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Estimados lectores de este su blog: héteme aquí de nuevo a fin de comentarles con la calidad que caracteriza a otros blogs (y que intento desesperadamente copiar, con un rendimiento altamente pobre) las cuitas de mis últimos desplazamientos físicos. Tal y como expuse en el penúltimo capítulo de esta bitácora, compromisos laborales de mi Santa Esposa nos obligaron a dirigirnos a la capitalínea ciudad donde, mientras Ella dormitaba como podía en algo denominado “curso de especialización”, yo me dedicaba a recorrer sus calles y rincones más pintorescos, mezclándome con la gente – dada mi condición de ser de otra dimensión, no me cuesta hacerlo, aunque a veces con resultados inesperados (en una ocasión, tras mezclarme con una vendedora de lotería de la Puerta del Sol, me enganché en su píloro a la hora de salir del cuerpo y tuve que estar más de cuarenta y cinco minutos convenciendo a una obesa turista norteamericana que en España es normal que las ancianas tengan tres piernas y dos cabezas, y que el Sorteo del Gordo no le permitiría encontrar pareja).

Por cierto, paso a aclarar una extraña polémica surgida precisamente con motivo de dicho post: en el mismo afirmo que estuvimos unos días en el domicilio del estimado Doctor Frusna a quien tengo “en cierta estima y no menor consideración por haber compartido, en años diferentes, el mismo útero materno”. Desconozco el porqué, pero a varias personas seguidoras de este su blog les ha dado por pensar, a raíz de dichas palabras, que el docto Doctor y éste quien les postea son la misma persona pero con peinados distintos. También he de decir que quienes han hecho tales comentarios iban vestidos de lagarterana con un cubo de la basura en la cabeza y no dejaban de repetir “la caca me domina, la caca me insufla” . Pues bien, a fin de salir de dudas, les aclararé lo siguiente: sí y no. “Sí” en lo relativo a que a esa gente les falta un hervor (eufemísitica expresión para definir el que estén como una puta cabra); y “no” en que no somos la misma persona – por lo menos, en lo que a gustos gastronómicos se refiere -. Para los acérrimos seguidores de este su blog no hace falta recordarles que soy oriundo de la dimensión Gamma-3, que formo parte de un comando de conquista de este su planeta y que Sparky, mi fiel orangután (que no gorila, estimado Señor Insustancial) mascota, es licenciado en Ciencias de la Información. “¿Cómo, por tanto, este baluarte del conocimiento, este brillante diseccionador de la condición humana, puede haber sido expulsado de un cuerpo humano – concretamente, del de una señora que hace una carne asada que quita el sentido – tras nueve meses de gestación?”, exclamarán Vds. si están leyendo este post en voz alta. La respuesta es bien sencilla. Tanto que me parece un insulto a su más que probada inteligencia el exponerla aquí. Así que, con la promesa de dedicar el próximo post de este su blog a narrar mi llegada a su planeta con detenimiento y datos que podrían llevar a Telecinco a pagarme 8.000.000.000,00 de euros por ir a “La Noria” (título ajustadísimo para el programa, por cierto: es ver un par de minutos y acabar con vértigos, sudores fríos y vomitando), cambio de tercio ya que se me ha acabado la cerveza.

Volviendo, por tanto, a la narración primigenia sobre mi estancia a la urbe gatuna, me gustaría comentarles una reflexión que tal viaje me ha provocado (podría comentarles también un trastorno estomacal que el viaje también me ha provocado; pero no me parece correcto ahora que están comiendo):

screen-shanghai_metro_map-futureMadrid no ha crecido en absoluto desde mi anterior desplazamiento; es más, se podría decir que ha empequeñecido (o que yo me he hecho más grande, una de dos). Me ha resultado mucho más cómodo ir de un sitio a otro, sin que el que me moviera por un radio de doscientos metros resulte un contra-argumento a mi afirmación. Además, he utilizado un medio de transporte bastante curioso conocido como “Metro” (también se le llama “Metro de Madrid”; o “Metro de Madrid informa”). Dicho transporte consiste – para aquéllos de los estimados lectores de este su blog que pertenezcan a una tribu perdida de la Amazonia, que también los hay – en un tubo (de ahí que en Inglaterra se le conozca como “tube”; por tanto, si un nativo de los Cherokee me impele a coger el metro, me diría “you-tube”… Sí, lo siento, no volverá a ocurrir) que circula a gran velocidad o no, dependiendo de la prisa que tenga uno, por unos túneles construídos bajo tierra (de ahí que también se le llame “subway“) a los que se accede por unas oberturas situadas en el exterior llamadas “bocas”. Esto es: uno entra por la boca, baja y baja inmumerables escaleras hasta llegar a un tubo, donde – compitiendo por batir el record Guinnes de mayor número de seres en el menor espacio posible – se desplaza por las interioridades, siendo finalmente expulsado en “Cuzco”. Creo que no existe mejor metáfora para describir el proceso alimenticio, final incluído.

En uno de esos desplazamientos intentaba matar el aburrimiento con la lectura (probé una vez con un arma semiautómatica y casi pierdo una oreja); concretamente la del ensayo “Homo Sampler: Tiempo y consumo en la era After Pop“, del estimado Eloy Fernández Porta. Decir que la adquisición por medios lícitos de dicho ejemplar se debe a la más que entusiasta crítica que realizó el estimado Raul Sensato – y cuyo comunitario trabajo “Reflexiones de Repronto” desconozco porqué no se encuentra en mi lista de Blogroll; ¿acaso los buenos blogs no se añaden solos? Pues vaya… – y que pueden leer aquí (quiero decir en el enlace, no en este su blog).

Permítanme aclarar una cosa: mi capacidad de comprensión literaria se encuentra al nivel de un tomate con parálisis cerebral – recuerdo que me llevó varios meses acabar de entender el libro “Teo va a la escuela” (¿por qué diablos algunos niños, terminada la comida, dormían la siesta mientras otros jugaban? Me faltaban datos por todas partes!!) -; así que imagínense el esfuerzo mental que estoy realizando para avanzar entre conceptos como “Trash DeLuxe”, “Real Time” o “deconstruccionismo positivo frente a heterodoxia wittgensteniana como summum de la abstracta victoria del ser sobre el cojín de felpa”… Bueno, me han pillado, esta última frase me la he inventado; pero es que me cuesta aceptar que, o soy demasiado idiota (cosa nada extraña, según mis superiores) o no estoy tan al día en lo que a corrientes culturales se refiere (cosa obvia, según Sparky). Lo único cierto es que, más allá de la brillantez y buen hacer del Sr. Fernández Porta – su segundo capítulo es, simplemente, arrollador -, yo no sería capaz de aglutinar bajo un único concepto la estampa que sufrí (no se me ocurre otro verbo) mientras me sentía como una albóndiga camino de los jugos gástricos: en un momento dado, entró en el vagón el típico cantante callejero armado con una flauta quechua, un poncho que haría las delicias de un daltónico y un micrófono a lo Madonna que potenciaría a través de un pequeño amplificador sus gorgoritos melódicos peruanos.

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No; no es Javier Clemente

A la espera de que mis tímpanos fueran golpeados con alguna versión de “El condor pasa“, cual sería mi sorpresa cuando la canción ejecutada (nunca mejor dicho) fue… “Un velero llamado libertad“, de Jose Luis Perales!! Analicen esta información: un vagón de metro, un cantante nomandígena y Perales; desconozco si todo ello puede formar parte de lo que el Sr. Fdez. Porta denomina “UrPop” (para comprender el término, léanse el libro en vez de tirarse toda la santa tarde jugando al “tute cabrón“); pero lo cierto es que hay algo terrorífico en todo ello, algo oculto que escapa al raciocinio, a la serenidad reflexiva… y al buen gusto.

Por suerte para mí y para el resto de pasajeros, el muchacho, de manera educada, se despidió de todos nosotros, dejándonos la sensación de que habíamos vivido algo mágico, que sólo pasa en los sueños; sobre todo, si se ha cenado mucho.

Recuérdenme que un día de estos les comenté lo de la oveja dragón de komodo; eso sí que tuvo gracia.

Despidiéndome de todos Vds., estimados lectores de este su blog, con la conciencia tranquila y la ropa interior limpia – que no se sabe si a uno lo pueden atropellar en cualquier momento – les dejo de manera totalmente gratuíta con una segunda mini-reflexión:

¿No les parece inquietántemente aterrador cruzarse con un hombre joven, bien vestido y acicalado de mañana de domingo, empujando una moderna y pulcra sillita de niño…

vacía?

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