“En el silencio de tu mirada, descubro que o me he quedado sordo perdido o llevas varios días muerta; no lo sé, chica…” (L.W. Beethoven)

Mis estimados y nunca suficientemente bien ponderados lectores: tras días de suplicio, agonía y sufrimientos varios, puedo gritar con orgullo que he vencido a la Parca. Para quien no lo sepa, la Parca – cuyo verdadero nombre es Francirca Montes Heredia – es una vecina que tenemos en la bella villa algecireña en la que estamos retenidos por error burocrático, que tiene la puñetera manía de dejar depositada su basura en el rellano de la escalera con la estúpida convicción de que los gnomos del edificio vendrán a recogerla en sus caracoles mágicos. Quizás mis exigencias con la higiene sean excesivas pero dado que:

a) la simpática mujer llevaba ocho meses realizando la operación de depósito y para alcanzar nuestra casa teníamos que escalar la montaña de desperdicios como si fueramos el equipo de “Al filo de lo imposible”;

b) en nuestro edificio no existen gnomos basureros ni caracoles mágicos (sólo tenemos un minotauro, fan acérrimo de Melodie, que está todo el santo día en la portería escuchando la COPE porque dice que le relaja),

he tomado cartas en el asunto y, en un acto de gran arrojo y valentía, me he colado subrepticiamente en la vivienda de Doña Francirca, verdadero vertedero y foco de infecciones – de ahí la valentía -, y la he lanzado por la terraza de la cocina – de ahí el arrojo -. Por desgracia, las fuerzas vivas de la ciudad, y algún que otro zombie del Ayuntamiento (ya saben, estos funcionarios que, a la vista de lo que trabajan, uno supone que está muerto), no han visto con buenos ojos que utilizara a una nonagenaria con síndrome de Diógenes como si fuera un freesbe humano. Ya que en su día, y como Vds. sabrán si son fieles lectores de este su blog, ejercí las labores de picapleitos, decidí defenderme ante la turba que pretendía colgarme en la plaza mayor sin juicio previo. En un momento, la alterada muchedumbre calló ante mis aplastantes argumentaciones – consistentes en dejar caer sobre la gente allí reunida dos asteroides de ocho toneladas cada uno -.

No obstante, mi fiel orangután mascota Sparky me recomendó que quizás sería conveniente desaparecer durante un tiempo – por lo que se ve, en esta su dimensión los genocidios no están muy bien vistos (salvo que la Iglesia Católica tenga algo que ver, claro) – y así dejar que se fueran enfriando los enconados sentimientos contra mi persona y, más concretamente, contra mi insistente manía de seguir respirando.

De ese modo, mi Santa Esposa y este su fiel escriba recogimos nuestros escasos enseres, dejando a Sparky a cargo de defender el fuerte (es el único de los tres que sabe cómo activar el artefacto nuclear escondido en una estatua de Paco de Lucía), y emprendimos nuestro camino a tierras galaicas. Desearía en este punto hacerles partícipes de mis impresiones sobre el medio de locomoción utilizado para nuestra hégira: el tren español.

He de reconocerles que hasta hace tres días un servidor de Vds. no había utilizado tal transporte: en la dimensión Gamma – 3, los compañeros que me precedieron en intentar conquistar su planeta narraban leyendas terroríficas sobre esa máquina infernal; incluso la Tte. de fragata Lurpidia la Extensa nos detalló, con pelos y señales (hecho que por otro lado me pareció de muy mal gusto: ver el cuerpo desnudo de la teniente es una experiencia tan repulsiva como ver a Jaime Peñafiel disfrazado de Jessica Rabbit), que en uno de los viajes que realizó en el tren español uno de sus pechos explotó por culpa de un cambio de presión. También es cierto que el cambio de presión se debió a que uno de sus accesorios mamarios le quedó entre dos vagones mientras se hacía un cambio de vía… pero la sensación que nos quedó a todos nosotros en la cabeza era que el tren español era un monstruo mecánico terrorífico, ávido por devorar la energía vital de sus pasajeros. Sin embargo, y una vez utilizado, puedo confirmarles que es peor.

Para empezar, el tren español se caracteriza por desarrollar un juego diabólico entre los incautos que dediden embarcar: pese a existir dos tipos de plazas (“turista” y “preferente“), las únicas diferencias entre unas y otras residen en que se encuentran en dos vagones distintos. La estrechez de sus asientos, la incomodidad de los mismos (he conocido ladrillos mucho más mullidos), su suave tacto que recuerda vagamente al papel de lija… predisponen al viajero a una aventura extrema. Por suerte, los viajes no son excesivamente largos (desde la bella villa algecireña hasta la capitalínea madrileña sólo cinco horas y veinte minutos), por lo que el Inquisidor que los diseñó debe revolverse en su tumba: ¿qué son diecinueve mil doscientos segundos recostado en un trono digno de un dios… y sin poder fumar?

Ése es otro de los temas que no comprendo de su civilización: son capaces de permitir – e incluso alentar – que sus hijos se alimenten, disfruten y nutran sus arterias de grasa en lugares como “McKing“, “Burger Donalds” o “Foster Gump Bollywood”, y arrancarían de cuajo la cabeza (seguramente también para comérsela) de aquéllos que simplemente piden que se habilite un vagón para poder saciar sus ansias de fumador patológico. Hombre, entendería la negativa si se pidiera un vagón para practicar orgías caníbales con menores de edad leucémicos; pero hoy en día con los avances que ha traído la técnica – fíjense en Sara Montiel: si hasta parece que está viva – no creo que resultara muy complicado habilitar uno de los coches (del tren) con algún sencillo método de extracción de humos. Son Vds. extraños, lo reconozco.

Bien; ¿cómo debe, por tanto, un aspirador nicotínico como yo – los de mi raza recibimos la mayor parte de información ambiental a través de los Bisonte sin filtro – aguantar las brevísimas horas de desplazamiento geográfico? RENFE, que es la criminal organización encargada de gestionar los viajes, facilita a los usuarios unos extraños aparatos con forma de auricular a los que denomina “auricularessss” (así es como los anuncia el humano conocido como “sobrecargo”, y que suele mostrar una simpatía inversamente proporcional al número de pasajeros… y ser prematuramente calvo). Dichos aparatos forman parte de una lotería consistente en conectarlos en unos agujeros ubicados en uno de los reposabrazos del asiento: y digo lotería porque las probabilidades de que uno escuche el audio de la película que se reproduce en unos monitores colocados en el techo del vagón (monitores que desconocen los conceptos “color”, “brillo”, “definición” y “rayitas que pasan de un lado a otro constantemente”) son tan pocas como de que Loreto Valverde sea capaz de volar – sin utilizar dinamita, claro -.

Por suerte, todas esas incomodidades (pésima imagen, sonido sólo audible por un delfín) son suplidas por la excelente oferta flímica: por ejemplo, mi Santa Esposa ha sido capaz de visionar, en los últimos tres viajes realizados en el tren español entre la bella villa alg… bueno, ya saben, la película “Tara Road, una casa en Irlanda”, con Andie MacDowell y Olivia Williams, en tres ocasiones, una en cada viaje. Tal reiteración artística no ha sido, de todos modos, negativa: en el primer viaje, la exhibición de la película se inició cuando faltaban ochenta minutos para llegar al destino; teniendo en cuenta que el flim dura noventa y siete…

De la película, por cierto, decir que es una mierda.

Son Vds. extraños: soportan precios abusivos en un lugar al que llaman “cafetería”, pero en el que no hay ni palillos ni máquinas tragaperras (conozco gente que ha llegado a vender su bazo para poder comprar un bocadillo de jamón, y luego tener que comerse hasta el envoltorio para no quedarse con hambre); sobrellevan con estoica paciencia retrasos interminables, y cuando le preguntan al señor del bigote (también conocido como “revisor”) cuánto falta para que se subsane la más que posible avería, siempre les responde con un enigmático “Ya han mandao la máquina desde Palencia”…

Me ofrezco, mis estimados lectores, a poner mis conocimientos, mis tácticas de guerrilla y el artefacto nuclear escondido en la cabeza de Paco de Lucía (no la de la estatua, en la del guitarrista de verdad) para acabar de una vez por todas con los maléficos planes de RENFE. No al maltrato del pasajero! No al desprecio al cliente! Y no más “Tara Road”, por Dios!!

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