Antes de nada, una pequeña aclaración: el título del mensaje debe leerse con la melodía bucanera por excelencia de “Ron, ron, ron, la botella de róooon!”. Dicho lo cual, espero que las dudas suscitadas entre los numerosos lectores de este blog hayan sido despejadas a lo Iker Casillas: con firmeza, con resolución y con los puños. Y ahora…

“Cuenta la leyenda que una vez, un niño huérfano vagaba por los angostos callejones del barrio de Shuristham, lejos del bullicio embriagador de otras partes más humanizadas de la Magna Capital Real. El muchacho, acuciado por el hambre, observó con ojos zangolotinos cómo un rico tratante de telas – que se había adentrado en la marginal barriada para adquirir una camiseta de Camela taxfree – abandonaba sobre un sucio barril los restos de un delicioso pastel de manzana. El joven, tras comprobar que el glotón mercader continuaba su vida habiendo desamparado el manjar, como si de un viejecito en una gasolinera se tratara, se abalanzó sobre las exiguas viandas. Pero, en ese instante, dos guardias imperiales le cortaron el paso y, de paso, la respiración, al depositarle suavemente una rodilla sobre el cuello. “¿Qué pretendías, maleante?”, espetó uno de los soldados, “¿apoderarte de algo que no es tuyo?”. El joven titubeó, principalmente por la falta de aire, y con la mirada triunfante por la argumentación que acababa vislumbrar en su interior, respondió como pudo: “Dudo que pueda robar algo que no tiene dueño”. Los guardias, perplejos ante tal muestra de ingenio lógico, dudaron un instante y, arrepentidos, lo mataron allí mismo”. (“Cuentos de Barro y Cristal , y estudio pormenorizado de la LRJAPyPAC 30/92”, Paul Zurrietagazo, “Ed. Elefante bicéfalo”, 1.986).

Desde mi cueva secreta (situada en la sección de libros del Corte Inglés de Algeciras, un lugar desértico), oigo el crujir de huesos y el agónico lamento de aquéllos a quienes he destrozado con mi blindada argumentación de porqué la denominada “piratería internauta” no influye en el cierre masivo de las salas del mundo… o al menos, he demostrado con la inteligencia que me caracteriza que no existe una relación definida entre uno y otro hecho. Como decía Castulo de Iriaflavia, “lo que no se puede demostrar, o no existe o implica a la CIA”.

Pasemos al siguiente razonamiento que los detractores destructores del intercambio flimico se empeñan en desgañitar, pobrecitos de ellos:

Punto 2: “El intercambio de archivos a través de las redes P2P es robar”

Síntesis de la argumentación: Al poder acceder a los archivos de manera gratuíta y sin pago de derecho de autor alguno, las personas que descargan películas de emule, bitcomet, pando, etc… cometen el punitivo acto de la apropiación ajena (que roban, vamos, por si no habían leído el punto 2).

Refutación: Veamos lo que del termino “robar” dicen los señores de la RAE:

robar.

(Del lat. vulg. *raubare, y este del germ. *raubôn, saquear, arrebatar; cf. a. al. ant. roubôn, al. rauben, ingl. reave).

 (…) 4. tr. Dicho de un río o de una corriente: Llevarse parte de la tierra contigua o de aquella por donde pasan.

 5. tr. Redondear una punta.

 6. tr. Achaflanar una esquina.

 7. tr. Entre colmeneros, sacar del peón partido todas las abejas, ponerlas en otro desocupado, y quitar de aquel todos los panales, poniendo el peón en el potro, y dándole golpecitos hasta que pasen al vacío las abejas.

 8. tr. En ciertos juegos de cartas, tomar del monte naipes.

 9. tr. En el dominó, tomar fichas.

  

 (…) 11. prnl. ant. Huirse, escaparse”.

 

 Evidentemente, he quitado de la definición todas aquellas acepciones que no nos interesan a la hora de tratar este peliaguado tema, como “Tomar para sí lo ajeno, o hurtar de cualquier modo que sea”, aunque algún listillo habrá que afirme que precisamente ese es el significado que nos interesa. En fin, pese a tener preparada una extensa diserción (con dibujitos y todo) de porqué descargarse “Flight of the Conchords” no es lo mismo que “achaflanar una esquina”, recojo el guante, que se le debe haber caído a alguien del tendedero junto con un calzoncillo azul y un calcetín desparejado, y arremeto intelectualmente contra los disconformes.

Imaginemos que precisamente el propietario del calzoncillo azul – un jubilado de Correos con asma y cierta aversión a los bocadillos de amianto, por ejemplo – había adquirido dicha prenda en unos grandes almacenes de tamaño medio. Al haber depositado sobre el pulcro mostrador la ingente cantidad de tres eurazos como tres soles por la íntima e ínfima vestimenta, adquirió la facultad intrínseca de, no sólo poder disfrutar de la misma, sino además de comérselo con judías verdes si le apeteciera o apeteciese, una de dos. Y es que la propiedad, derecho de posesión y disposición sobre un objeto (o sobre una mujer, en determinadas partes de España), fue transmitida de los grandes almacenes a nuestro repulsivo jubilado en el momento en que éste abonó por el artículo (“el”) y por el sustantivo (“calzoncillo”) el excesivo importe citado – no olvidemos que el taparrabos es azul fosforito ochentero -.

Bien, sigamos con el razonamiento: nuestro protagonista, henchido de orgullo por tal adquisición, estrena la prenda ese mismo día, convirtiéndose en un hombre nuevo: ahora es un jugador de la selección nacional de waterpolo, gorro incluído. Véanlo, radiante y orgulloso, pavoneándose ante un concesionario de la Folsfajen (lo siento, pero no soy capaz de escribirlo correctamente por un trauma infantil). Su existencia, antes gris e inerme, se torna un festival de colores y bullicio. Y, obviamente, como buen ser humano que es, decide compartir con los demás su dicha. Así que le comenta, ofrece y entrega a su compañero del equipo de petanca “Las manos en las bolas” la preciada prenda al objeto de que éste disfrute durante unos días del slip mágico; ofrecimiento que, en un acto de dudosa higiene, éste acepta encantado y con lágrimas en las corneas.

No obstante, el jefe de la sección de caballeros de los grandes almacenes, al enterarse del intercambio de vestuario (y mucho me temo, de efluvios corporales, como no hayan pasado antes por una hermosa lavandería), monta en cólera, su potranca paticorta, y galopa hacia la comisaría más cercana, para denunciar el flagrante delito: el jugador de la selección nacional de waterpolo antes conocido como jubilado de Correos sí abono su derecho para poder disfrutar del calzoncillo azul fosforito ochentero… pero su compañero petanquero, además de un guarro de marca mayor, es un ladrón, pues no les abonó renta alguna por la utilización de la prenda.

Absurdo, ¿verdad? Me refiero a la actitud del personal de los grandes almacenes, no a la historia en sí que es verídica como la dicción de Hilario Pino.

        

La periodista María Antonia Iglesias, antes y después del fatídico accidente

La legislación vigente, y más concretamente, la ley de Propiedad Intelectual autoriza al adquirente por medios lícitos (esto es, no ampara a quien le abra la cabeza a un dependiente de la FNAC para llevarse “Batman y Robín edición coleccionista”) la posibilidad de realizar una copia para su uso privado. Esto permite que yo, que con motivo de mi quincuagesimo octavo cumpleaños he sido obsequiado con el “director’s cut” de “Cariño, nos hemos encogido a nosotros mismos”, pueda impunemente realizar una copia privada de la película para mi uso personal, no sea que en un momento de lucidez me dé por arrojar el DVD a la basura y me quede sin esa joya del séptimo arte. 

Además, e imaginando que vivo en una casa hecha de cartones y envoltorios de patatas Lays al borde de un río con peligro de desbordamiento, le digo a mi inestimado amigo Tobías Vigardo (inestimado, pues nunca me he planteado que me aporta este hombre) que me guarde bajo siete llaves dicha copia privada. Mi tesoro queda a buen recaudo.

¿Existe algún acto ilícito hasta ahora? La respuesta es – repitan conmigo – un NO rotundo. Sin embargo, algunos quisquillosos leguleyos me acusarán de ser parcial en mi comentario: “La LPI permite la copia privada siempre que ésta no se realice con una finalidad lucrativa o colectiva; así que no manipules el sagrado texto de la ley a tu antojo, enviado de Satanás”. Bien es cierto que el artículo 31 de la LPI de marras recoge dichas finalidades condicionantes; pero más cierto es que:

a) yo no soy un enviado de Satanás; lo de matar a aquellos seguidores de la Iglesia de los Últimos Días de las Rebajas fue decisión exclusivamente mía;

b) estoy de acuerdo en que nadie puede beneficiarse economicamente “por la patilla”, y no me refiero a Isabel Pantoja: el intercambio de material cinematográfico – o de cualquier otras actividad artística –  a través de la red de redes no se puede convertir en un videoclub on-line, a menos que quien cobre sea el legal propietario de los derechos de exhibicionismo. O dicho de otro modo: mulgaflistios patakurdias.

c) Pero, señores y señoras, niños y niñas, llegamos a la madre del cordero: “finalidad colectiva”… ¿Qué quiere decir este término exactamente? Según la citada RAE (siglas de “Royal Airforces of England”)” la palabra “colectivo/a” significa para los miembros/as de esa Academia/o “perteneciente o relativo a una agrupación de individuos”. No soy filólogo, gracias a Dios, pero me temo que a la hora de hablar de “finalidad colectiva”, la ley hace referencia a que las copias privadas no sean realizadas para inmediatamente ser repartidas entre un grupo determinado de gente.

Puede que este argumento sea, utilizando un concepto jurídico, una mierda pinchada en un palo”. No lo niego, pero dado que los Señores de la SGAE desbarran de similar manera para justificar el canón digital (del que ya hablaré en próximas entregas), aquí un servidor de Vds. no renuncia a utilizar razonamientos de un anciano de 112 años con coma etílico. La cuestión última es que cuando alguien tiene a bien colgar en la red “su” copia privada de “Ricky Gervias’ Fame”, no está obligando a nadie a descargarsela; es más: su intención es única y exclusivamente compartirla con sus amigos invisibles al otro lado del ADSL.

Quizás el problema sea que la industria no esté preparada y el toro le ha pillado desarmado: mientras antaño yo le podía dejar “Karate a muerte en Torremolinos” solamente a mis conocidos más próximos fisicamente, en estos momentos un chaval de Tegucigalpa sin escrupulos ha puesto a mi disposición la versión remasterizada de “De ladrón a policia”. Quizás la frase que más se ha escuchado y leído en relación a este tema sea la de que “no se pueden poner puertas al campo” (yo lo he intentado, bien se sabe que lo he intentado…!!!); pero que unos señores apoltronados en sus cómodas cheslóns ejerzan de guardabosques sin licencia roza ya el abuso más flagrante. Quizás determinados personajillos pataleen rabiosamente contra la circular de fecha 5 de Mayo de 2.006 por la que la Fiscalía General del Estado afirma que  “las conductas relacionadas con la utilización de nuevas tecnologías, para la comunicación u obtención de obras protegidas, tales como las de “colocar en la Red o bajar de Internet” o las de intercambio de archivos través del sistema “P2P” (…) no reúnen, en principio, los requisitos para su incriminación penal si no concurre en ellas un ánimo de lucro comercial”. Quizás, quizás, quizás…

En conclusión, amigüitos: el intercambio p2periano NO es robar. Así que, Sr. Daniel Sánchez Arevalo, el único ladrón que hay aquí es Vd., que me ha robado el corazón con su pelo azabache y su mirada torba y arrebatadora. Así le castigue Dios por su belleza, mal hombre!

Por último, y antes de despedirme hasta una nueva entrega (que llegará puntualmente mañana, como siempre), me despido linkeándoles al texto de un bastardo asqueroso, del que siento unicamente desprecio pues su texto es tan magistral que me llevan los demonios por no haberlo escrito yo. Mis más sinceras felicidades al Sr. David Bravo, redactor de tan fantástica misiva. Hasta entonces les dejo con otra ENCUESTA IMPOSIBLE GROMIANA:

¿Por qué no se considera robo cobrar siete euros por ver en cine “Tuno negro”?

[Actualizado: Arrójese con brío y desenfreno al emocionante final de esta magistral clase de sabiduría y buen hacer. Total, ya que ha llegado hasta aquí, ¿no?…]

 

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