“Existe un proverbio warrfahld que afirma que “el olor de una rosa es símbolo de vida, pero que te cercenen las piernas con una guadaña oxidada es para cagarse en la mar salada”; su último significado quizás no sea del todo inteligible, pero lo que resulta evidente es que quien pronunció esta máxima no estaba muy bien de la azotea. Diferentes estudios científicos de la Escuela de Estudios Científicos Sin Ningún Tipo de Interés (C.O.R.E.N.) han llegado a la conclusión definitiva de que, bien el proverbiador original tenía algún tipo de facultad para poder ver más allá de lo que el resto de sus congéneres era capaz – influenciado por el licor de hierbas, seguramente -, bien que era padre de familia numerosa” (Macario Roña, “Proverbios, dichos y demás parientes”; Ed. Ojo Púbico; 1.478).

Dada la profusión de críticas, comentarios, opiniones, sentencias y críticas relacionadas con “Wall-E”, la última película de Pixar, me limitaré a decir que la historia del pequeño robot que salva nuestra podrida humanidad es pura y simplemente UNA PUTA OBRA MAESTRA.

Por cierto, un minúsculo apunte para los egologistas: como bien decía el malogrado George Carlin, no debemos temer que nuestra humanidad destruya el planeta – al hilo del mensaje que flodea en el trabajo de Andrew Stanton -, sino que quien desaparecerá será directamente la humanidad… si es que ésta no ha desaparecido ya, a tenor de la programación de Telecinco. El planeta azul, que cuenta con la tierna edad de 4.5 billones de años, “ha sufrido terremotos, volcanes, placas tectónicas, movimiento de continentes, rayos solares, manchas solares, tempestades magnéticas, inversión magnética de los polos, cientos de miles de años bombardeada por cometas, asteroides y meteoritos, inundaciones globales, maremotos, incendios globales, rayos cósmicos, eras glaciales recurrentes… !!!¿¿¿y nosotros pensamos que algunas bolsas de plástico y algunas latas de aluminio van a marcar la diferencia???!!!” Este Carlin sabía lo que se decía…

En fin, que vista y comentada la película – de manera bastante extensa y profunda, creo -, me gustaría señalar varias cosas que rodearon el visionado de la misma:

1.- La primera tiene un carácter personalísimo: si Vds. residen en algún punto situado al Sur de la península ibérica (población de la cual no diré su nombre para evitar suspicacias y posibles molestias a los habitantes de la misma al realizar esta crítica) y se ven obligados a coger un autobús interurbano para desplazarse a los cines más cercanos (dado que en dicha población se cerraron los cinco que había, no vaya a ser que en un momento dado se les ocurra ir al cine y, tras ver una película, se les dé por pensar), no hagan caso de las indicaciones del conductor del autobús: guíense por instinto y bajense donde les salga de las meninges; total, no podrán quedarse en peor sitio del que caímos mi Señora y yo: concretamente, a kilómetro y medio de las salas, de manera que tuvimos que atravesar, en plan de Warriors, todo un polígono industrial que – no hay mal que por bien no venga – nos sirvió para meternos mejor en la película, a la vista de los terribles paisajes que atravesamos (¿quién diseña los polígonos industriales? ¿un deprimido crónico?)… Tras los cincuenta minutos de caminata por aquel desierto de cemento, hemos decidido que la próxima vez iremos desde Algeciras directamente andando.

2.- Lo segundo es interrogativo: si uno va a ver una maravilla del cine de animación, como de hecho es Wall-E, ¿no deberían los distribuidores escoger un poco mejor los trailers que preceden a la película? En nuestro caso, la excitación que acompaña a los avances que diluyó como un fémur en un bidón de ácido sulfúrico al comprobar que eran los de “Clone Wars” – enésimo intento del Sr. George Lucas para sacarnos nuestra exigua pasta sin ofrecernos nada memorable -… y el de “Espítiru del bosque”, segunda parte del clásico de animación “El bosque animado”. Esta producción de la compañía Fantastic Film International (lo de “Fantastic” es sólo por la temática, ¿no?) se vende como una película “divertídisima”; veamos, si alguien es capaz de esbozar un rictus de sonrisa, entendido como alzamiento oblicuo de los labios, mientras sufre el trailer de “Spirit of the Forest Gump”, es que necesita ayuda urgentemente (otro de los síntomas de que algo ande mal es comprarse todas las temporadas de “Hospital Central” en DVD). Pero… que… puta… mierda… es… ésto!!! La cosa tiene bemoles si, tras los últimos compases de la banda sonora del avance, aparece el simbolo de pixar (ayyy, la lamparita, que mona) y remojamos nuestros ojos placenteramente con “Presto”, esa mini-joya de la que anda por ahí atrás un enlace. Vamos, que es como si te ponen delante un chuletón de Ávila y un colega te dice “bueno, luego, podíamos ir a picar algo al McDonalds“. Pues sinceramente, macho, va a ir a la guarra de tu novia vestida de morador de las arenas.

3.- Y ya que hablamos de alimentación infantil… La tercera y definitiva cosa que ni entiendo ni entenderé en mi extensa a la par que intensa vida es porqué determinados seres conocidos como “progenitores” nos obsequian con la desagrable experiencia conocida como “me llevo a los críos al cine para que, además de a mí, le toquen los cojones al resto”. Padres del mundo, escuchad con atención: si erroneamente pensasteis que tener un hijo era como tener la pleisteison o un móvil 4G, que si no te gusta lo cambias; o incluso si considerasteis que era vuestra obligación como miembro del colectivo humano traer más elementos a la ecuación, os despejaré la incógnita: la próxima vez que me tenga que sentar con un niño de cuatro años a mi lado que, cada vez que la pantalla se oscurece, grita “no se ve nada”, juro por el sagrado cuerno de Rhibaärr-Vaciamadrid que le voy a dar tal codazo que le vais a tener que buscar las cuencas de los ojos en la nuca.

“Por favor, qué violencia, qué desatino” – exclamaran algunos (mientras se afilian a Grinpis) – “los niños, benditos regalos del cielo, desconocen las elementales normas sociales que rigen para el resto de sus congéneres; y no hay maldad en su comportamiento, sino simple deseo de libertad y ganas de vivir, dejemos, pues, que sean libr…” Que, no, ostias, que le doy, y luego ya veremos en el Juzgado a quien da Su Señoría la razón – que como haya ido alguna vez al cine en una sesión de tarde, tengo el caso ganado -.

Por tanto, en homenaje a esas malas bestias vociferantes, babosas (¿por qué no pueden conseguir que la Coca-Cola acabe en su estómago y no en las butacas?) y estúpidas, y – nunca mejor dicho – a la puta madre que los parió, recomiendo se construyan su propio ciclo al que titularé “He ido al cine a ver Wall-E y había treinta niños”; ahí van unas cuantas sugerencias:

– “¿Quién puede matar a un niño?” (Narciso Ibáñez Serrador; 1.976). Pues yo mismo como me ocurra igual durante “El caballero oscuro”;

– “La profecía” (Richard Donner; 1.976); hay que ser más rápido con los cuchillos, Gregorio…

– “Asalto a la comisaría 13” (John Carpenter; 1.976). Aunque la cinta es muy buena, con los cinco primeros minutos llega…

– “Unico testigo” (Peter Weir; 1.985). Spoiler: la película tiene un final deprimente: el niño se salva.

– Cualquier película de Haley Jael Osmont: sirve como acicate para acabar con los menores de doce años.

-“Mi chica” (Howard Zieff, 1.991): Lo que no pudo “El enjambre”,…

En fin, que no es que tenga nada contra los niños; simplemente digo que la combinación chavales-cines-yo es tan mala como permanecer en una habitación herméticamente cerrada con Bruce Banner y decirle que, sin querer, mataste a toda su familia.

Me despido en esta ocasión con un homenaje a Isaac Hayes, la voz de Chef en “South Park”, de cuya muerte a los 65 añitos me informó el otro día el Doctor frusna, siempre atento a los fallecimientos ajenos. Una última curiosidad: cuando mi Señora era una aplicada estudiante universitaria, recayo durante unos meses en la salmantina ciudad de Salamanca; allí, en una de esas escasas noches de parranda y desenfreno, conoció a un estudiante norteamericano que, previo secuestro etílico (mejor, no pregunten), les confesó a mi por aquel entonces recatada esposa y a un dantzari aficionado que había sido compañero de instituto de Trey Parker y Matt Stone, los creadores de la mítica serie de animación citada, y que el personaje de Chef se correspondía a un cocinero real que aquéllos habían tenido en el high school. Inquietante, ¿verdad?

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