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Estimados lectores de este su blog: pido sinceramente disculpas por la falta de profesionalidad mostrada días atrás; me molesta sobremanera que la Dirección de Gromland decidiera el pasado Domingo cubrir mi justificada ausencia (se estaba celebrando la “XXIII Competición Atahualpa Yupanqui de combates de full-contact categoría ancianos”, y como comprenderán no me pude resistir a ver a vejestorios akimonados intentando golpearse mediante patadas voladoras… sin tipo de éxito) con la publicación de un crucigrama que: a) resultaba a todas luces irresoluble; b) no respondía a ninguno de los objetivos de esta su humilde bitácora – a saber, ampliar sus conocimientos, hacerles reflexionar, hacerme ganar dinero a espuertas -. Por ello, entono un sentido mea culpa mientras me acompaña el Orfeón Donostiarra y la Filarmonic Orchestra of Torrelavega. Un aplauso para ellos!!

¿A que me ha quedado el saloncito la mar de cuco? 

Hoy deseo comentarles algo gracioso: como sabrán (y si desconocían el dato, aquí lo tienen por el mismo precio), durante un tiempo un servidor de Vds. se dedicó a las ingratas labores de la abogacía. He de reconocer que el haber ejercido de picapleitos a lo largo de unos intensos e insoportables doce años, si bien no me hizo mejor persona, casi acaba con mi salud mental: pueden creerme si les digo – y si no, compruébenlo en la Wikipedia – que el desempeño laboral de una profesión que, en la escala de reconocimiento social, está tan sólo por encima de la de mamporrero de tiranosaurios, me permitió conocer los recovecos más oscuros, absurdos y pifilitraspantaústicos, si es que existe esta palabra, de la psique humana. Permítanme que comparta con Vds. una anécdota jurídico – emocional que le sucedió a un compañero de juzgado (si, por el contrario, tienen tantas ganas de leer este episodio veraz y surrealista como de que Paco Valladares les recite “Guerra y Paz” enterito mientras les unta el bajo vientre con aceite de melaza, acudan un poco más abajo donde pone “PUES BIEN…”):

Años ha, un estimado leguleyo como yo tuvo el discutible honor de defender en juicio penal a un simpático mostrenco – por respeto al defendido, permítanme (otra vez) ocultar su verdadero nombre; me referiré a él como “el muy hijo de puta” -, acusado de haber abusado sexualmente de una muchacha de su misma localidad. [Primera puntualización para los profanos: no todos los abogados se sienten cómodos llevando el asesoramiento legal de gente de semejante ralea: en el caso de mi estimado compañero, aceptó la representación en juicio porque a) se le había designado en el “Turno de oficio” (el sistema existente para que personas sin recursos puedan tener una defensa jurídica en cualquier procedimiento) y b) porque mi amigo tenía la malsana costumbre de comer todos los días y, aunque poco – creo que por aquel entonces la Xunta de Galicia pagaba por cada juicio penal cuarenta y tres reales y un par de entradas para el “Circo Italiano Mundial” -, ese escaso pecunio le permitiría alimentar una jornada más a sus órganos vitales].

PUES BIEN (no, todavía no ha acabado la anecdota; los impacientes sigan buscando más abajo): tras los pertinentes trámites procesales que no explicaré aquí – uno, porque son embrollados para los no profesionales; dos, porque no los recuerdo muy bien y acabaría mezclándolos con las instrucciones del prelavado de una Zanussi -, tuvo lugar lo que se llama el juicio. Un “juicio” es una celebración en que personas más o menos adultas se reúnen vestidas de “emperador Palpatine de todo a 100” – una toga negra a modo de gabardina para ogros realmente molesta, cuyas mangas dificultan sobremanera algo tan sencillo como coger un bolígrafo u operar a corazón abierto a un mapache – para hablar en torno a un asunto litigioso. El esquema vendría a ser el siguiente: el Juez (al que los asistentes se dirigen como “Su Señoría”, tenga o no testículos) preside el acto, dándole la palabra por turnos al Ministerio Fiscal (M.F.)  – que es una persona, aunque tenga nombre de edificio administrativo -, al abogado de la acusación y finalmente al abogado defensor. A menos que exista una cosa que se llama “conformidad”, y que no explicaré para mantener el misterio (si es que alguien está intrigado con el tema, cosa que dudo), el juicio, o “sesión”, propiamente dicho comenzaría respondiendo acusado y acusador a las diferentes preguntas que M.F., acusación y defensa consideraran convenientes realizar – una de las pocas cosas que aprendí en la Facultad de Derecho es que nunca hay que preguntarle a un acusado durante la sesión que le pareció la película “Howard el Pato“, a menos que tenga que ver con lo que se está discutiendo, hecho que ocurre muy pocas veces; ahora sí, con “Peggy Sue se casó“, ya la cosa cambia…).    

PUES BIEN (no, aún no, siga descendiendo), mi estimado compañero se encontraba escuchando las advertencias legales de Su Señoría, momento que aprovechó para dormirse con los ojos abiertos

[Segunda puntualización: salvo contadas excepciones, los juicios son muy, muy, muy aburridos. Este humilde servidor de Vds. entiende que, para alguien que no esté acostumbrado, recibir una citación del Juzgado para acudir como demandado/acusado, demandante/ acusador o incluso como testigo supone una de las experiencias más importantes de sus rutinarias vidas (a algunas personas, su rutina diaria pasa por estar todo el santo día sentado en el banquillo de los acusados, con lo cual tampoco cuentan); yo he visto incluso con mis propios ojos como una cliente mía se presentó a un juicio vestido con un traje de leopardo que hubiera hecho las delicias de Jean Paul Gautier en la sesión inaugural de Cannes; pero acudir de tal guisa a un Juzgado de Primera Instancia era como para enviarla directamente a una prisión de mujeres de los años 70; lo peor es que en el juicio de “la Eartha Kitt de saldo” de mi cliente tan solo se dilucidaba un impago de cuotas de comunidad por importe de trescientos y pico euros… El juicio del año, vamos! La cuestión es que, imbuídos día sí, día no, en la rutina jurídico-procesal llega un punto en que los profesionales son capaces de seguir todo un juicio en estado catatónico (comprenderán que no dé nombres, pero en cierta ocasión tuve como contrario a un abogado cuyo nivel de vodka en sangre habría reventado hasta un alcoholímetro de titanio; el hombre realizó toda su labor perfectamente, demasiado para mis intereses,… para fallecer en el sentido literal de la palabra una vez salió de la sala)].

ojos abiertos, decíamos ayer, a la espera de que el muy hijo de puta de su cliente escapara como pudiera a la batería de preguntas a la que, primero el M.F. y luego la acusación, le someterían con contención, implacabilidad y en tono interrogante (para aquéllos de los estimados lectores que no estén muy duchos en términos jurídicos, ése es el tono utilizado normalmente en el turno de preguntas). Ahora pónganse en situación: Vds. ya no son aquel muchacho bobalicón y con más granos en la cara que en un kilo de arroz valenciano al que sus compañeros de tercero de B.U.P. introdujeron seguramente por error y sin malicia en un bidón lleno de alacranes; ha crecido, ha ido a la Facultad de Derecho – es más, seguro que en alguna ocasión incluso entró en clase -; ha aprobado los cursos correspondientes, ha obtenido el título de Licenciado en Derecho, ha catado hembra sin pagar por ello, ha hecho que sus padres hayan hipotecado hasta la casa del pueblo (con abuela barbilampiña incluída) para poder darse de alta en el Colegio de Picapleitos correspondiente, ha ejercido unos cuantos años y ha visto cosas que el resto de su círculo no creería (arder naves en llamas en el cielo de Orión, por ejemplo)… Y ahí está Vd., una mañana lluviosa de invierno, tras haber preparado una defensa digna, pero inútil; habiendo acordado con el acusado la negación de todos y cada uno de los hechos que se le imputan (pese a que el volumen de las pruebas en contra aplastaría al mismo Bud Spencer); esperando, medio dormido, medio despierto, que el muy hijo de puta de su cliente pase el trámite formal del juicio, con la tranquilidad de saber que, por mucho esfuerzo que Vd. ponga, por mucha profesionalidad que exhiba – pues eso es lo que se le exige a cualquier abogado, le guste o no defender a su representado -, a ese animal se le va a encalomar por un delito de violación.  

¿De acuerdo?

Bueno, pues ahora imagínese que escucha lo siguiente:

Ministerio Fiscal: Bien, Sr. Muy Hijo de Puta [en realidad, pronunció el verdadero apellido del cabestro], entonces, ¿sigue Vd. manteniendo que no violó a la Srta. X……?

Muy Hijo de Puta: No, siñor.

M.F.: Pero a la vista de la declaración de la propia denunciante y teniendo en cuenta que Vd. mismo se vanaglorió de los hechos en el bar que frecuenta [sí, estimados lectores de este su blog: entre la raza humana tienen Vd. especímenes así], ¿cómo es posible…?

MHdP: Pues es que no la violé, porque me puse un condón.

(Vd., que tenía la vista fija en un dibujo del pato Donald que había garabateado en los márgenes del expediente, despierta de golpe, levanta la vista y se le cae la boca a la altura del nudo de la corbata, todo al mismo tiempo)

M.F.: ¿Dis… cul… pe?

MHdP: Está claro, siñoría; me puse un perservativo, así que no hay violación.

M.F.: Pero, la Srta. X…., ella no… ella no deseaba tener relaciones sexuales con Vd…. ¿verdad?

MHdP: Ah, no, ella no; si la tuve que tirar al suelo para que se dejara… Pero eso sí: me puse un condón antes de follármela; bueno, disculpando; montarla, vamos [verídico].

Y cuando Vd. piensa que podría haber dedicado las siete horas que perdió con su representado, preparando el asunto, a cosas más importantes (como depilarse los sobacos con un clik de Playmobil, por ejemplo), cuando piensa que ni un ejército de ángeles celestiales montados en briosos corceles y armados con AKA-47 podrían salvarle; cuando, en definitiva, cree haberlo escuchado todo, cae, como un saco lleno de mierda de bebé en medio de la sala, LA FRASE:

MHdP: SI HAY CONDÓN, NO HAY VIOLACIÓN.

Fin de la anécdota.

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Aclararles que el sistema (que de vez en cuando funciona) puso el engranaje en marcha y le pagó al muy hijo de puta un retiro espiritual en el centro penitenciario de X…. Mi ex-compañero, como buen profesional que es, intentó alegar el (podrido) estado mental de su cliente; pero las propias declaraciones del acusado durante el juicio dejaron a las claras que su cerebro – en caso de estar en su sitio – funcionaba perfectamente: su aplastante respuesta se debía a un simple y brutal desconocimiento de la realidad más elemental. “¿Y cuál es el motivo último de que este narrador formidable, este Azaña de lo anecdótico, nos repugne, asombre e ilumine con semejante historia?” se preguntarán Vds., mis estimados lectores de este su blog, mientras de manera mántrica la frase “si hay condón, no hay violación” se graba a fuego en sus sobrecogidas mentes.

PUES BIEN (ahora sí): se lo cuento en el siguiente post.

Hasta entonces, afectadísimos saludos.

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