulo de “Gromland”, este su blog, haya levantado unas expectativas que no voy a poder tumbar. También ha criticado, siempre con respeto hacia mi persona, que en la primera parte me haya excedido con el uso de la conjunción “que”, de modo que ningún ser humano normal pudiera leer una frase en voz alta sin acabar necesitando un balón de oxígeno (no puedo estar en mayor desacuerdo: soy de los que piensan que un texto debe reflejar todo el trabajo que hay detrás, que para eso son mis oraciones “subordinadas”).

Si han leído la absurda historia recogida en el citado post, observarán con que hayan puesto un mínimo de atención (y si no estaban bajo los influjos de alguna sustancia psicotrópica, como “Gran Hermano”, por ejemplo) que la moraleja de la misma es la siguiente: “El desconocimiento es terrible”. Visto desde fuera, como ser interdimensional que soy, la raza humana (y parte de la estadounidense) actúa con más tranquilidad “suponiendo” que “sabiendo”. Reconozco que el saber es algo que da mucho miedo – miren a los creyentes cristianos – y que es preferible vivir en las tranquilas aguas del aborregamiento total que embarcarse en las terribles corrientes de la sabiduría. Pueden Vds. comprobarlo en miles de parejas existentes en este su país: uno de sus miembros puede tener la desconfianza de que su pareja es más dado a practicar el sexo con terceras personas que David Meca a cruzarse toda superficie líquida que se encuentre; pero, si en un momento dado, movidos por el cariño que tenemos hacia nuestro/a amigo/a cierviforme (o por pura y simple maldad, para qué nos vamos a engañar) decidimos hacerle partícipe de algún encuentro amoroso que su “pichurri” mantuvo con un/a compañero/a de trabajo/a y del que por casualidad fuimos testigos al perseguir al adultero/a por toda la ciudad, él o ella (o ello, si se trata de un colaborador de Ana Rosa Quintana), comenzará a hacer aspavientos, negar con la cabeza e incluso vomitar poliespán con tal de que no le digamos nada: “Prefiero no saber”, contestará mientras se revuelcan por el suelo.

Para que se hagan una idea, les hablaré de los tres tipos de desconocimiento que he podido apreciar en los miembros de su raza, estimados lectores de este su blog, fruto de la pasión que despiertan en mí:

1.- “El desconocimiento placebo”: éste es el más venial de todos, incluso podría afirmarse que hasta resulta positivo. Les pongo un ejemplo: el abuelo materno de mi Santa Esposa, un verdadero gentleman a sus 90 y pico años de edad, debía tomar por prescripción médica unas pastillas para conciliar el sueño (en eso Vds. nos han adelantado bastante: en Gamma-3 si alguien tiene problemas de sueño, se le mata y punto). El buen hombre comenzó a tomarse la medicación, con lo que todas las noches se enzarzaba en unas placenteras conversaciones con Morpheo (el dios de los sueños, no con el hermano negro de Jordi González de “Matrix”) durante las ocho horas de rigor. Trascurridos unos días, curiosamente con sus correspondientes noches, el padre de la madre de mi Santa Esposa decidió que podría perfectamente dormir sin necesidad de ingerir las pastillas recetadas; craso error. el hombre daba vueltas en la cama como una veleta en Tarifa (bueno, seguramente, no se movería tanto, pero es para que se hagan una idea). Por tanto, decidió volver a tomar la medicación; pero hete aquí – y ahora es donde interviene el concepto de “desconocimiento placebo” – al considerar que la ingesta de una pastilla podría no ser conveniente para su salud, el hijo de la tatarabuela materna de mi Santa Esposa optó por consumir media cápsula con el siguiente ritual: desenroscaba la pastilla en sus dos mitades, quitaba “el molesto polvillo que venía dentro” de la misma (¡!) y se tragaba medio trozo de plástico completamente inócuo tanto para su organismo como para su insomnio. Resultado: el buen hombre volvió a dormir placidamente.

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¿Creen Vds. que habría algún tipo de beneficio en decirle al suegro de la tía política de mi Santa Esposa el (enternecedor) error que está cometiendo? En mi humilde opinión – que es la correcta, no lo duden -, la respuesta es “no”: de saber que los polvillos que desecha son el verdadero componente químico que le “permitía” dormir, se asustaría por: a) haber estado varios meses sin medicarse correctamente; b) a lo mejor, podría darle por recuperar el tiempo perdido inflándose a pastillas en una noche. Y ya sabemos que eso es malo: miren si no a Pocholo Martínez Bordiu…

2.- “El desconocimiento que no molesta a casi nadie”: la noche del pasado Domingo, mientras Sparky y yo nos enzarzábamos en una agria discusión sobre si Superman podría vencer en un combate a muerte con Carmen de Mairena, mi Santa Esposa solazaba en el sillón viendo “Pekín Express” – uno de los reallitys más absurdos que he visto en mi vida: tengo entendido que hay un autobús directo que une Oviedo con la ciudad china -. El caso es que, aprovechando uno de los interminables cortes para anuncios, mi Deliciosa Costilla zappineó por la competencia, recayendo en “Antenne Trois” (o “A3”, o “La cadena de las buenas intenciones y los pésimos resultados”). En nuestra pantalla de 814 pulgadas puede ver el reflectante cráneo de Javier Cámara ejerciendo labores leguleyas en la serie “Lex”. Un apunte: pese a sonar como la versión asiática de las aventuras de un pastor alemán – entiéndase como “perro” – policía, la serie pretende ser una mezcla de “La Ley de los Ángeles”, “Ally McBeal” y “Manos a la obra”: las estresantes vidas de unos abogados hiper-chuli-mega-guays, encabezados (nunca mejor dicho) por el citado Cámara y sus partners Nathalie Poza – gracias, estimado Toshi – y Santi “¿Qué diablos estoy haciendo aquí?” Millán, que muestran que también los picapleitos tienen corazón. Fin del apunte. Bien, dada mi enorme experiencia en lo jurídico y catódico, sólo me hicieron falta cinco minutos para descubrir las terribles falsedades que rebosa “Lex”:

a) primera falsedad: los abogados de los grandes bufetes no tienen corazón; en su lugar, y al lado del pulmón izquierdo, se encuentra una calculadora del tamaño de un pomelo que les hace caminar, respirar y cobrar cheques;

b) segunda: los juicios no se celebran en el plató de “Veredicto” (¿recuerdan aquella tontería que presentaba AR hace tiempo?); es verdad que los abogados no aceptan por regla general el contacto directo con la luz del sol, pero de ahí a meterlos en un contenedor, tan, tan falso…

c) y tercera y última, oiga: la escena que vislumbré representaba a Cámara, acompañado de su nuevo jefe-socio, interpretado por José María Pou (pues sí, hasta los Grandes, y lo digo en los dos sentidos, tienen que comer), que defendían a un ciudadano corriente y moliente que había tenido la peregrina idea de atizarle dos guantadas a un juez filofascista. Obviamente, el abogado Cámara comenzaba a irse por los cerros de Úbeda a la hora de interrogar al juez denunciante: que si es Vd. un mal juez, que si cometió muchos errores, que si soltó a un violador, que si mató a Manolete… Todo ello ante la estupefacta mirada de Pou… y del expectante Grom el Único. Y es que si dicho juicio tuviera lugar en la vida real, para empezar el abogado Cámara se hubiera llevado tal reprimenda por parte de Su Señoría (para quien no haya leído la primera parte, la persona con legañas conocida como “Juez”) que los testiculos se le hubieran subido al cuello, pero al cuello de otra persona, ojo; además, nunca el juez acusador hubiera actuado con tanta familiaridad en plena sesión (el episodio le mostraba dirigiéndose a la jueza que presidía la sesión, exigiéndole responsabilidades por la actitud camorrista del abogado Cámara); y, por último, nunca se vería cómo Su Señoría, tras ponerle una ridícula sanción al ciudadano acusado con la mano larga, le comunicaría al juez denunciante su intención de presentar una queja formal ante el Consejo General del Poder Judicial (un órgano administrativo parecido al apéndice: si se extirpa, no pasa nada) por las posibles negligencias cometidas por aquél.

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Curiosamente, estos días in the real world se está juzgando a Fernando Ferrín Calamidad por los mismos argumentos que exponía el actor conocido como “Paco”: ¿alguna similitud en el desarrollo de la vista? Una simple mención por parte de Calamita de que la abogada defensora le estaba mirando fijamente (si es que este hombre es imbécil). Punto. Nada más llamativo, nada de teatralidad, nada de interés narrativo. Como les decía en la primera parte de este post, los juicios son muy, muy, muy aburridos; y, por tanto, intentar hacer una serie nacional con un material tan pobre narrativamente hablando como la Ley de Enjuiciamiento Civil o Criminal – que aquí y aquí les dejo para su lectura por si tienen un par de meses sin nada qué hacer – lleva a los guionistas de este país a intentar copiar las series que vienen allende los mares, desconociendo que los sistemas son diferentes; y digo desconociendo porque si lo hacen a sabiendas, es para ponerles a trabajar de verdad. Bueno, esto último ha sido una malicia que sobraba,… ¿no?

Desconocimiento a la hora de jugar con los procesos – creativos y jurídicos -, con los propios personajes (¡no hay ninguna detective privada que esté tan jamona como Kira Miró, demonios!), con la ausencia de otros – no saben Vds. cuantas carcajadas contenidas gracias a la labor ingente de esos olvidados escuderos llamados “Procuradores” (en otro post, me explayaré un poco más) -, con la audiencia, con los decorados, con… Sin embargo, ¿podemos afirmar que este desconocimiento afecta a millones de personas en su vida diaria? A la vista de sus índices de audiencia, me temo que a sólo unos cuantos cientos…

3.- “El desconocimiento aniquilador”: ya que han llegado hasta aquí, jueguen un poco: son Vds. un ama de casa (una cada uno, no todos juntos, claro), tienen cincuenta y siete años, lumbalgias y varices varias de fregar escaleras todo el santo día para llevar algo caliente a la mesa y un marido postrado en cama por culpa de un accidente laboral; su hija mayor (Yenifer) ha salido con la pandilla al polígono más cercano para celebrar la salida de la cárcel, y el pequeño (Kevincosner) está con sus amigos por la alameda intentando convencer a un repartidor de comida china para que permanezca quieto mientras le clava la puntera de la bota en el esófago. Es Viernes noche del día 27 de Noviembre de 2.008. Tras haber fregado los platos y recogido las migas del mantel de hulé, se queda Vd. en su pequeña cocina, apretando los puños sobre la encimera, con la absurda creencia de que el dolor de las uñas clavándosele en las palmas de las manos le impedirán escuchar los quejidos de su esposo. Arrastrándo ligeramente una pierna, se va al saloncito y se deja caer agotada sobre el sofá de escai. Enciende la televisión (con la bailaora y el toro de Ray Harrihausen encima) y tras dudar unos segundos entre “DEC” o Telecinco, se queda en “su” cadena amiga, la que le va a permitir estar una o dos horas regocijándose en la vida de otro, con sus penurias y con sus cárceles, con sus mentiras y con sus falsas verdades, con sus amores tonadilleros y con sus 350.000,00 euros… Y todo porque, hace 45 años, a alguien se le ocurrió grabarle en su infantil cerebro que “la mujer debe ser digna servidora de la casa, hogareña y afable, y estar a los dictados de su marido, verdadera y única cabeza de la familia, para conseguir la felicidad del matrimonio y de la descendencia con que Dios les provea”

A esos lumbreras, a esos titiriteros manipuladores de la moral, les espetaría lo mismo que dijo el otro día el estimado Julio Anguita sobre la posibilidad de acudir de nuevo un solo día como Diputado a hablar sobre la crísis económica:

¿Y ahora, qué, hijos de puta?

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Lamentando profundamente el lóbrego tono final del post, y recomendando encarecidamente sigan las consignas del estimado Antonio Rico (y no se pierdan la última andanada contra el tema en su blog “625 Ranas”), y este Viernes noche dedíquense a conocer… a lo que sea menos ver “Telecinco”.

Afectadísimos y esperanzados saludos.

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