“El pen drive es el medio que tienen los ordenadores homosexuales para fornicar” (“Gregoriadas”, Román Gámez de la Sarna, Ed. Sobaítos, 1.945).

Cuando algunas personas me paran en la calle (la mayoría de las veces para pedirme la documentación), me suele preguntar cuál es el motivo para mostrar cierta pátina de engreimiento, orgullo mal entendido o simple y llanamente “chulería asquerosa” – con estas palabras, y un cuchillo jamonero, me asaltaron un grupo de jubilados del Inserso durante cierta visita a Benidorm (qué hacía yo en Benidorm y, lo que es más importante, cómo murió aquel oso panda sigue siendo secreto de sumario). Mi respuesta, sin perder un ápice de mi encantadora sonrisa, fue contundente: les tiré una granada.

Yo mismo, que conste, era el primer sorprendido por mi propia actitud no sólo ante mis congéneres, sino también hacia el resto de personas que me rodeaban. “¿Soy un prepotente de mierda?”, me inquería a mí mismo, “¿acaso me creo superior al resto – hecho obvio, por otro lado -?”. Las dudas se arremolinaban en mi cabeza como las palabras en la boca de Belén Esteban. Nunca me he considerado diferente de los demás (bueno, de Belén Esteban, sí, claro), pero cierta sensación de supremacía cerebral provocaba que fuera en un estado de semilevitación que, además de ser objeto de la envidia de los demás, me hacía ahorrarme una pasta en zapatos.

Pero claro (atención SPOILER: viene un comentario machista) el hombre tiene la necesidad de saber el origen de las cosas – a la mujer le llega con saber quien dejó embarazada a quien, y si le paga la pensión (fin del comentario machista), la causa última de los comportamientos, la madre del cordero… Hoy, gracias a un entrañable programa del Canal Sur (me refiero a la televisión autonómica andaluza, no al canal de Beagle), he descubierto la raíz de todo esto:

Con un café recién hecho en una mano, un zumo de naranja en la otra y el mando a distancia en la tercera, me encontraba sentado frente al televisor (quizás la expresión más correcta sería “espatarrado en el sofá”). Mis abundantes neuronas se encontraban en un estado calmoso y perezado – seguramente, el de Chihuahua -, dado que se puede afirmar sin bagajes que no soy persona hasta la cuatro de la tarde… del día siguiente. Puesto mi cerebro en piloto automático, la pantalla de mi LCD de doscientas doce pulgadas mostraba a un grupete de humanoides quienes, de manera superficial pero profunda a la vez, debatían sobre las alarmas antipánico colocadas en los hospitales (por lo visto, los pacientes de la Seguridad Social y sus familiares han adoptado la sana costumbre de golpear a los médicos al objeto de comprobar cuanto tiempo tardan éstos en curarse a sí mismos). Y, de repente, la revelación. La epifanía vislumbradora. La ostia en vinagre.

Aquí, una vinchuca; aquí, unos amigos

La presentadora (mujer menuda, o menuda mujer, léase como se quiera) se dirige directamente hacia la cámara y comenta lo siguiente – obviamente, y en base a mi aletargamiento cerebral, las palabras no son literales, pero la idea en sí sí:

Y ahora vamos a tratar la polémica respecto a las imágenes, emitidas por un medio de comunicación nacional, del accidente de Barajas donde fallecieron XX personas (no es que dijera veinte personas; bueno, Vds. me entienden…). Por lo visto dichas imágenes, así como la conversación mantenida entre la torre de control y el centro de operaciones han sido filtradas por “El País” (por el periódico); y nosotros nos preguntamos: ¿es conveniente emitir dichas imágenes? ¿Aportan algo de información a la sociedad el ver cómo el avión se desploma?

Acto seguido, da paso al mamporrero de todo este tipo de programas – siempre hay un chico joven, de voz engolada y camisa a rayas, cuya misión última parece ser repetir lo mismo que ha dicho la presentadora principal, pero con otras palabras y dándole un tono de voz similar a la que anuncia las paradas de metro -, quien, tras decir “Así es, (nombre de la presentadora)” – tengan en cuenta que esta muletilla es lo único que les enseñan en la carrera de Ciencias de la Información – hace una somera, acertada y reiterativa descripción de los hechos: la conveniencia de emitir unas imágenes que: a) han sido filtradas [es decir, siguen siendo objeto de investigación por parte de la Comisión correspondiente, la cual nunca ha tenido la intención de que salieran a la luz]; b) muestran los últimos instantes de vida de 154 personas [lo cual no creo que resulte muy agradable para sus parientes y amigos]; y c) sólo permiten ver un avión deslizándose sobre su panza y una posterior explosión [es decir, un accidente aéreo que no aporta absolutamente nada relevante]. Así que estos benditos de “Mira la vida” deciden ante la audacia informativa de “El País” abrir el debate, poniendo a un lado la obligación informativa, y a otro, el estado de ánimo, el dolor y la desgracia de los que sufrieron alguna perdida en el siniestro. ¿Y cómo ilustran dicho debate?…

Poniendo las putas imágenes.  

En ese momento, mi estupefacción se hizo tan grande que tuve que salir de la habitación por riesgo a asfixiarme (y eso que mi salón mide 2.564 metros cuadrados). No soy un trabajador del medio televisivo; ni siquiera conozco conceptos como “escaleta”, “edición” o “Grupo Lo Mónaco”; pero una cosa sí que tengo clara: si estoy cuestionándome en público el sentido de emitir determinadas imágenes, intentando dilucidar la conveniencia o no de mostrar cómo un avión de pasajeros aterriza a lo Michael Bay – dado que esos pasajeros tenían seres queridos, y éstos puede (repito, puede) que no les haga mucha gracia que los medios de comunicación traten a los primeros como carnaza, lo último que haría sería exhibirlas con la excusa de discutir sobre lo apropiado o no de su difusión.

Ahí es cuando definitivamente me reafirmé en lo ya expuesto: amigos, gritémoslo a los cuatro vientos, somos superiores. No vean Vds. ningún tipo de sentido nietzschiano o fascista a mi aseveración; simplemente, percátense de una vez que hay cosas a su alrededor, mal llamadas “personas”, que intentan tomarle por tonto o, lo que es peor, que perderían en el programa “Cifras y letras” si se enfrentaran a una anguila. Con la gracia y el salero que me caracteriza comentaba días atrás la podredumbre que rodea a nuestra sociedad… Pues bien, amigos: esto es peor de lo que pensaba.

Pensando seriamente en hacerme una lobotomía parcial para ponerme a la bajura del resto de nuestros (abundantes) vecinos, y no sentirme aislado – pese a que sé puedo contar con Vds., la aldea gala que resiste con firmeza frente a la estulticia e idiotez generalizada -, me despido dejándoles una de mis habituales defensas para soportar la borreguez supina que nos rodea:

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