“Y Grom el Único, sin reseñable adjetivación en aquellos momentos, se adentró en el Salón de la Rima Inútil, armado simplemente con su imponente espada “La Ponderosa”; fuera, arremolinados en torno a una columna – sabe dios porqué, a la vista de lo grande que era el salón -, los miembros del Consejo de Sabios de la Tierra Inífuga esperaban expectantes, como es lógico, a que el valeroso héroe finalizara con éxito su misión, pues las esperanzas de todos ellos reposaban sobre sus hombros como un mantón de Manila, dónde va con vestido chiné. Mas las enigmáticas fuerzas de lo Indescifrable intentaron impedir que el valeroso guerrero pudiera caminar, pues le faltaban las patitas de atrás; esto no preocupó en exceso a Grom el Único pues siempre había carecido de patitas – lo suyo era carne hecha mármol – y menos en su parte posterior . Así que siguió adelante, María, un, dos, tres,  hasta alcanzar su objetivo. Alzando con  ambas manos “la Ponderosa”, descargó la misma con tanta fuerza sobre la cabeza de la bestia que allí dormitaba, que los restos del cerebro de la criatura se expandieron a lo largo de todo el Salón de la Rima Inútil. Y así fue cómo Grom el Único libró a los habitantes de Dorringahm del monstruo conocido como “Georgie Dann”. Y pidieron una pizza.”  

Lo maravilloso de volver a la rutina, estimados lectores de este su blog, es que, gracias a ella, uno puede aburrirse como hacía antes; no es necesario buscar nuevas ofertas con las que sentir el sobrecogedor peso de la vida pasando lentamente sobre uno (al principio pensé que era una boa constrictor, pero no: es la vida). Les resumiré exactamente qué es lo que hago en una jornada normal de mi actual existencia:

– Me suelo levantar a las 08:30 (hora de Los Ángeles); Sparky, mi orangután mascota, me lleva a la cama un frugal desayuno con el que reactivar mi amodorrado cuerpo: ocho litros de zumo de plátano, una lechuga cocida con mermelada, veintiocho salchichas “Campofrío Jamongus” crudas y medio Tigretón (hay que mantener la línea). Finalizado el tentempié, y mientras mi sirviente hace la cama – me tengo que quitar esa puñetera manía que tengo de romperla todas las noches -, me aseo. Tras tres horas de abluciones con amoniáco, me dirijo al salón.

– Una vez llegado al salón, me voy a la cocina.

– En la cocina, compruebo que el agujero negro que – inocentemente – creé al enchufar erroneamente un horno microondas (si las instrucciones no vinieran en alemán, no hubiera pasado nada) conserva las balizas de seguridad: no saben Vds., estimados lectores, la cantidad de porquería que se me intenta colar en casa procedente de otras dimensiones; el otro día, tuve que echar a golpes de cafetera un ser abominable de ochocientos ojos sanguinolentos y siete brazos tentaculares que resultó ser un comercial de ONO;

– Hecha la verificación, vuelvo al salón, pasando por el trastero – he de hablar seriamente con el arquitecto de esta casa -;

– Una vez en el salón, y dos también, conecto mi portatil Pentium 547 (una verdadera antigüalla en mi lugar de procedencia, la dimensión Gamma-3, pero que aquí en su planeta tiene la consideración de un punto por debajo de un dios). Se me cuelga. Llamo al servicio técnico de Movistar; me atiende una señorita con acento extraño que identifico como finlandés; le transmito el problema de inoperancia de la línea ADSL; me recomienda que apague y encienda el modem; gracias a mis poderes telequinéticos, la ahogo a través del teléfono. Mientras escucho sus últimos estertores, le digo que la conexión ha vuelto misteriosamente. Marco un 3 (“satisfecho con el servicio”) en la encuesta automática.

(Nota: quizás no debiera comentarlo, pero gracias a mi equipo informático puedo saber perfectamente en todo momento qué están haciendo Vds. Se lo digo por si algún día notan una presencia extraña en su habitación, no se preocupen: soy yo comiendo palomitas).

– Verificados que nuestros planes de conquista siguen como siempre – es decir, parados -, me dedico a navegar por la blogosfera. Suelo detenerme en dos tipos de bitácoras: las de guionistas (pues, por su profesión, los textos suelen estar muy bien elaborados y, cosa importante, en castellano) y las de los gurús de la cultura alternativa (tras varios meses de investigación descubrí que el foro del diario digital “Marca” no hace justicia a la realidad humana; es más: los miembros de mi raza llegamos a pensar, a la vista de los comentarios que se hacían en dicha página, que el planeta Tierra estaba habitado por cebollas con capacidad de escribir). Me demoro en la lectura de estos blogs alrededor de una o dos cervezas; en verano, obviamente, sólo me daba tiempo a recorrer una página.

– Tras tomar nota de todo lo que nos pueda servir para aniquilar más facilmente a la raza humana (y también a la estadounidense), me pongo en contacto con mis superiores para informar de los últimos avances de la colonización. Suelen ser conversaciones intensas y lacónicas, del tipo “¿y qué tiempo teneis por ahí?” o “¿has llamado a la tía por su cumpleaños?”. Seamos sinceros: las invasiones interdimensionales no son tan interesantes como Vds. los terrícolas se piensan; hay muchísimo papeleo burocrático (una vez llegaron a tardar ocho meses en enviarme un centrifugador de neoprotones H que había solicitado para psico-hipnotizar toda la región del Campo de Gibraltar; y, para cuando lo recibí, resulta que en el paquete sólo venía la cuarta temporada en DVD de “Los Serrano”; al quejarme, me contestaron que esa serie iba a lograr el mismo efecto aniquilador). Mis superiores vuelven a embroncarme por la pésima posición que ostento en el concurso “20Blogs“, que así como flusgrams vamos a conquistar su planeta, que si patatín, que si patatán,… Cuando empieza la enésima bronca, comienzo a hablar entrecortadamente (técnica aprendida gracias a mis predecesores en la misión, los conocidos como “Martes y 13”), aduciendo nuevos problemas en la línea. Por regla general, mis superiores deciden eliminar nuevamente a algún operador de Telefónica – lo que ha motivado que el servicio técnico se haya enviado a Sudamérica, fuera de nuestro radio de acción asesino (no creo que sea por ahorrar costes).

– Espero, tumbado en el sofá, a que mi Santa Esposa llegue del trabajo, mientras Sparky se dedica a las tareas del hogar. He de reconocer que para tener una movilidad limitada, nuestro orangután se mueve como un lince por la casa (es decir, a cuatro patas), por lo que, al verle pasar la aspiradora, uno sienta una extraña mezcla de hilaridad y lástima. Generalmente, la hilaridad gana a la lástima y no hago absolutamente nada por ayudarle; si bien, en otras ocasiones – las menos – es la lástima la que se impone, sobre todo cuando se enrolla con el cable de alimentación del aparato y me golpea con el tubo de la aspiradora entre ceja y ceja y ceja. Veo “El programa de AR”, para comprobar que nuestra otra enviada, Belén Esteban, hace bien su trabajo.

– Finalizada su jornada laboral, mi Santa Esposa y yo comemos el almuerzo preparado por Sparky (nota mental: recomendar a nuestro simiesco cocinero que hay más cosas en la vida que la tortilla de espárragos). Tras la opípara comida, me echo un rato en la cama recién hecha a descansar. El fuerte olor a cola me suele tumbar instantáneamente.

– Descansado convenientemente, mi Santa Esposa y yo salimos a dar un paseo, mientras Sparky se queda en casa viendo episodios antiguos de la telenovela “Cristal” en el Youtube. A veces, también le da por ponerse a hacer ganchillo (es una escena digna de ver: con unos anteojos en la punta de su minúscula nariz, recuerda a Ángela Lansbury tras una noche de juerga toledana). Los paseos me sirven principalmente para hacerme una idea de cuáles son las costumbres, gustos y aficiones de Vds.; también he de reconocer que por los efectos alucinógenos que me provocan la inhalación del barniz y la cola industrial nunca llego a tener perfectamente claro cuáles son sus costumbres, gustos y aficiones (lo último que tengo apuntado en mi cuaderno de a bordo es que hay una agria polémica internacional porque no se ha invitado al excelso Presidente J.L. Rodríguez Zapatero a la casa nueva de “Gran Hermano 10“; y hasta juraría haber visto a una enana en dicho programa).

– Unas dos horas más tarde, volvemos al hogar, donde Sparky nos ha preparado una frugal cena compuesta de una tortilla de espárragos (debo tener el colesterol tan alto que no es capaz de saltárselo ni Yelena Isinbayeva), una infusión de etiquetas de Nocilla y un peluche de Garfield. Tras la ingesta – nada digesta -, mi Santa Esposa y yo nos acomodamos en el sofá a ver series de televisión de calidad, y alguna que otra española; mientras, permitimos que Sparky se vaya a dar una vuelta por ahí, dedicándose por lo visto a entrar por el tejado en las casas ajenas para asesinar gente.

– Dado que mi Deliciosa Mujer se levanta antes que yo (cosa tampoco muy difícil), permanezco levantado un par de horas después de que ella se haya acostado. “¿Y a qué dedica estos momentos de soledad reflexiva este enigmático personaje de vasta sapiencia y estómago de acero?”, se preguntarán Vds., estimados lectores de este su blog, ya ligeramente hastiados de tanta vivencia personal. Pues sencillo: mientras todas las luces de la vivienda permanecen apagadas; mientras las calles colindantes permanecen en un tranquilo silencio (roto sólo por los molestos chillidos de las víctimas de Sparky y por los ruidos procedentes de nuestra nevera que recuerda a un reactor de turbina); mientras el mundo duerme placidamente, en suma, permanezco sentado en el sofá del salón, preguntándome cómo demonios voy a poder acabar con todos Vds. antes de que mis superiores acaben conmigo.

Y ahora dirán que la vida de un invasor alienígena es divertida.

Afectadísimos saludos. 

Por cierto, una preguntita: ¿creen Vds. que, diecisiete años más tarde, el Ente Púbico se atrevería a emitir un sketch como éste? ¿Eh?

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