“Y Grom el Único, origen vital del pensamiento psicotrónico, cayó en un estado de aletargamiento tal que los Warrfalhds pensaron que la victoria era suya. Por desgracia para éstos, Grom el Único, deidad consumista, había hipotecado su victoria a un 4,5% T.A.E. el primer año (y el EURIBOR más dos puntos los siguientes) con el BHC – Banco que Hipoteca Cosas -; la tribu malvada, al no poder hacer frente a las cuotas, perdió la victoria recien adquirida; pero eso sí: los del banco les regalaron un boli Bic de cuatro colores. Cuentan los cronistas que el color verde se atascaba”.

Podría poner como excusa que el calor me aplatanó de tal manera que mis tareas bloggeras quedaron en un plano astral inalcanzable para mí ni siquiera subiéndome en una silla; o que la vorágine estival, con sus fiestas demenciales y sus chunda-chunda de los jovenzuelos marchosos, me arrastró a un climax molicioso y pasotil (creo que ninguna de las dos palabras existen, pero bueno…) que me hacían ver el Gromland de mis entre-bytes como una obligación más que como una diversión. Hasta pensé argumentar que la CIA, en connivencia con la Asociación de Padres del IES Valle de Aller, me habían retenido en Guantánamo estos dos últimos meses al confundirme con Osama Bin Laden…

Burdas bulas; lo cierto es que he sufrido lo que comunmente se denomina un “bloqueo creativo”. Para quien desconozca el término, decir que un “bloqueo creativo” es, además de la excusa que ponen todos los malos escritores españoles cuando las editoriales no le publican sus libros (“no, no es que a Anagrama no les haya gustado mi trabajo; es que no llegué a entregarlo porque sufro bloqueo creativo… ¿Que me vaya a chotear de mi madre, dices?“), ese estado cerebral que te sugiere: NI EMPIECES A HACERLO; TE VA A QUEDAR COMO UNA MIERDA

Vaya por delante que reconozco la cantidad de mierda que flota en este blog (con las honrosas excepciones de “Dimensión Desconocida” y demás elucubraciones del Sr. August Herold Meyer así como algún esporádico comentario del Doctor Frusna – a los que envío un caluroso saludo, como es debido en estas fechas, y una cesta llena de cebras muertas -), mas la inmundicia mental que pululaba por mis meninges me impedían el iniciar ni un mísero post.

Entonces, las musas – reencarnadas en un bote de mayonesa – tuvieron a bien abrirme los ojos: no soy ni el primero ni el único que ha sufrido de esa incapacidad temporal para expresarse como es debido (fijense en Ángel Acebes, por ejemplo). Es más: el séptimo Arte ha mostrado en varias ocasiones las cuitas y entuertos de creadores varios a la hora de enfrentarse a la hoja en blanco.

Veamos el caso del apocado guionista “Barton Fink”, de la pelicula del mismo título (Joel Coen; 1991), quien en el Hollywood de los 40 se las ve y se las desea para poder alcanzar el estrellato cinematográfico tras su éxito en Broadway; por suerte para el atribulado John Turturro, éste cuenta con la amistad de Charlie Meadows (John Goodman), un simpaticote huesped del mismo hotel donde se hospeda Fink que tanto te vende un seguro como te mata a escopetazos a dos policias y le prende fuego al inmueble(¿le habría vendido el orondo agente seguros una poliza contra incendios? Esto me huele a chamusquina; ardo en deseos de saber la verd… Bueno, basta!).

Mientras que en la claustrofóbica obra de los Coen es John Turtuga quien sufre de atasco mental, en “La ventana secreta” (2004; David Koepp) el honor corresponde a Johnny Deep, dedicándose John Turuleta a acusarle de plagio. Basada en una novela de Stifen Skin, no ha sido la única vez que el cine ha plasmado en imágenes los delirios del de Maine en torno a escritores con problemas. Les pido a todos que se levanten de sus asientos y reciban con un fuerte aplauso a…  ¡Jack Torrance! (“El resplandor”, 1980; ¿hace falta poner el director?). A decir verdad, si estás encerrado en medio de un infernal hotel invernal, tu hijo tiene complejo de Dani Pedrosa atriciclado y estás casado con Shelly Duval, que no te salga una puñetera línea es el menor de tus problemas. No es de extrañar que al final el pobre hombre le dé por hacer una versión gore de “Bricomanía”, hacha en ristre… ¿Quieres un helado de chocolate, Danny?  

Y si hablamos de literatos bloqueados y retazos terroríficos, no me gustaría olvidarme de ese pequeño clásico ochentero llamado “House, una casa alucinante” (1986; Steve Miner, sí, el de esa otra joya llamada “Warlock, el brujo”). Al más patoso de los superhéroes americanos, William Katt, sus pesadillas post- Vietnam se le hacen realidad en una casa alucinante – la del título, vamos – heredada de una tía suya, amiga de hacer “viging” (deporte extremo que consiste en lanzarse desde una viga con una soga atada al cuello).   

Otro que tiene el cerebro más parado que las obras del AVE a Galicia es Michael Douglas en “Jovenes prodigiosos” (2000, Curtis Hanson). Nuestro sexoadicto favorito interpreta a Grady Tripp – aunque más bien debería llamarse Trippy, a la vista de cómo viste-, un joven prodigio (¿lo pillan?) que, desde que escribió su magna obra hace la porra de años, objeto de estudio de sus alumnos, no se come una rosca ni sentimental ni artisticamente. Sale Toby McGuire pre-Spiderman, Robert Downey Jr. sobrio y un perro muerto… ¿Qué más se puede pedir?

Pues, por ejemplo, que la película fuera buena, como “Desmontando a Harry” (1997, Judío Hipocondríaco). En el que, para mí (ergo, para todo el mundo), es uno de sus últimos mejores trabajos, el genial Woody, mientras nos muestra el viaje del Harry bloqueado a una Universidad donde será homenajeado, entremezcla realidad y ficción (lo de Robin Williams desenfocado es simplemente fantástico) para volver a contarnos lo de siempre: que raros sois los humanos.

Por último, dos trabajos inclasificables: “Más extraño que la ficción” (2006; Marc Foster), con una secada Emma Thompson demasiado british – ¿se entiende lo que quiero decir? ¿no? ah, vale -; o “El ladrón de orquideas” (2002, Spike Jonce), cuya trama paso a resumir: Nicolas Cage, que interpreta a Charlie Kaufman, el guionista de la propia película, está gordo, más perdido que un pulpo en un garaje, pelirrojo y son dos.

En pocas palabras: todos hemos sufrido en alguna ocasión el temido “bloqueo creativo”, en el que todas nuestras obras se merecen todos los calificativos del mundo menos el de “artísticas”. Hasta Dios lo ha sufrido: ¿de qué otro modo se habría creado a alguien como Cuba Gooding Jr.?

Seguiremos informando.

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