“El último hombre sobre la Tierra está sentado a solas en su habitación. Llaman a la puerta… pero ni se levanta porque sabe que es un cartero comercial” (Fredric McBrownen; “Tengo tanta hambre que me comería un cristiano”; Ed. Elefante Bicéfalo; 1.982).

 

Languidece el moribundo estío

y, tras los 72 millones de arroyos franceses,

Ron Dennis tiene los testículos garganteros.

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