“Y Grom el Único, sagaz sabueso, sensible sabelotodo, intuyó que el adorado hijo del Emperador pretendía asesinar al Gran Visillo, inculpando del deceso a la Real Mucama Que Cocina Bien A Veces, contando con la colaboración imprescindible del Domador Imperial de Armadillos – sanguinario y cruel -, de la Jefa de Doncellas de Palacio – sangrienta y carnicera – y de María Antonia Iglesias – sebosa y comilona -. Todos ellos fueron inculpados en un momento de gran regocijo para las autoridades y de inmensa pena para los conspiradores, que fueron obligados a comerse unos a otros hasta la muerte. Por circunstancias que no explican los manuscritos, María Antonia Iglesias también devoró a Lidia Lozano, por aquel entonces Mamporrera oficial.”

Imagínense la situación: Vd., caminando con la tranquilidad que le caracteriza, entra por curiosidad en una lúgubre tienda donde venden juguetes antiguos y fotografías de desnudos de José María Iñigo. Mientras revuelve los objetos con desgana – y con cierto asco, las cosas como son -, se le acerca un atractivo sujeto, sin predicado ni nada, y con un extraño olor corporal que le recuerda a un bufalo en avanzado estado de descomposición, para comentarle como quien no quiere la cosa que tiene una brillante idea para hacerse multi-mega-hiper-millonario, vendiéndole a los Países Bajos cerezas del Valle de Jerte con la cara de Federico Trillo impresa. Vd., que es de natural desconfiado, desconfía en base a su personalidad; no obstante, el extraño magnetismo que desprende el apuestoso desconocido le lleva no sólo a aportar todos sus ahorros en tan delirante empresa sino que solicita un préstamo de cien millones de euros al más peligroso prestamista de la ciudad, poniendo su pulmón izquierdo como garantía.

Obviamente, ni el negocio (que no por arriesgado, deja de ser una soplapollez de tomo y lomo), ni las ganancias prometidas llegan a buen término; pero, item más, descubre que existe algo raro en toda la operación cuando, al llamar al número de teléfono que el repugnante oferente le había facilitado, le sale un  TelePizza de Motilla del Palancar (Cuenca). A partir de ese inquietante instante, deberá poner todo su intelecto – el poco que tiene, a la vista de las empresas en las que se embarca – en averiguar quien le ha tendido una trampa, cómo vengarse de los estafadores y poder salvar su órgano respiratorio siniestro.

¿Les suena, verdad? Esta es la premisa básica de los trabajos de un escritor también conocido como David Mamet, autor de “House of Games” (traducida ridiculamente en nuestro país como “Casa de Juegos”), “La Trama” (acertada traducción de “The spanish prisoner”) o “El último golpe” (cuyo título original es “Heist”, “estornudo”). Sus personajes suelen ser seres anodinos, con una vida más bien pacata y aburrida – ver post anterior -, la cual da un vuelco de 197 grados con la aparición de: a) un desconocido que va a revolucionar su inocua existencia, forrándole de paso en el riñón; o b) un desconocido que va a hacerle salir dólares hasta por la vesícula biliar, al tiempo que le procura sensaciones nuevas en su ya de por sí anodina biografía. Pero, ah, destino infausto, lo que en un primer momento era un billete para Dinerolandia se transforma en un pasaje sólo de ida al mundo de Traicionia: engaños, mentiras y falsedades se dan la mano para atribulación de nuestro sufrido protagonista, quien al final de su periplo o ha resuelto el dilema satisfactoriamente o ha acabado matando a alguien por despecho.

El nuevo trabajo del amigo Mamet, “Red belt”, no se aparta mucho de esa línea argumental, para deleite de sus fans (entre los que me encuentro, cuidao)… bueno, no se aparta de aquella manera. Sé que hablar de una película de este hombre es como encontrarse con una prostituta en el Londres victoriano: al final acabas destripándola. Pero para que no se me acuse de spoileador – signifique eso lo que signifique – daré unas mínimas pinceladas sobre la trama de “Cinturón rojo” (nuevo patético ejemplo de los traductores españoles): un profesor de Jiu-Jitsu – las artes marciales mortadelianas por naturaleza – salva en una refriega, bella palabra gromiana, a un actor de Jolivú más bien alcohólico pero con problemas con la bebida. Éste lo introduce en el mundo del cine y, así como quien no quiere la cosa, le ofrecen ser productor del nuevo flim bélico del borrachuzo… A todo esto, una abogada con más carencia por las pastillas que los frenos del coche de Burt Reynolds modifica ligeramente el ventanal principal de la Academia del protagonista, al atravesarlo de un disparo (al cristal, no al protagonista). Y se preguntarán Vds., ¿tenía la picapleitos intención manifiesta de redecorarle el local en un acto de interiorista amateur; o fue un simple accidente al apretar el gatillo de la pistola que un policia, de nombre Joe, tenía sobre el mostrador mientras recogía su bolsa de deportes (el amigo madero es uno de los alumnos más aventajados de la escuela)? Pues sí, va a ser lo segundo.

A esta altura de la película – situada a los quince centímetros -, los acontencimientos en un inicio inconexos comienzan a entrelazarse, formando serendípicas espirales en torno al pobre protagonista: regalos envenenados, telas pesadas, tres canicas (dos blancas y una negra), incapacidades auto-inflingidas, abogados chantajistas (obvio, por otro lado), ….

Vale, el párrafo anterior no se entiende mucho, pero si lo explico les jodo la película, coño!!

El caso es que desde los inicios de metraje, David el Gnomet se encarga de introducirnos sibilinamente  un leit motiv (mediante el original recurso de que el protagonista se lo repita hasta la saciedad a cualquier bicho viviente que se encuentra): “siempre hay una escapatoria”. Uno, conociendo al guionista, intuye que Mike Terry, el profesor de Jiu-Jitsu, va a tener que utilizar dicha máxima a lo largo de la película, porque una cosa está clara: siendo el flim de quien es, al chaval lo van a poner negro. Miren un fotograma y juzguenlo Vds. mismos:

“Virgen de los Dolores, qué angustia vital!”

Hasta aquí, fantástico; pero… llegados al tercer acto (y una vez desvelada la sorpresa de quien es el malo, porqué y cuál es el motivo de que se peine así), la película no es que se desinfle: simplemente, es una basura. Repito: David Mamet es uno de los mejores guionistas del cine americano, por encima incluso de  los artífices de “Nido de Cuervos”. No obstante, o tenía prisa por acabar para hacerse las ingles brasileñas, o este hombre está más que cansado de sus finales pirueta. “Red belt” tiene uno de los desenlaces más ñoños, absurdos y tontos que he visto en mi vida; es más: desde que el espectador descubre la carambolesca estafa (cuyo entramado no aguanta el pedo de una golondrina sin caerse estrepitosamente), la película se convierte en una especie de homenaje a esa extraña lucha en la que lo más importante semeja ser ahogar al contrincante, amoratándole la cara a lo morcilla de Burgos. ¿Algún problema por ello? Pues si estuviera hecho con elegancia, no. Y cuando digo elegancia, me refiero a no tomarme por idiota. Mamet nos mete una sonda anal de “american way of life” con un poco de “honor o muerte”, que nos hace preguntarnos si estamos viendo un elaborado thriller o la nueva campaña del Partido Republicano. Las reacciones, por cierto, de determinados personajes en el peculiar combate final rayan lo psicotrónico. Y no me tiren de la lengua que, tras haber visto la película, les puedo hacer una llave con mis poderosos muslos que van a tener que buscarse los ojos en el recto. Ostias.

Cambiando ligeramente de tema, una nueva ENCUESTA IMPOSIBLE GROMIANA:

¿Cree vd. apropiado que Warner Bros. Pictures esté intentando clonar geneticamente a Paco Martínez Soria? 

PD.- Ahora que lo pienso, el poster de la película tiene un delito…

Anuncios