“El Ministerio warrfalhdiano para el Desarrollo de la Cultura y el Macramé ha publicado recientemente el informe “Cine 2.008: audiencias, porcentajes y croquetas de marisco”. Y las críticas no se han hecho esperar: parte de la industria se queja de que el análisis institucional citado se haya hecho público en el mes de Marzo, lo que impide que se incluyan en dicho informe las películas a estrenar durante el resto del año. Otro importante grupo del sector audiovisual opina que el dossier debería contener más dibujitos de señoras desnudas con sonrisas extrañas; y la Asociación de Guionistas de Series Situadas en Lugares Públicos (A.G.S.S.L.P.) afirma que “ningún trabajo estadístico que se precie puede publicarse con estilo de letra “courier new”, a 4 de tamaño y en el idioma arameo”. Todas estas aseveraciones discordantes han llevado a que el Presidente del Gobierno warrfalhdiano, el Excmo. Sr. Don Ricky Martin, haya destituído en bloque al Ministerio competente, así como al incompetente… Resultado: el actual Gobierno warrflahdiano se compone exclusivamente del Presidente y de una señora de la limpieza con el misterioso nombre de Lady Bábara de Winter” (Extracto del artículo: “Esta película la va a ver tu señora madre”, por Leopoldo Mostruoso, publicado en “El vespertino de Fonseca”, en fecha 05/04/2.008, en la sección “El Urólogo te responde con cariño”).

ESTE POST ESTÁ BASADO EN HECHOS REALES

DEDICADO A TODOS AQUELLOS QUE HAN SUFRIDO UNA DECEPCIÓN SIMILAR

Hay situaciones en la vida de las que uno puede escapar: el trabajar en un puesto rutinario por un salario más bajo que el cociente intelctual de los participantes de “Hombres, mujeres y viceversa”; las hipotecas vampíricas; la resaca tras beberse catorce litros de cerveza por una estúpida apuesta con el Vicepresidente de la Conferencia Episcopal en un bar de carretera; amar ciegamente a Karmele Marchante…

Pero, de entre los momentos anescapatorios, quizás el que provoca más vergüenza es el de reconocer que tus mitos, antes dioses idolatrados mediante posters cuidadosamente consevados, artículos de prensa mimosamente recortados y películas sigilosamente robadas; tus referencias vitales, en una palabra (bueno, son dos), se han diluído con el paso del tiempo como una aspirina en un vaso de gaseosa “La Pitusa”. ¿Quién no ha mantenido esta conversación?:

– (un amigo): Ya he visto “Lo que la verdad esconde”.

– (uno mismo): ¿La nueva de Zemeckis? Es acojonante, ¿verdad? Joder, por un lado, homenaje al Maestro Hitchcock en su línea argumental; pero por otro una concepción visual adaptada a los ultimos tiem…

– (un amigo): Es una mierda.

– (uno mismo, con cierta risita nerviosa). Pero… pero bueno… macho, no tienes ni puta idea de cine… pff… je je… ¿Por qué no te vas a ver la nueva de Van Damme?… La puesta en escena de Zemeckis es… es arriesgadamente clásica; el plano cuando la Pfeiffer – que, por cierto está acertadísima en su papel – entra en su casa, y la cámara le acompañ…

– (un amigo): A ver, colega: es una mierda.

– (uno mismo, perdiendo ligeramente el control de la situación): Ejem… no… no puedes hablar en serio. “¿Una mierda?”, vamos, no jodas… si tiene un guión que… la escena de la bañera, ¿a que nunca…? por favor, “una mierda”, dice… ¿a qué nunca pensarías que Harrison Ford iba a…? Joder, Harrison Ford, tío! Harrison Ford, ¿es que no lo entiendes?.

– (un amigo, conocedor de su victoria): Es… Una… Mierda.

Y esas tres palabras caen sobre uno mismo, y provocan el mismo efecto que si Demis Roussos utilizara tus riñones para dormir: esas palabras te ahogan, te impiden pensar con claridad. Por favor, pero si Robert Zemeckis dirigió la mejor trilogía de viajes en el tiempo que se haya hecho nunca (tampoco es que haya muchas, pero para el caso…); fue el artífice de esa joya ochentera llamada “¿Quién engañó a Roger Rabbit?” – “no soy mala… es que me han dibujado así”, qué frase!! -; esa marcianada de “La muerte os sienta tan bien” – en pocas ocasiones, unos efectos especiales encajaban tan bien en la trama -… “Forrest Gump”, “Naufrago”… Y en el mismo instante en que tu amigo, con la cara tan llena de granos que parece de gotelé, con una mirada sarnosa en los labios (???)… en el mismo instante en que te preguntas porqué tu colega, al que le grabaste “Los cazafantasmas” en VHS porque el sólo tenía un video, al que le prestaste (y no te devolvió) el album de cromos de “El increible Hulk – La Masa”, al que rescataste de un helicóptero en llamas en plena guerra del Vietcong – o al menos así lo recuerdas tú – te castiga con tanta rabia… en ese mismo instante, debes agachar la cerviz y, mientras dos gruesas lágrimas como dos orangutanes recorren tus mejillas, musitar:

– (uno mismo): Sí que es una mierda, sí…

Y en ese mismo instante un hada del bosque muere… O la violan, o algo así.

Pues esta situación de derrota sentimental, de humillación gromiana, la llevo sufriendo, cual hemorroides cinematográficas, varios días en silencio con mis idolatrados Spielberg, Lucas y Ford, y su “Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal” de los cojones. La gente, conocedora de mi pasión desbocada, rayando la locura frenopática, por la trilogía del arqueólogo más intrépido del mundo, se acercaban con mucho cariño y, abrazándome, me preguntaban al oído: “¿La has visto?” Yo, sin poder decir palabra, asentía con la cabeza repetidas veces,

[Lo de asentir con la cabeza en repetidas y rápidas ocasiones mientras la gente te abraza en un momento delicado lo aprendí en curso de teatro y expresión corporal impartido por Cristina Rota y Luis Aguilé]

aguantando como podía las lágrimas y las ganas de orinar (una puñetera coincidencia); y la gente, casi en un susurro, me decían: “Y tú, ¿cómo estás?”. Pues cómo iba a estar! Decepcionado, hundido, sin ganas de nada; pero como he ido a colegios de pago, me zafaba suavemente del abrazo y respondía: “Bien… snif… bien”. Pero ellos notaban que tenía el ánimo como Lucía Lapiedra en compañía de Nacho Vidal: de rodillas y recibiendo por todos lados.

La gente intentaba cambiarme de tema, me decían: “Venga, que tenemos dos litronas y una bolsa de pipas… ¿por qué no creamos una puerta espacio-tiempo y viajamos al año 1.975, a ver si pillamos desprevenido a Franco y lo vestimos de lagarterana?”. Yo sabía que ellos lo hacían por mi bien, que esas cosas siempre me habían hecho gracia (recuerdo el día en que hicimos creer a Carrero Blanco que eramos ángeles y le convencimos de que iba a alcanzar el cielo sin problemas). Pero también sabían que el daño ya estaba hecho…

Diecinueve años. Diecinueve putos años esperando que el logo de la Paramount se desvaneciera y comenzara una de las experiencias cinematográficas más importantes de mi vida, ¿y me encuentro con… eso!? De acuerdo, los primeros minutos son sencillamente magistrales – ese autorreferencia de George Lucas y su “American Graffiti”, con los coches años 50 en medio de una desértica carrera en carretera, coletas, gomina… Luego, el espectáculo pirotécnico, los puñetazos marca de la casa con ese sónido tan característico (… he intentado, sin exito, reproducir la onomatopeya y lo único que he conseguido es poner perdido de saliva el monitor), la sonrisa de medio lado de Indy… mi Indy…

Pero entonces, la fractura en el cristal. ¿Una bomba atómica? Mis neuronas empiezan a ver que algo está fallando. Mi cerebro reconoce lo que ve en la pantalla – Indiana, perdido a su suerte a escasos segundos de que una explosión nuclear lo mande a criar malvas con Mark Hammill… ah, ¿qué no está muerto? -, pero mi mente barruntera no es capaz de seguir el razonamiento de la trama. Esto no era así, esto me lo han cambiado. Creo que fue el propio Spielberg (Vicente Aranda, no, desde luego) quien dijo que el principio de una película tenía que ser como un viaje en montaña rusa… y luego seguir hacia arriba. En el caso de Indy IV, el descarrilamiento es tan brutal que no se salva ni el acomodador – literalmente: cuando yo estaba viendo la película, el acomodador, un simpático viejales con tres dentaduras postizas, se atragantó con una de ellas y falleció desangrado cuando un espectador le hizo una traqueotomía casera con una de las butacas.  

Busquen Vds. en otras páginas críticas sobre la película: las hay extensas, concienzudas, amenas, objetivas, sentimentales, en color verde,… Discúlpenme si no me extiendo más ahora; mi intención no era tanto diseccionar el flim como mostrarles que yo tambien tengo mi corazoncito, que no soy ese ser frío y calculador e hipoglucémico que imaginan al leer este su blog; que cuando cineastas sin escrúpulos olvidan a su público más fiel, la tristeza empapa la pantalla; y una frágil y dulce hada de los sueños muere…

… O la sodomizan con un tronco, es que no me acuerdo. 

Me despido con una recopilación del famoso Grito Wilhelm, cuya presencia por cientos de películas es gracias a la ocurrencia del diseñador de sonido Ben Burtt, otro hombre de la casa “Lucasfilm”. Adios y hasta otro día (¿dónde estarán los putos kleenex?).

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